17.3.14

Laura en sección


Las palmeras estaban inmóviles, con hojas abatidas en la oscuridad que parecían peines de viento o rastrillos de otoños por llegar.


Laura se rió de su propia afición a las descripciones melodramáticas y suspiró sin saber qué hacer con su vida.


Se sentó sobre el césped, a la entrada del parque que separaba varios de los edificios de la universidad. Desde esa altura apenas se veía el reflejo de tercera mano que generaban los focos del teatro. En las montañas, al oeste, casi invisibles bajo la incipiente niebla que parecía estar cayendo sobre los edificios, se intuían pueblos que nada tenían que ver con su realidad de estudiante. Algunos coches circulaban como hormigas a lo lejos, por la interestatal que acariciaba el mar y se perdía en el desierto.


Todo a su alrededor era ruido amortiguado.
El rumor de tres mil ochocientos cincuenta y ocho pares de pulmones exhalando e inhalando en la proximidad de aquella calle de universidad sobreprivilegiada no significaba nada.


Era viernes noche y su agenda estaba totalmente abierta. Sus tareas completadas. Sus ataduras cortadas, incluso las voluntarias. El estado en Facebook de su novio, desde hacía dos horas, "Soltero". ella aún no había reunido la energía mental necesaria para pulsar los botones pertinentes y ajustar la simetría de la situación. Su noche estaba abierta. Su vida, parecía, a ratos, vacía. Tras su última clase no tenía nada que hacer. 22 años recién cumplidos y sin planes para el fin de semana. Sin planes reales para el futuro. Previsible y aburrida tristeza marcaba su vida interior. Mejor vivir hacia fuera, por unos días. Pensaba.


Se fijó en las puertas batientes del edificio internacional, que permanecían inertes, y escuchó el aire acondicionado susurrar obviedades desde su caja de cemento. Era una noche para olvidar.


Un hombre de unos cuarenta años paseaba ensimismado por la calle pincipal, pasando las hojas de un cuaderno de bolsillo negro. Llevaba, de manera aparentemente no-irónica, una chaqueta de pana desgastada por los codos que contrastaba con la coolness del lugar. Era una chaqueta usada, no desgastada antes de venta.


Un silbido agudo, más intuido que escuchado, murió en sus oídos y la hizo pensar en bocinas de barcos perdidos en alta mar. En la última nota que produce la fricción entre arco y cuerda de violín.


El hombre de la chaqueta de pana se llevó la mano a la oreja y miró rápidamente a su alrededor, fijando en Laura una mirada sorprendida. Laura sonrió y señaló a su propio oído encogiéndose de hombros. El hombre levantó una mano a modo de saludo tímido y su mirada pareció quedarse colgada de la libreta negra. Pasados unos segundos volvió a mirar hacia Laura y echó a caminar calle abajo, primero lentamente y después con pasos rápidos.


Su figura se perdió tras los arbustos que adornaban el camino y Lauda volvió a estar sola sobre el césped.


Pasó la palma de su mano derecha sobre la hierba, notando cómo las puntas flexibles se doblaban y cosquilleaban agradablemente entre sus dedos. Dejó que los minutos se convirtieran en un juego de vegetación contra carne humana y recordó otras caricias, ahora resumidas en un clic de ratón dirigido a las pantallas de todas sus amistades.


Tan concentrada estaba en los movimientos de los tallos doblados bajo su mano que no vio la figura que se acercaba por el camino hasta que estuvo a apenas dos metros de donde ella estaba sentada.


- Hey, I am sorry...


Laura se movió hacia la derecha, sorprendida, y notó con sorpresa que la hierba estaba ligeramente mojada. Laura exhaló con fuerza, sin darse cuenta de hacerlo.


- I am really sory, but...


El hombre de la chaqueta de pana se detuvo frente a ella, ambas manos extendidas a modo de disculpa, tratando de tranquilizarla. Laura podía notar cada latido en el eco que retumbaba dentro de su cabeza.


-... I just need to ask you if you felt it before, that... sound.


El hombre hablaba con un marcado acento. Sudamericano, quizás. Laura asintió y trató de ponerse en pié con demasiada rapidez, trastabillando en varias direcciones antes de recuperar totalmente la posición vertical.


El hombre de la chaqueta de pana esperó a que ella terminara de recuperarse, esbozando una mueca que podía pasar, bajo la atenuada luz, por una sonrisa de disculpa. Mientras sacudía las hojas que se habían pegado a sus pantalones, Laura observó que el hombre tenía la frente cubierta de sudor y que un ligero espasmo parecía sacudir la comisura derecha de su boca cada par de segundos. el hombre la miraba con intensidad y sus manos, aún alzadas, parecían temblar. Extraño. De repente fue consciente de estar frente a un completo desconocido, varias décadas mayor que ella, al que no recordaba haber visto nunca en el campus. Miró a su alrededor observando aliviada cómo un grupo de estudiantes hablaba animadamente a la entrada del edificio internacional, tras las iluminadas puertas. Decidió alejarse del césped.


