1.3.16

La mujer tras el ventanal oscuro




Las cosas no estaban bien. Para nada. No era justo. Ella había tenido tres hijas que ya vivían fuera de casa, y había trabajado cuarenta y dos de sus sesenta y nueve años. Había enterrado un marido y un hermano. Los únicos hombres en su vida. Había hecho las cosas como se tienen que hacer. Y las seguía haciendo, aunque a su edad debería estar recibiendo las atenciones de otros, y no preocupándose por todo. Pero no se podía hacer nada, solo seguir haciendo las cosas bien.
Cada día se despertaba a las siete de la mañana para hacer el desayuno, aunque no siempre tenía gana de desayunar. Se duchaba y limpiaba la casa. Salía a la tienda y recogía el correo.

Una vez a la semana iba a casa de Miriam y su hermana para tomar café y hablar durante dos horas. El primer sábado de cada mes iba con un grupo de la parroquia a caminar por el bosque. Un domingo al mes comía en casa de una de las dos hijas que aún vivían cerca. Se alternaban. Una vez al mes comían en su casa. También se alternaban.

Cuando llovía, recogía las sillas de la terraza y las guardaba en el salón, para que no se estropeasen. Otras vecinas habían comprado sillas de plástico, pero ella no. No eran de su estilo. Ella seguía teniendo las mismas sillas de madera que les habían regalado sus padres después de la boda.

Vivía en el número 36 desde que se había casado, a los 21 años. Otras chicas de su edad habían repudiado las formas de hacer las cosas de la generación anterior, pero ella no. Su madre había sido una mujer ejemplar y su padre un hombre de verdad. De los que no se veían en el nuevo siglo. Ni, desde luego, en el recién estrenado.

Su casa era su palacio y su fortaleza. El edificio era quizás más humilde de lo que a ella le hubiera gustado, pero ella había conseguido, con el paso del tiempo, convertir el interior en un hogar casi a su altura. Gas en la cocina y porcelana en el baño. Su único pesar eran los muebles del salón; los había cambiado dos veces en toda su vida. Y el segundo cambio había sido un error. Por culpa de no saber decir que no a su ahora difunto marido, que había sido un buen hombre, pero no tenía buen gusto.

Muchas cosas eran nuevas en el barrio. Las tiendas habían desaparecido casi por completo y los supermercados eran la norma. Los bares seguían estando allí, pero casi todas las cafeterías habían cambiado de nombre o de estilo.

El hijo del carnicero, que a pesar de su trabajo era un auténtico caballero, había traspasado el negocio tras la muerte de su padre y ahora una cadena vendía los filetes. La calidad era buena pero a ella no le gustaba comprar ahí. Ya no era lo mismo.

El edificio de enfrente lo había comprado una empresa que lo alquilaba barato y se había convertido en un nido de extranjeros, bajando el caché de toda la calle. Eran casi todos de fuera, sobre todo gente en apariencia respetable y de su edad, pero, alarmantemente, cada vez llegaban más parejas jóvenes que no respetaban los horarios y dejaban las bolsas de reciclaje en la calle, cuando los cubos estaban llenos. Había una pareja en el segundo, una en el tercero y dos -¡dos!- en el último piso. Por curiosidad se había acercado a mirar los nombres en los buzones del portal, y estaba claro que muchos no habían nacido ni siquiera en Europa.

A pesar de la amenaza extranjera, sus días eran tranquilos, aunque quizás un poco monótonos. La radio ya no ponía nada interesante y se había cansado de escuchar siempre los mismos discos, y la televisión era solo basura, así que, para entretenerse, solo leía. Y miraba por la ventana desde su sillón, dejando las luces apagadas, para pasar las horas muertas.

Ella no era una mujer demasiado curiosa, pero tenía derecho a saber lo que pasaba en su calle. Al fin y al cabo, la mayor parte de quienes vivían allí eran recién llegados. Una no podía fiarse del todo y asegurarse de que todo fuera bien era algo inteligente y de servicio al barrio. Además, no hacía daño a nadie, si, a veces, usaba los prismáticos de su marido para ver mejor lo que pasaba al otro lado de los cristales. Era un entretenimiento inofensivo.