- Bye!


Y comenzó a caminar hacia la acera.


- Wait! Please... I just want to know if you felt the same way that I felt!


Genial, pensó ella, un chalado había entrado en el campus. Siguió caminando pero el hombre alargó sus brazos y la agarró por los hombros, obligándola a darse la vuelta.


- It is really important for me to know what you felt!


Laura notó cómo un escalofrío paralizaba su cuerpo. Luego recordó sus clases de defensa personal, se sacudió de su agarre y comenzó a correr hacia el edificio.


No se detuvo hasta que llegó a las puertas del edificio y sacó su tarjeta para pasarla por el sensor que permitía el acceso. Escuchó aliviada el pitido que anunciaba la apertura de la cerradura, empujó la hojas de metal y vidrio, y las cerró tras de sí, dándose la vuelta y mirando por primera vez lo que había dejado atrás.


La esquina del parque estaba desierta, la calle ligeramente iluminada, pero el hombre de la chaqueta de pana no estaba allí.


Miró hacia la izquierda y derecha de la puerta, para asegurarse de que el extraño hombre no escondido en la penumbra del  edificio, y se dirigió, ante las miradas preocupadas de los chicos que estaban en el recibidor y que habían presenciado su carrera y posterior entrada con sorpresa, al anticuado teléfono de color rojo que colgaba en un rincón. Descolgó el auricular y sintió un alivio casi físico cuando escuchó la voz del teleoperador de noche responder.


- Campus Security. What is your emergency?


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31.12.13

Brian en plano


Se trata de Brian.

Brian está completamente borracho, buscando su vaso bajo la mesa, sin darse cuenta de que lo volcó ya hace minutos contra la pared. Está mirando tras las patas pero no puede ver demasiado bien, o quizás no puede pensar del todo bien. Es una noche de fiesta y ya le he visto probar tres o cuatro licores diferentes, algo que normalmente no hace. Brian no bebe normalmente tanto.

Tengo calor. Esta habitación antes no era tan grande, pero ahora hace calor y todo está húmedo. Tengo la sensación de estar en la boca de algún animal de intestinos reverberantes.

Brian no tendría que haber bebido tanto, el alcohol te hace este tipo de cosas, por eso yo no bebo demasiado. Yo estoy alerta, como un halcón. El X te hace esto. Facilita ver las cosas de verdad y el estar alerta de verdad en una fiesta como ésta, en una habitación que no es la mía y que antes no era tan grande como ahora. Por eso tomo X de vez en cuando, para verlo todo. De verdad. Ahora puedo ver hasta las ondas que crean los altavoces con cada golpe de música. Mueven el aire con resignada elegancia.

Brian ha encontrado un vaso y cree que es el suyo pero no es así. Ese es el vaso de la chica rusa. Creo que hoy Brian quiere olvidarse del mundo, y minucias como la propiedad de un vaso no le importa demasiado. Por eso bebe el líquido ajeno que está frío. Tan frío. La chica se da cuenta y le mira con cara de asco. Creo que es cara de asco, no puedo ver toda su cara, está demasiado oscuro. Tiene cara de tundra y celebración pálida de final de invierno. Es hermosa.

Esta fiesta es de las buenas. Buena cerveza, buena música y buena gente. Debería hablar con la chica rusa. Algo sucede en el fondo de la sala, una pareja baila. La chica rusa se ríe. Su risa es como acariciar una pared recién pintada. Alguien hace una foto y el techo se vuelve visible por un enorme segundo. La habitación parece otra vez pequeña. Destenso los puños. Me duele la mandíbula. La chica rusa apoya su mano sobre el hombro de un chico de piel oscura que lleva un pantalón de deporte blanco y una camiseta roja con un pájaro enorme. Él la mira y sonríe con dientes que parecen billar solo para ella... aunque yo también lo puedo ver porque estoy en el suelo.

Respiro con fuerza y noto que mis dedos no se mueven. Tengo dos vasos en las manos. Dos vasos idénticos, de cristal rojo. Sonrío. Todo el mundo tiene vasos de plástico pero yo tengo dos de cristal. Esto es bueno. El cristal es real, se puede romper, existe y hace un hermoso sonido cuando se frota. Muevo las manos con cuidado y acerco los bordes de los vasos hasta que apenas se rozan. Uno de ellos parece silbar un poco. Esto es divertido, pero me duele la cabeza. La cabeza. Por el silbido del vaso, quizás. Escucho dos veces el mismo verso y me tiemblan los dedos. La música se estira un poco y la siguiente nota no termina de llegar.