Laura, la pequeña, le había gastado algunas bromas al respecto cuando encontró los prismáticos en la cesta de la lana, junto a sillón. Siempre había tenido un sentido del humor un poco extraño. Pero no se lo tenía en cuenta,  era así porque no había tenido ningún problema en la vida, y eso llevaba a la frivolidad. No era culpa suya. Entre el exceso de atención de su padre y la mano blanda que había tenido ella misma, por aquello de tratarse de la última de las hermanas, y que ella ya estaba un poco mayor, y trabajando demasiado cuando la tuvo, las normas que habían sido de hierro para las dos primeras se relajaron bastante. Y eso se notaba ahora.

La pequeña se había ido a vivir con su novio a 300 km, llamaba una vez a la semana y actuaba como si fuera del todo normal. Ella creía que a su novio no le gustaba que Laura volviera a casa, y ella, claro, se dejaba influir por su opinión. Seguro. La veía una vez cada dos meses, más o menos, y siempre estaba insistiendo en que ella debería ir a pasar unas semanas a su casa, porque ella y su marido se habían comprado una casita de campo, aunque no tenían hijos, ni prisa por tenerlos. Pero ella no quería ir a pasar unas semanas a ningún pueblo. Si hubiera nietos de por medio, quizás, pero sin ellos, no. Aunque alguna vez pensó en hacerlo para ver de cerca cómo se llevaban los dos en casa.

El vecino de enfrente había vuelto a abrir la ventana de la terraza. Era uno de los extranjeros, rumano, imaginaba. Estaba casado con una chica normal, que aparentaba ser de la región, pero estaba claro que era una de esas parejas mixtas en las que ella trabajaba y él hacía el vago, cobrando, seguro, como todos ellos, dinero del estado sin mover un dedo. Habían llegado tres meses antes y aún seguían viviendo entre cajas, o al menos ella podía ver un montón de cartones apoyados contra la pared. Se les veía moverse por la casa como si ya estuvieran instalados pero las cosas básicas estaban aún por hacer: las lámparas seguían siendo cables y bombillas, no había decoración en las paredes y aún no habían limpiado la terraza, que seguía medio cubierta por el plástico que los pintores habían dejado cuando los anteriores propietarios, una pareja de rusos, habían dejado el apartamento. Eso sí era un desastre. Plástico gris asomando por los bordes del balcón, como si fueran bolsas de basura. Se lo había comentado a la presidenta de la comunidad, que lo era de todo el grupo de casas, pero ella era también, como Laura, una de esas chicas jóvenes que creían que todo está bien, y que había que tolerar lo intolerable. La mayor parte de sus conocidas no veían las cosas como ella, no veían el peligro. Pero ella sí. Porque ella se mantenía vigilante.

Ella había salido por el portal a las 8:15, pero él seguía en casa, como siempre. Iba vestido con unos pantalones de deporte grises, como los que les había comprado muchos años antes a sus hijas para la escuela. Llevaba siempre camisetas de manga corta y siempre los mismos pantalones. Ella se preguntaba cómo era posible que ninguna mujer normal pudiera interesarse por un hombre así.
Se levantaban cada día de la semana a las 7:30… o a esa hora subían las persianas, aunque no abrían las ventanas hasta mucho más tarde, algo que había comentado también con la presidenta, porque en los contratos se estipulaba que los inquilinos debían ventilar adecuadamente. Y después de una noche cerrada, la casa, toda casa,  sobre todo la de los de fuera, que cocinaban cosas más fuertes, huele mal y necesita aire. Pero sus quejas habían sido ignoradas.

Ella trataba de hacer todas las cosas bien y no era justo que ahora, cuando estaba en lo mejor de su vida y necesitaba descanso y tranquilidad, llegaran estos nuevos inmigrantes y les tomaran el pelo a todos, quedándose en casa sin trabajar y usando el dinero de sus impuestos para hacer lo que hacía el chico rumano de enfrente, quedarse sentado en la mesa junto a la ventana, delante de un ordenador, haciendo quién sabe qué cosa. Comía incluso así, como un animal, sentado en el mismo sitio. Y así se pasaba las horas, hasta que volvía la chica.

A veces los veía salir por el portal cogidos de la mano. Les había visto una vez besarse durante varios minutos en la misma puerta del edificio, ¡como si estuvieran en su propia casa! Seguro que ni siquiera estaban casados.

Las cosas no iban nada bien. Demasiados cambios en poco tiempo no eran buenos para el país. Sabía que no debía pensar así, pero a veces se descubría a sí misma mirando con ojos comprensivos al pasado.

Aferró los prismáticos con decisión y retomó su ronda, pasando poco a poco de ventana en ventana.


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26.2.16

Los días de Jesús en la playa



La piel de Jesús parece cuero expertamente engrasado. 

Desde cerca las arrugas y estrías marcan cada uno de sus músculos, perfilan sus huesos, destacan sus movimientos. Desde lejos parece solo un anciano demasiado delgado y moreno. Se aleja de las cabañas desnudo bajo el sol. Con mechones de pelo grisáceo manchado de negro pegados a sus hombros.

Lleva tres meses viviendo en una de las cabañas de la playa, disfrutando de los precios de saldo de la temporada baja. Diez dólares la noche, desayuno incluido. Y el desayuno es tan abundante que, a veces, no le hace falta comer, y llega hasta la cena con solo una papaya o media sandía.

Mayo marca la conquista sin resistencia de los turistas. Ya está empezando a suceder, y eso pone el fin en perspectiva. Anoche han llegado los primeros universitarios con ganas de fiesta y romance frente al océano. Se le acababa el tiempo libre, se acaban los respiros y llega la hora de volver a la vida real y resolver los asuntos pendientes. Quizás un par de días más, si acaso.

Llegó a estar solo durante tres semanas. Eso sí había sido el paraíso. La camarera, Rebeca, le preguntó si no quería ir a otra parte, quizás visitar alguna cala de Puerto Escondido, pero él había dicho que no, que le gustaba mucho estar allí, que quería terminar sus vacaciones en las cabañas.

La arena arde bajo las plantas de sus pies y Jesús da gracias por estar ahí. Por estar aún ahí. La sensación de calor es todo lo que le queda una vez que acepta el dolor, y el mero hecho de sentir es una victoria solo comprensible para personas como él, que viven de prestado. Disfruta de cada segundo, de cada golpe de viento, del calor y las gotas de sudor resbalando sobre el agua de la ducha de hace apenas dos minutos que se evapora velozmente. Disfrutar creando sentido es su única norma vital, ahora.

La música del bar le llega atenuada por el rumor del océano. Se detiene y observa. El mar está bravo y rompe con fuerza contra la playa, cambiado con cada empuje las formas de la arena y haciendo brillar cada vez de modo diferente las rocas negras que separan las dos partes de la cala. 

Los que viven en la zona le dan un nombre fúnebre a la zona, los turistas, uno que parece sacado de una película americana de los setenta. Para Jesús se trata solo de la Playa del Final del Día. Así la llamaba su padre cuando venían de vacaciones. Muchos, muchos años antes. En una época en la que su mayor preocupación no era el recuento de glóbulos blancos sino el de cangrejos tras las rocas. 

El pequeño Jesús estaba convencido de que los crustáceos jugaban con él a esconderse, saliendo de sus inundadas guaridas solo cuando le veían aparecer sobre los charcos. El niño de pelo negro corto, tan diferente pero felizmente similar al hombre de melena ya casi seca, podía permanecer minutos enteros agazapado tras las formaciones oscuras, disfrutando del olor a algas frescas en el agua y podridas sobre los peñones, con los hombros pegados a las duras aristas serradas. Esperando impaciente a que llegase el momento adecuado para subirse de un salto y buscar con la mirada frenética a sus pequeños compañeros de juego, que salían, inevitablemente, corriendo tambaleantes en diferentes direcciones.

En una ocasión había logrado atrapar uno, y aún recordaba el grito victorioso que había lanzado levantándolo sobre su cabeza, antes de que su garganta cambiara de tonalidad, pero no de intensidad, ante la respuesta del cangrejo, que le había hecho una pequeña herida en el pulgar con la pinza. Jesús, ahora con los ojos fijos en las rocas, quién sabe si las mismas, recordó el color rojo brillante de la sangre, el dolor resquemante del salitre omnipresente y las convulsas maniobras del animal, tratando de darse la vuelta tras la caída.

Ser niño otra vez, piensa Jesús, qué delicia volver a cometer todos y cada uno de los errores cometidos. Ser consciente de todo. Equivocarse con intención de hacerlo una vez más. Caerse del sofá de la abuela, quemarse con la leña ardiendo, sentir el sabor del metal después del primer puñetazo, el amargo orgullo de la primera taza compartida con su padre. 