Algo pasa.

La habitación parece moverse un poco, parece elevarse y volver a su posición inicial, la luz cambia, algunas personas se mueven en las sombras hacia otras partes, la mesa se me acerca, los olores no son los mismos. La moqueta está ahora mojada bajo mis manos. Mi estómago se desanuda y noto con vibrante claridad que voy a vomitar, bebo rápido el contenido el vaso buscando calma y noto, con horror, que no se trata de zumo de manzana sino de cola con ron. Me rindo.

Vomito hacia la izquierda. Me duele brutalmente la cabeza. Noto la arcada forzando mi diafragma. Un reguero final de vómito resbala por mi barbilla. La música sigue sonando, pero un par de personas se han dado cuenta de mi estado. Escucho a alguien gritar y supongo desprecio. Miro en esa dirección y veo a la chica rusa que trabaja en el campus de al lado, dos de sus amigas están junto a ella y también me miran. Me levanto del suelo con rapidez y trato de explicar que estoy bien, que no estoy borracho, entonces me doy cuenta de ello; realmente no estoy borracho, ni puesto, ni ningún otro tipo de alteración. Estoy sorprendido.

La chica rusa me mira asqueada y yo no puedo hacer otra cosa que dejar el vaso sobre la mesa y fijarme en la escena que me rodea: luces parpadeantes al ritmo de dubstep. Una decena de estudiantes borrachos que se contonean a veces al batido de percusiones que marcan unos bajos desproporcionadamente graves. Caras desencajadas en muecas de placer o sufrimiento. Ojos que no miran sino intuyen. Manos apáticas. Cuerpos que chocan entre sí sin darse cuenta. Un hilo de vómito resbala sobre mi mano derecha y comprendo que es mi mano la que está mojada. La chica rusa se aleja en busca de algo, posiblemente de alguien.

Debería marcharme de aquí. Algo no está bien.

Me limpio la boca estirando la manga de mi camiseta y camino hacia la puerta, escuchando voces que parecen llamarme. La puerta es pesada cuando la abro y el aire del pasillo me recibe como un golpe frío. Al fondo hay dos chicos que están sentados en el suelo, mirando algo en una tablet. Camino en la dirección contraria dejando el temblor atrás.

Doblo una esquina y me encuentro con un grupo de estudiantes hablando junto a la puerta de una habitación de la que sale música. Varios de ellos se quedan callados y me miran. Creo que uno de ellos está conmigo en clase de física. Intento sonreír mientras paso entre sus piernas pero creo que no resulto demasiado convincente. Llego a la salida y empujo la barra horizontal que me lleva a la calle. Respiro con nerviosismo mientras bajo, de dos en dos, los escalones de la entrada. Es una noche de luna casi llena y música de diferentes fiestas llega desde los dorms. Esta es una noche de sábado cualquiera en el campus. Y yo ya no estoy borracho. Extraño.

No sé qué hacer. Empiezo a caminar había casa con la convicción de estar soñando. ¿Es esto, quizás, producto del X? ¿Pienso que puedo pensar con claridad pero, realmente, sigo tumbado y babeando sobre la moqueta de la fiesta?

Oigo varias sirenas atronando a lo lejos. Me giro y veo luces rojas y azules que se acercan. Veo cómo tres camiones de bomberos aparcan en desorden frente al dorm. Esta es una zona de estudiantes. Siento un hormigueo frío en los dedos de los pies. Los pelos se me ponen de punta. Tengo frío y veo mi propio vaho en el aire. Veo acercarse una ambulancia y aparcar junto a la entrada principal. Dos hombres salen por la parte trasera del vehículo y comienzan a montar una camilla.

Algo grave ha pasado en el campus. Algo ha sucedido en alguna habitación, quizás algo sucedió incluso en mi propia fiesta, mientras yo estaba por los suelos. Quizás solo percibí la periferia del fenómeno, pero algo más tuvo lugar. Y yo no lo vi. Esto no está bien.
Me duele la cabeza. Creo que mejor me voy a dormir.

Varios coches de policía se acercan por la calle, también con sirenas, también a alta velocidad.

No me puedo quedar aquí. No me había dado cuenta de lo nublada que está la noche de luna. Empiezo a caminar por la calle y veo gotas de sangre en mi mano. Mi nariz sangra. Extraño.

Sigo caminando. De camino a casa. La calle que recorro cada día me parece terriblemente ajena. 

No sé qué pensar.


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25.12.13

Once en línea



Once sabía que frotarse las manos cada medio minuto no servía de nada. Las noches de enero de Los Angeles eran tan extrañamente frías como absurdamente calientes los días del invierno. El desierto reclamaba en la oscuridad los triunfos que el aire acondicionado le robaba durante las horas de luz. Pensaba. Buscando en la poesía lo que la termodinámica no le podía ofrecer.

Once llevaba más de dos horas sentado dentro del coche, con la mirada fija en el portón de la casa, atento a la posible salida de DM. Esta era la segunda semana que la Sociedad dedicaba a seguir todos los pasos del individuo en cuestión, por razones que para Once no estaban del todo claras. Fuera lo que fuese, el buen hombre no llevaba una vida demasiado complicada; apenas un par de idas y venidas diarias de casa al trabajo, en una de las universidades, un par de horas cada dos días en un café local, una visita semanal a la librería de segunda mano y, de momento, solo una cena en casa de otro reputado profesor del campus. Nada más. Y por eso él llevaba dos horas helándose en el interior de un coche cuya calefacción no podía utilizar para no llamar la atención con el sonido del motor.

Una de las primeras cosas que uno aprendía cuando entraba en la Sociedad era que los “proyectos” que iniciaban los hermanos y hermanas mayores eran en muchas ocasiones de larga duración e inescrutables objetivos finales. Pero estos siempre existían. Él llevaba apenas medio año dentro, y había muchas cosas que no comprendía, más allá del propósito básico de la organización de “proteger los campuses y asegurar su excelencia académica y vital”. La mayor parte de los proyectos consistían en gastar bromas inteligentes a los profesores que impartían clases aburridas y de baja calidad, al tiempo que felicitaban a quiénes conseguían enseñar y deleitar al alumnado, o de reflexionar sobre eventos del campus. Esporádicamente, la Sociedad imprimía pequeños carteles en los que mencionaban oblicuamente alguno de los temas principales o, en ocasiones, otros asuntos de especial interés medioambiental, político, o nutricional... los temas que causaban las acciones de la Sociedad eran muchos y dispares, pero todos se abordaban de manera alegórica y sarcástica. El humor como arma al servicio del ingenio al servicio del conocimiento, era uno de los lemas de la Sociedad.

En este caso, estaba claro que las razones para recabar tanta información sobre este tipo eran otras. No sólo por la duración de las acciones sino por el número de hermanos y hermanas implicados. Once había llegado a ver hasta a cinco miembros siguiendo o controlando de alguna otra manera los movimientos de DM... lo que, si sus suposiciones sobre la estructura de la Sociedad eran correctas, significaba que, como mínimo, más de la mitad de los miembros estaban implicados activamente. Si él, que había sido el último iniciado, constituía el undécimo miembro (¿de ese año?, ¿de esa clase?), no podía haber más de otros diez miembros... a no ser que, más allá del número Uno hubiera algún otro tipo de nomenclatura, lo que era, pensándolo bien, muy posible.

Con un leve escalofrío recordó que estaba en su coche, que hacía bastante frío y que su misión no era pensar en los secretos que aún no conocía, ni en los que había jurado no revelar, sino simplemente observar aquella casa durante cuatro horas y cambia de posición cada cuarenta y cinco minutos para no despertar demasiada sospechas. Por suerte, la casa de DM estaba convenientemente situada cerca de una curva, lo que permitía un total de seis posiciones generales y, básicamente, entre doce y dieciocho finales, en lo que a lugares con más o menos buena visibilidad en los que aparcar el coche se refería.

Estaba pensando en adelantarse diez minutos al tercer cambio y dar un par de vueltas rápidas a la manzana, para poder encender el motor y dejar rodar la calefacción al máximo durante unos minutos para hacer el resto de la noche más cómodo. Llevó la mano a la llave y encendió el motor escuchando, con inmensa y ligeramente pueril satisfacción, el siseo del aire acondicionado saliendo de las rejillas de ventilación.

Apenas estaba terminando la primera vuelta al bloque cuando vio la luz del porche encenderse. Eso indicaba que la puerta de la entrada se había abierto. Tras varios segundos de incertidumbre vio una figura envuelta en un abrigo pardo que la luz de una de las pocas farolas de la calle permitió identificar como DM. Siguiendo las indicaciones que había recibido por correo hacía un par de semanas, cuando la misión había comenzado, hizo una llamada perdida a un número cuyo propietario, sabía por experiencia, nunca la aceptaría. Dejó que la figura, ahora poco más que una sombra con ocasionales contornos parcialmente visibles, continuara unos metros más su ruta antes de hacer un lento giro en tres maniobras para poder observar su avance.