Jesús se estira. Llega el momento de empezar a moverse, el sol quema demasiado para perder el tiempo pensando en el pasado sin prestar atención al aquí y ahora.

 Un poco más, piensa y mueve los dedos de los pies. Se puede permitir el gozo hedonista de la memoria. Respira. 

La decepción tras el primer beso, la deliciosa madurez de la primera bofetada, los primeros amores errados. Todos ellos. Las primeras lágrimas. Las últimas.

Deja de pensar en pesares pasados y comienza a estirarse, milimétricamente. Metódicamente, baja las manos hasta llegar a hundir los dedos en la arena. Siente los granos, uno a uno, permitir el paso de su peso en controlada caída. Se deja ir hasta notar el dolor en las piernas y la parte baja de la espalda. Un relámpago de pura nada le golpea detrás de un ojo, como siempre sucede cuando sucede esto. 

Cae de rodillas. No siente, pero sabe, de alguna manera sabe, que tiene la boca abierta hacia el mar y que un hilo de saliva cae intermitente sobre su mano derecha, que ahora aferra como si la vida le fuera en ello, un puñado de arena. Nota su pulso martillear. Dobla unas piernas que no siente del todo y se sienta.

El mar es azul, azul. Y el cielo es azul, azul. La arena no, es amarillenta, casi blanca. Y los árboles en la parte alta son verde oscuro, y son pocos. 

Se fija en todo y trata de no permanecer demasiado tiempo en nada concreto. Formas, colores, nombres… el repaso de las cosas que los niños aprenden en sus primeros años. Trata de ver si todo está aún ahí, si ha perdido algo importante o solo el nombre de algún tipo de cliente de antaño. Parece que todo está ahí. Respira. Siente alivio y eso le hace sentir mejor.

Los turistas comienzan a caminar hacía él, desde el bar. Espera que no hayan visto anda, que no vengan a preguntarle si se encuentra bien. Sería extraño tener que mentirles o no hablar con ellos. Al otro lado de la playa la chica americana arquea una pierna tras su espalda. Bella y joven. De piel blanca y conciencia cristalina. una hija del new age pero interesante. Ve cómo se sigue moviendo, al ritmo de su meditación en movimiento. Todo va bien.

Estira las manos, despacio, muy despacio, hasta llegar a tocar los dedos de los pies. La uña de su meñique derecho está cubierta de sangre. Puede que se haya arrancado un trozo sin darse cuenta. No es la primera vez que se lesiona y no lo nota hasta minutos después, cuando la sensibilidad vuelve por completo. Abraza con las yemas de los dedos las suelas cubiertas de arena. Piensa en su madre. Nota el dolor en la parte baja de la espalda. No por obstinación sino por no renegar de sí mismo, se obliga a ir más allá y agarrar completamente sus pies, notando el dolor en las piernas y, por fin, la extraña sensación en el abdomen. Regresa despacio a la posición inicial.

Piensa en su madre y sacude la cabeza casi imperceptiblemente, pero él sabe que lo ha hecho. Sabe que ese es un dolor que no puede ya soportar. De todas las personas que han estado o están, ella es la que menos comprendería su presencia en esa playa, con esas aguas en que la gente, muchas veces, sabe cómo entra pero no cómo sale.

Qué pensaría ella si comprendiera que sus historias, contadas como advertencias a un niño, se han convertido en la herramienta del fin para el hombre crecido.

Nota la inmensidad de ese dolor y lo deja pasar.

Cruza las piernas despacio y apoya las manos con cuidado. Respira. Se asegura de anclar los tobillos y toma un pequeño impulso, no brusco, pero decisivo. Levanta su propio peso con sus brazos y se mantiene así unos segundos. Notando el aire y el sol. Escuchando el sonido del mar. Sintiendo el viento que, parece, quiere comenzar a soplar. Escuchando, a su izquierda, el crujir de la playa bajo los pies de unos universitarios que se acercan, riendo y hablando con la despreocupación propia de su edad. ¿De dónde serán? ¿Qué placeres habrán vivido? ¿Qué dolores tendrán que sobrevivir? Tan jóvenes y llenos de tiempo, quizás salidos de los cursos por primera vez para amarse en un paraje exótico. Envidia.