Esta parte de la misión era la más complicada, al fin y al cabo, Once era solo un estudiante de segundo año y las rutinas de espionaje y persecución que estaba llevando a cabo en los últimos días eran bastante más complejas que sus deberes oficiales para la facultad de ciencias sociales en la que cursaba casi todas sus asignaturas.

Avanzando sin apresurarse cada vez que DM cambiaba e dirección y cruzaba de acera, Once le siguió hasta llegar al único local de Brighthill que servía alcohol un miércoles a las 21:30 de la noche. Aparcó a varios metros de distancia y se preparó para observar una nueva puerta. Pasaron apenas cinco minutos cuando recibió un mensaje de texto que ponía simplemente “Go home. Good night”. Once suspiró aliviado, volvió a poner en marcha el motor y se dirigió a su Dorm. Ésta había sido otra noche extraña por cortesía de la Sociedad.

Llegó a su cuarto. Se lavó los dientes. Se acostó y durmió con amnésica rapidez.

Cuando el sol apenas empezaba a colarse por entre los listones de la persiana, Once volvió al mundo consciente cuando un fuerte golpe en su puerta que le hizo levantarse de un salto, sin saber muy bien en qué momento había dejado de estar durmiendo y había pasado a estar despierto y asustado. Recorrió los tres metros que separaban su cama de la salida de la pequeña habitación apoyándose levemente contra la pared y vio sobre la moqueta de la entrada un delgado sobre de color amarillento que alguien había deslizado bajo la puerta.

La llegada de una carta de esas características significaba que los hermanos y hermanas mayores le habían asignado otra misión... lo que era extraño teniendo en cuenta que el asunto con DM aún estaba en marcha. ¿O quizás se había terminado la noche anterior?. En cualquier caso, el sobre y el puñetazo en la puerta eran el toque de trompeta de la Sociedad. Su tarea ahora era agacharse, leer y ponerse manos a la obra. Sin tener en cuenta cansancio o dificultades para pensar coherentemente. 

Suspiró.

Se agachó. 

Recogió el sobre y rompió el lacre negruzco que lo cerraba. 

Respiró con una mezcla de reverencia y temor el familiar olor del perfume dulzón que siempre acompañaba a las misivas de la Sociedad, sabiendo que, de su contenido, dependería el tipo e vida que iba a llevar durante los siguientes días. Y, si hacía caso a las leyendas de grandeza de la Sociedad, dependiendo de cómo él se comportara, el tipo de vida que llevaría durante el resto de sus días.

Sacó el papel el sobre notando, como siempre, su rugosidad. En un principio pensó que el papel estaba en blanco, pero, al revisarlo con atención vio que había una única línea de texto impresa en el tercio inferior de la cuartilla. Con sorpresa, Once comprobó que se trataba de una dirección web abreviada. Normalmente, las instrucciones de la Sociedad se presentaban bajo la forma de pequeños textos ligeramente humorísticos que indicaban la labor a realizar, los protocolos en proceso y la fecha límite para llevar a cabo la misión, pero esta nota era algo diferente. Once regresó a la parte principal de la habitación, despejó la silla y abrió su portátil, notando por primera vez desde que saliera de la cama, el frío suelo bajo sus pies descalzos. Tecleó con cuidado las letras, números y símbolos que formaban la dirección y se encontró, al seguir el enlace, con una página casi en blanco con dos casillas en el centro.

Siguiendo su intuición y la costumbre de la navegación, introdujo en la primera casilla su nombre numérico dentro de la sociedad. En el segundo espacio en blanco, escribió las tres palabras en latín que constituían el lema de la Sociedad y la página cargó de inmediato una lista de diez archivos de audio todos ellos titulados “DM-Call” con diferente numeración y fecha de creación. A pié de página había un único archivo de texto con el nombre “Transcribe. Please” y un botón para subir archivos.

Sin pensar demasiado en lo que estaba haciendo, cliqueó uno de los archivos y escuchó sorprendido lo que era, claramente, una llamada telefónica entre dos hombres hablando en español, uno de ellos en castellano, otro en mexicano.

Comprendió.

Suspiró.

Comenzó a transcribir.

Trece horas después, tras haber faltado a todas sus clases y haber resumido tres comidas en un gran bol de cereales con dos yogures, Once cargó la versión final de la transcripción en la web, borró todos los archivos de su ordenador, hizo lo mismo con el historial de navegación y la memoria caché de su navegador y cerró la tapa del portátil.