Respira y piensa en fiestas de cuartos pequeños apenas iluminados, en música saliendo de altavoces que creaban distorsiones desapercibidas. Piensa en cigarrillos largos traídos de otros continentes. En chicas que no sabían pero intuían lo mismo que él no intuía, pero esperaba. 

Se deja caer más hacia adelante. Piensa y frunce el ceño. Pero eso había sido en la preparatoria, no en la universidad. 

Su frente toca ya casi la arena y los pasos se detienen a unos metros. Asombro. Quizás respeto. Sonríe y disfruta su sonrisa, disfruta el dolor de su cuerpo unos segundos más de lo adecuado.

En la universidad era casi lo mismo. Cuartos oscuros, cigarrillos, música y chicas. Más alcohol. Más problemas. Empieza a recuperar la verticalidad y llega con deleite anticipado al momento en que sus muñecas lo soportan todo. Suelta el aire y cae menos de un centímetro. Abre los ojos y ve el mar. Los universitarios siguen caminando. Uno de sus dedos sigue cubierto de sangre. Su corazón bate. Aún bate.

Piensa en caminar hacia el mar. No, aún no.

El mundo es hermoso y lo seguirá siendo. También mañana. Quizás, para él, también mañana.

Jesús cierra los ojos y toma aire. Sabe que se prepara para el siguiente segundo, sin saber siquiera si llegará.

14.12.14

la eternidad que sí podemos ser


respiras futuro y llevas
entre los ojos ciegos de novedad
millones de sonrisas ajenas.

eres
el último argumento del existir,
la aurora rosada que suspira la noche,
la Humanidad ampliada
a su mínima expresión.

resuenas con dedos noveles
el pulso mismo del mundo,
el dulce tamborileo de una vida aún por estrenar.

todos,
como hilos remendados,
custodios y dependientes,
vibramos junto a ti en largas horas de ensueño,
en caricias que son días
y suspiros como años o sentimientos anudados.

rompen tus sonidos las palabras
que no sabemos decir
y así
vemos con ojos entornados de ayeres perdidos
la eternidad
que sí podemos ser.

time goes by


... and what if time goes by
and seconds tick whole months at the time?

hair grows and gets cut,
pounds drop like crazy,
images are words
without letters,
like smoke signals for radio silence.

there is new chinese food,
and castles on air.
there are new futures,
and answers dying to be questioned:

what if we are rightly so making mistakes?
what
if life just IS...
and in so being
just flies us by.

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1.11.14

el fuego presente




tiene contigo conversaciones
en sueños
y tú no estás,
ya no 
estás.

a buscar sonrisas y reflejos propios
en lugares ajenos al vosotros
se ha ido.

tiene contigo conversaciones
sin fin ni sentido
en las que explica
con sed de catarsis
el por qué de la partida,
más de cuarenta y siete veces
la falta de maldad
de los nuevos comienzos,
el azar del juego… la extraña
suerte
del eterno principiante.

tiene cada sueño el mismo punto 
de desvelo
porque esto no es una salida.
esto -le dices,
o se dice bañado en sal-
es un errar 
o acertar,
o vivir,
o solo 
-aunque para nada solo-
cauterizar el futuro
con fuego
presente.

17.3.14

Laura en sección


Las palmeras estaban inmóviles, con hojas abatidas en la oscuridad que parecían peines de viento o rastrillos de otoños por llegar.


Laura se rió de su propia afición a las descripciones melodramáticas y suspiró sin saber qué hacer con su vida.


Se sentó sobre el césped, a la entrada del parque que separaba varios de los edificios de la universidad. Desde esa altura apenas se veía el reflejo de tercera mano que generaban los focos del teatro. En las montañas, al oeste, casi invisibles bajo la incipiente niebla que parecía estar cayendo sobre los edificios, se intuían pueblos que nada tenían que ver con su realidad de estudiante. Algunos coches circulaban como hormigas a lo lejos, por la interestatal que acariciaba el mar y se perdía en el desierto.


Todo a su alrededor era ruido amortiguado.
El rumor de tres mil ochocientos cincuenta y ocho pares de pulmones exhalando e inhalando en la proximidad de aquella calle de universidad sobreprivilegiada no significaba nada.