Alargó la mano y cogió su móvil, marcando lentamente el número de la policía. Al segundo tono, con la mirada clavada en el sobre amarillento, Once canceló la llamada y se estremeció. 

Regresó a la cama.


Se arropó bajo las mantas sin saber qué otra cosa hacer.

El futuro era un golpe seco en su puerta. El futuro era una decisión moral. 

Once solo comprendía que DM estaba planeado asesinar a un profesor del departamento de Física llamado Erik Kazynski. 

El futuro se le antojaba complicado.



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9.12.13

las ocho horas de las teclas


las ocho horas de las teclas
se consumen en una cálida oficina
con penumbras
y yo no se si el fingir
es normal o parte
de mi desubicación.

las pantallas iluminan rostros concentrados
-¿en qué?, ¿para quién?-
y las luces tras los grandes ventanales guiñan historias
de noche
a las seis de la tarde.
cuestión
de latitudes.

¿qué tipo de vida es ésta
que empiezo a compartir con los oficinistas?

¿qué es este duro relax de no sentirse irresponsable
más que de un proyecto, una tarea,
un punto
en un powerpoint?

¿cómo es posible que haciendo
esta
miniatura existencial
tenga más fuerza que en los años
de paseos
didácticos
por aulas que, a veces,
me escuchaban?

¿es esto una tragedia?
¿una derrota?
¿una capitulación frente a aquello
que no pude conseguir?
¿es esto una salida?

¿es esto, quizás, ...?



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29.6.13

Emilia en espiral




Emilia entrecerró los ojos e inhaló con desagrado el seco aire del despacho-laboratorio, odiando la aséptica falsedad reciclada, biológicamente necesaria pero definitivamente asqueante, que vomitaban los filtros acondicionadores situados sobre su cabeza. Ella no necesitaba ni oxígeno ni nitrógeno, sino un punto central y una normalización en las ondas que mecían su vida. Ése era el problema. Todo se había salido de su eje. Todo era falso y ficticio. 



La asistente de investigación y candidata doctoral del departamento de física de la Universidad de Brighthill había comprendido hacía ya días que los clips italianos que tenía frente a sí eran algo más que espirales de metal exageradamente caro. Sabía que su director de tesis los usaba para algo más que para unir las correcciones de su trabajo. Eran un símbolo de su trascendencia, de su trans-mutabilidad, de su trans-topo-materialidad. El Doctor Erik Kazynski había sembrado toda su área de trabajo con indicios similares para que sus ayudantes graduados lo fueran entendiendo. Quizá para separar a los que lo comprendían de los que no lo podían comprender. Y ella lo había hecho. Ahora él quería hacer algo con ella, posiblemente matarla para que no desvelara su secreto. O, a lo mejor, convertirla en su compañera de conspiración. Los detalles aún no estaban completamente claros. Pero era peligroso.



Le dolía la cabeza. Hacía varios días que no dormía demasiado bien. Realmente hacía dos días que no dormía en absoluto y cuatro desde que había descansado más de tres horas seguidas. Su cerebro no  paraba de formular hipótesis porque reconocía que estaba en el límite de algo importante, en la frontera de un nuevo hallazgo, en el exterior desubicado del descubrimiento del decenio. Lo sabía. Solo tenía que esperar un poco más y observarlo de cerca. Sin perder detalle.



Alargó una mano y se detuvo a escasos centímetros del clip. Se obligó a hacer las cosas con calma.  Recordó lo que su médico le había aconsejado la última vez que había tenido una mala fase: contar hasta diez y volver a empezar. Cerrar los ojos. Tomar aire. Regresar al presente. 



Extendió totalmente la mano y recorrió, despacio, la pulida curvatura del clip. La senda bruñida que conducía a la verdad, de igual manera que conducía su dedo hasta la mesa desde el papel cubierto de anotaciones en tinta roja. Revisó con la mirada la sucesión de dígitos que había arrojado el último experimento. Otro nuevo error, había dicho Kazynski, y los había tachado junto con el resto de su formulación. Pero Emilia sabía que su trabajo era exacto y correcto y acertado y preciso más allá de la duda. Ella había seguido sus indicaciones y lo había logrado, pero él trataba de ocultar la verdad. Ella sabía lo que ocurría y entendía que era demasiado importante como para dejarse engañar otra vez. Se obligó a mirar las cosas con calma. Se rascó con fuerza la cabeza.



En su escritorio había dos botes de cerámica con bolígrafos, portaminas, lápices y marcadores de todo tipo. Su portátil gris estaba situado en un punto ergonómicamente inapropiado pero geométricamente perfecto, a igual distancia de las bandejas de documentos que de la impresora. A veintitrés con cinco centímetros del pecho de Emilia y a otros veintitrés con cinco centímetros del extremo oeste de su mesa, donde empezaba la tierra de nadie del espacio público del enorme despacho compartido. Tenía que colocarlo así para evitar que las cosas volvieran a cambiar, que el número de bolígrafos aumentara o disminuyera. El caos debía ser controlado.



Mark y David tecleaban con furiosa intensidad, ignorantes, como siempre, de lo que de verdad estaba sucediendo. Ella creía que Mark había estado a punto de dar con la verdad tres días antes, cuando el Doctor Kazynski les pidió que revisaran las últimas mediciones, pero el interés de su compañero había desaparecido con rapidez, de la noche a la mañana, como si nada hubiera pasado, y se había vuelto a concentrar en sus propios experimentos. Emilia no sabía si podía confiar en él. Sabía que estaba rodeada de personas que, potencialmente, estaban aliadas en la conspiración de su jefe para cambiarlo todo y destruirlo todo y hacerse con el control de todo. Ella no lo podía tolerar.



El Rogers-Marquez Center for Theoretical Physics, el departamento de la universidad donde ella desarrollaba su labor investigadora y docente desde hacía dos años, contaba con una decena de grupos de investigación, la mayor parte de ellos llevando a cabo trabajos en colaboración con entidades privadas y gubernamentales. La función de los investigadores era simplemente desvelar los secretos de la Realidad, la función de las entidades era hacerse cargo de la mayor parte de las facturas y dar empleo a la mayor parte de los investigadores una vez que su vida académica terminaba y se incorporaban al mundo real bajo contratos de confidencialidad tan lucrativos como blindados. El secretismo era una parte inalienable del trabajo que se desarrollaba entre los muros del edificio Rogers-Marquez, pero todo el mundo sabía que el Doctor Kazynski llevaba este aspecto de su investigación hasta el extremo, con su exagerada calma, su eterna cortesía y su enigmática circunspección. Los rumores acerca de la verdadera naturaleza de su trabajo personal, así como la identidad de quien financiaba realmente su grupo de investigación, eran motivo de agitada especulación entre otros investigadores… y entre los propios integrantes del Team-K. Emilia suponía que alguna combinación de agencias con varias letras y puntos estaba detrás de toda la tecnología que tenían a su servicio, así como de los frecuentes viajes a las instalaciones europeas para hacer las pruebas.


Emilia siempre había disfrutado sabiendo un poco más que los demás sobre el trabajo de su director de tesis porque eso le otorgaba un cierto estatus entre sus colegas, pero sus descubrimientos de los últimos días habían hecho que su amor por el conocimiento se viera convertido en temor ante la posibilidad de cruzar el umbral de lo que debería permanecer inexplorado. Aveces, robar el fuego igualaba a mortales y a dioses, aveces rompía universos. Y ella no quería romper ningún universo Ella había dejado España para escribir su tesis, para estudiar las anomalías topológicas de la teoría cuántica de campos junto a un reputado experto en el tema. Para estudiar, no para modificar ni mutar ni destruir ni destrozar… 

Mark y David la estaban mirando. ¿Había vuelto a hablar en voz alta? Intentó esbozar una sonrisa inocente y sus compañeros intercambiaron miradas cómplices. No había duda. Estaban aliados con Kazynski.

Sin decir nada, cogió el clip, se levantó de la silla y salió por la puerta que daba al pasillo central. Tenía que escapar. Tenía que volver a España, posiblemente esconderse en pueblo de su madre, donde todo el mundo conocía a todo el mundo y alguien como el Doctor no podría pasar desapercibido.

Se cruzó con un par de personas que, quizá, la saludaron al pasar. No importaba. Le dolía terriblemente la cabeza, tanto que casi no podía pensar con claridad. Vio la puerta del aseo y la abrió de golpe, para lanzarse sobre el lavabo y abrir el grifo de agua fría. Su cara estaba bañada en sudor y sus ojos no parecían ser los suyos. Sintió ganas de llorar, pero no tenía tiempo para eso. Respiró profundamente y metió la cabeza bajo el chorro helado. Con dedos inestables empezó a palpar la parte superior de su cráneo, porque allí nacía el punzante latigazo de dolor. Estaba claro que él le había hecho algo. De ahí la confusión y los problemas para dormir. Respiró una vez más y comenzó a hundir las uñas poco a poco, notando que la fina piel cedía y viendo, entre los mechones de pelo mojado, cómo pequeñas gotas de sangre salpicaban y se diluían en el blanco del lavabo. Notó algo sólido entre los mechones de pelo que se enredaban en sus dedos, había algo entre el cuero cabelludo y el hueso. Comenzó a sollozar mientras arañaba para llegar al objeto que estaba clavado en su cabeza. El agua se volvía, intermitentemente, rosa.