Era viernes noche y su agenda estaba totalmente abierta. Sus tareas completadas. Sus ataduras cortadas, incluso las voluntarias. El estado en Facebook de su novio, desde hacía dos horas, "Soltero". ella aún no había reunido la energía mental necesaria para pulsar los botones pertinentes y ajustar la simetría de la situación. Su noche estaba abierta. Su vida, parecía, a ratos, vacía. Tras su última clase no tenía nada que hacer. 22 años recién cumplidos y sin planes para el fin de semana. Sin planes reales para el futuro. Previsible y aburrida tristeza marcaba su vida interior. Mejor vivir hacia fuera, por unos días. Pensaba.


Se fijó en las puertas batientes del edificio internacional, que permanecían inertes, y escuchó el aire acondicionado susurrar obviedades desde su caja de cemento. Era una noche para olvidar.


Un hombre de unos cuarenta años paseaba ensimismado por la calle pincipal, pasando las hojas de un cuaderno de bolsillo negro. Llevaba, de manera aparentemente no-irónica, una chaqueta de pana desgastada por los codos que contrastaba con la coolness del lugar. Era una chaqueta usada, no desgastada antes de venta.


Un silbido agudo, más intuido que escuchado, murió en sus oídos y la hizo pensar en bocinas de barcos perdidos en alta mar. En la última nota que produce la fricción entre arco y cuerda de violín.


El hombre de la chaqueta de pana se llevó la mano a la oreja y miró rápidamente a su alrededor, fijando en Laura una mirada sorprendida. Laura sonrió y señaló a su propio oído encogiéndose de hombros. El hombre levantó una mano a modo de saludo tímido y su mirada pareció quedarse colgada de la libreta negra. Pasados unos segundos volvió a mirar hacia Laura y echó a caminar calle abajo, primero lentamente y después con pasos rápidos.


Su figura se perdió tras los arbustos que adornaban el camino y Lauda volvió a estar sola sobre el césped.


Pasó la palma de su mano derecha sobre la hierba, notando cómo las puntas flexibles se doblaban y cosquilleaban agradablemente entre sus dedos. Dejó que los minutos se convirtieran en un juego de vegetación contra carne humana y recordó otras caricias, ahora resumidas en un clic de ratón dirigido a las pantallas de todas sus amistades.


Tan concentrada estaba en los movimientos de los tallos doblados bajo su mano que no vio la figura que se acercaba por el camino hasta que estuvo a apenas dos metros de donde ella estaba sentada.


- Hey, I am sorry...


Laura se movió hacia la derecha, sorprendida, y notó que la hierba estaba ligeramente mojada. Laura exhaló con fuerza, sin darse cuenta de hacerlo.


- I am really sorry, but...


El hombre de la chaqueta de pana se detuvo frente a ella, ambas manos extendidas a modo de disculpa, tratando de tranquilizarla. Laura podía notar cada latido en el eco que retumbaba dentro de su cabeza.


-... I just need to ask you if you felt it before, that... sound.


El hombre hablaba con un marcado acento. Sudamericano, quizás. Laura asintió y trató de ponerse en pié con demasiada rapidez, trastabillando en varias direcciones antes de recuperar totalmente la posición vertical.


El hombre de la chaqueta de pana esperó a que ella terminara de recuperarse, esbozando una mueca que podía pasar, bajo la atenuada luz, por una sonrisa de disculpa. Mientras sacudía las hojas que se habían pegado a sus pantalones, Laura observó que el hombre tenía la frente cubierta de sudor y que un ligero espasmo parecía sacudir la comisura derecha de su boca cada par de segundos. El hombre la miraba con intensidad y sus manos, aún alzadas, parecían temblar. Extraño. De repente fue consciente de estar frente a un completo desconocido, varias décadas mayor que ella, al que no recordaba haber visto nunca en el campus. Miró a su alrededor observando aliviada cómo un grupo de estudiantes hablaba animadamente a la entrada del edificio internacional, tras las iluminadas puertas. Decidió alejarse del césped.


- Bye!


Y comenzó a caminar hacia la acera.


- Wait! Please... I just want to know if you felt the same way that I felt!


Genial, pensó ella, un chalado había entrado en el campus. Siguió caminando pero el hombre alargó sus brazos y la agarró por los hombros, obligándola a darse la vuelta.


- It is really important for me to know what you felt!


Laura notó cómo un escalofrío paralizaba su cuerpo. Luego recordó sus clases de defensa personal, se sacudió de su agarre y comenzó a correr hacia el edificio.


No se detuvo hasta que llegó a las puertas del edificio y sacó su tarjeta para pasarla por el sensor que permitía el acceso. Escuchó aliviada el pitido que anunciaba la apertura de la cerradura, empujó la hojas de metal y vidrio, y las cerró tras de sí, dándose la vuelta y mirando por primera vez lo que había dejado atrás.


La esquina del parque estaba desierta, la calle ligeramente iluminada, pero el hombre de la chaqueta de pana no estaba allí.


Miró hacia la izquierda y derecha de la puerta, para asegurarse de que el extraño hombre no escondido en la penumbra del  edificio, y se dirigió, ante las miradas preocupadas de los chicos que estaban en el recibidor y que habían presenciado su carrera y posterior entrada con sorpresa, al anticuado teléfono de color rojo que colgaba en un rincón. Descolgó el auricular y sintió un alivio casi físico cuando escuchó la voz del teleoperador de noche responder.


- Campus Security. What is your emergency?


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31.12.13

Brian en plano


Se trata de Brian.

Brian está completamente borracho, buscando su vaso bajo la mesa, sin darse cuenta de que lo volcó ya hace minutos contra la pared. Está mirando tras las patas pero no puede ver demasiado bien, o quizás no puede pensar del todo bien. Es una noche de fiesta y ya le he visto probar tres o cuatro licores diferentes, algo que normalmente no hace. Brian no bebe normalmente tanto.

Tengo calor. Esta habitación antes no era tan grande, pero ahora hace calor y todo está húmedo. Tengo la sensación de estar en la boca de algún animal de intestinos reverberantes.

Brian no tendría que haber bebido tanto, el alcohol te hace este tipo de cosas, por eso yo no bebo demasiado. Yo estoy alerta, como un halcón. El X te hace esto. Facilita ver las cosas de verdad y el estar alerta de verdad en una fiesta como ésta, en una habitación que no es la mía y que antes no era tan grande como ahora. Por eso tomo X de vez en cuando, para verlo todo. De verdad. Ahora puedo ver hasta las ondas que crean los altavoces con cada golpe de música. Mueven el aire con resignada elegancia.

Brian ha encontrado un vaso y cree que es el suyo pero no es así. Ese es el vaso de la chica rusa. Creo que hoy Brian quiere olvidarse del mundo, y minucias como la propiedad de un vaso no le importa demasiado. Por eso bebe el líquido ajeno que está frío. Tan frío. La chica se da cuenta y le mira con cara de asco. Creo que es cara de asco, no puedo ver toda su cara, está demasiado oscuro. Tiene cara de tundra y celebración pálida de final de invierno. Es hermosa.

Esta fiesta es de las buenas. Buena cerveza, buena música y buena gente. Debería hablar con la chica rusa. Algo sucede en el fondo de la sala, una pareja baila. La chica rusa se ríe. Su risa es como acariciar una pared recién pintada. Alguien hace una foto y el techo se vuelve visible por un enorme segundo. La habitación parece otra vez pequeña. Destenso los puños. Me duele la mandíbula. La chica rusa apoya su mano sobre el hombro de un chico de piel oscura que lleva un pantalón de deporte blanco y una camiseta roja con un pájaro enorme. Él la mira y sonríe con dientes que parecen billar solo para ella... aunque yo también lo puedo ver porque estoy en el suelo.

Respiro con fuerza y noto que mis dedos no se mueven. Tengo dos vasos en las manos. Dos vasos idénticos, de cristal rojo. Sonrío. Todo el mundo tiene vasos de plástico pero yo tengo dos de cristal. Esto es bueno. El cristal es real, se puede romper, existe y hace un hermoso sonido cuando se frota. Muevo las manos con cuidado y acerco los bordes de los vasos hasta que apenas se rozan. Uno de ellos parece silbar un poco. Esto es divertido, pero me duele la cabeza. La cabeza. Por el silbido del vaso, quizás. Escucho dos veces el mismo verso y me tiemblan los dedos. La música se estira un poco y la siguiente nota no termina de llegar.

Algo pasa.

La habitación parece moverse un poco, parece elevarse y volver a su posición inicial, la luz cambia, algunas personas se mueven en las sombras hacia otras partes, la mesa se me acerca, los olores no son los mismos. La moqueta está ahora mojada bajo mis manos. Mi estómago se desanuda y noto con vibrante claridad que voy a vomitar, bebo rápido el contenido el vaso buscando calma y noto, con horror, que no se trata de zumo de manzana sino de cola con ron. Me rindo.

Vomito hacia la izquierda. Me duele brutalmente la cabeza. Noto la arcada forzando mi diafragma. Un reguero final de vómito resbala por mi barbilla. La música sigue sonando, pero un par de personas se han dado cuenta de mi estado. Escucho a alguien gritar y supongo desprecio. Miro en esa dirección y veo a la chica rusa que trabaja en el campus de al lado, dos de sus amigas están junto a ella y también me miran. Me levanto del suelo con rapidez y trato de explicar que estoy bien, que no estoy borracho, entonces me doy cuenta de ello; realmente no estoy borracho, ni puesto, ni ningún otro tipo de alteración. Estoy sorprendido.

La chica rusa me mira asqueada y yo no puedo hacer otra cosa que dejar el vaso sobre la mesa y fijarme en la escena que me rodea: luces parpadeantes al ritmo de dubstep. Una decena de estudiantes borrachos que se contonean a veces al batido de percusiones que marcan unos bajos desproporcionadamente graves. Caras desencajadas en muecas de placer o sufrimiento. Ojos que no miran sino intuyen. Manos apáticas. Cuerpos que chocan entre sí sin darse cuenta. Un hilo de vómito resbala sobre mi mano derecha y comprendo que es mi mano la que está mojada. La chica rusa se aleja en busca de algo, posiblemente de alguien.

Debería marcharme de aquí. Algo no está bien.

Me limpio la boca estirando la manga de mi camiseta y camino hacia la puerta, escuchando voces que parecen llamarme. La puerta es pesada cuando la abro y el aire del pasillo me recibe como un golpe frío. Al fondo hay dos chicos que están sentados en el suelo, mirando algo en una tablet. Camino en la dirección contraria dejando el temblor atrás.

Doblo una esquina y me encuentro con un grupo de estudiantes hablando junto a la puerta de una habitación de la que sale música. Varios de ellos se quedan callados y me miran. Creo que uno de ellos está conmigo en clase de física. Intento sonreír mientras paso entre sus piernas pero creo que no resulto demasiado convincente. Llego a la salida y empujo la barra horizontal que me lleva a la calle. Respiro con nerviosismo mientras bajo, de dos en dos, los escalones de la entrada. Es una noche de luna casi llena y música de diferentes fiestas llega desde los dorms. Esta es una noche de sábado cualquiera en el campus. Y yo ya no estoy borracho. Extraño.

No sé qué hacer. Empiezo a caminar había casa con la convicción de estar soñando. ¿Es esto, quizás, producto del X? ¿Pienso que puedo pensar con claridad pero, realmente, sigo tumbado y babeando sobre la moqueta de la fiesta?

Oigo varias sirenas atronando a lo lejos. Me giro y veo luces rojas y azules que se acercan. Veo cómo tres camiones de bomberos aparcan en desorden frente al dorm. Esta es una zona de estudiantes. Siento un hormigueo frío en los dedos de los pies. Los pelos se me ponen de punta. Tengo frío y veo mi propio vaho en el aire. Veo acercarse una ambulancia y aparcar junto a la entrada principal. Dos hombres salen por la parte trasera del vehículo y comienzan a montar una camilla.

Algo grave ha pasado en el campus. Algo ha sucedido en alguna habitación, quizás algo sucedió incluso en mi propia fiesta, mientras yo estaba por los suelos. Quizás solo percibí la periferia del fenómeno, pero algo más tuvo lugar. Y yo no lo vi. Esto no está bien.
Me duele la cabeza. Creo que mejor me voy a dormir.

Varios coches de policía se acercan por la calle, también con sirenas, también a alta velocidad.

No me puedo quedar aquí. No me había dado cuenta de lo nublada que está la noche de luna. Empiezo a caminar por la calle y veo gotas de sangre en mi mano. Mi nariz sangra. Extraño.

Sigo caminando. De camino a casa. La calle que recorro cada día me parece terriblemente ajena. 

No sé qué pensar.


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