La puerta se abrió y Emilia pudo ver, entre la neblina de lágrimas, unas deportivas azules y unos jeans. Levantó ligeramente la cabeza y miró con odio a la boquiabierta mujer que estaba parada bajo el marco de la puerta. Lanzó un bufido y volvió a bajar la cabeza al mismo tempo que la mujer desaparecía corriendo por el pasillo. Tenía que darse prisa. Tenía que arrancar el artefacto y salir del Rogers-Marquez.

Volvió a la tarea con ahínco, apretando los dientes ante el penetrante dolor que nacía bajo sus uñas. Siguió removiendo y arrancando pelo y piel. Usando el agua fría para enmascarar ligeramente el dolor y limpiar sus dedos.

Algo se metió bajo su uña. Algo fino y posiblemente metálico. Allí estaba. Con sus dedos corazón y pulgar hizo una pinza y aferró con fuerza la diminuta esquirla. Con una carcajada comenzó a incorporarse, apoyando con su mano izquierda en en espejo que le devolvía una extraña imagen de sí misma: pelo empapado pegado a la cara y a la parte superior de una camisa mojada y manchada por la sangre diluida. En su mano derecha tenía un mechón de pelo con la raíz ensangrentada y, bajo todo eso, una fina tira de piel bajo la que se encontraba el artefacto, la esquirla, la prueba de que el Doctor Kazynski estaba haciendo algo terrible. Traidor tirado, físico falaz, monstruo manipulador…
La puerta se abrió y Emilia vio a Edgar, el guardia de seguridad que trabajaba en la entrada, con las manos extendidas, en señal de calma. 

Era necesario hacerle comprender. Emilia alzó la sangrienta evidencia y vio asombrada como el afable guarda saltaba sobre ella, desequilibrándola y lanzándola de nuevo contra el lavabo. Trató de librarse del fuerte abrazo lateral y notó con horror como su mano derecha se abría para agarrarse, instintivamente al grifo metálico. Gritó con todas sus fuerzas mientras Edgar la arrastraba hasta la pared opuesta y la obligaba a sentarse en el suelo, inmovilizándola con su enorme masa.

El agua bramaba, salpicando el suelo. Emilia miró sus dedos y solo pudo ver algunos mechones de pelo azabache empapado. A su alrededor apareció más gente que trataba de hablar con ella, pero Emilia solo podía llorar. Lo había tenido entre sus dedos y ahora estaba en el lavabo. Quizá ya era demasiado tarde. Quizá el agua se lo había llevado todo.
Cuando llegó la camilla, Emilia estaba agotada de forcejear contra Edgar, de intentar salir de su abrazo inexpugnable. Los paramédicos le inyectaron algo en el brazo izquierdo, la tumbaron y apretaron las cinchas sobre su pecho y piernas. Emilia entendió que todo estaba perdido. 

El Doctor Kazynski esperaba en el pasillo, mirándola con fingida lástima. Al verla salir en la camilla alzó las manos a la cabeza y las dejó resbalar hasta el cuello. Mirándola como quien mira una obra de teatro o a un pájaro en la ventana.

Emilia levantó despacio una mano, entre la brumosa espesura de su conciencia y uno de los paramédicos la volvió a colocar en la camilla. Ella repitió el lento movimiento varias veces hasta que pudo esquivar la atención de su captor, ocupado en recoger una bolsa del suelo y cargarla a la espalda. Con los dedos de su mano derecha, Emilia miró a los ojos a Kazynski y trazó en el aire una espiral. 

Lo último que pudo ver antes de que la camilla doblara la esquina del pasillo fue la sorpresa en los ojos del Doctor. Sorpresa y comprensión. Quizá algo de frustración también, a juzgar por cómo se masajeaba los ojos. 

Emilia había triunfado. Había escapado de su influencia. Sus carcajadas resonaron en todo el edificio.

[foto]

29.5.13

me guiña un ojo casi imperceptible



me guiña un ojo casi imperceptible
-con precisión de segundo-
sobre el espejo en que nos medimos las arrugas,
yo vencido, y ella
seductora, inmaculada, vencedora inconsecuente. 

su presencia no tiene remedio 
en mis mañanas,
horas llenas de nada que busca ser fértil,
busca acariciar y aferrar, 
susurrar y morder.
ella
solo devuelve la más pálida de las mejillas,
cortante
como hoja sin mella. 

su desdén es etéreo y frio.
me ignora ruidosamente.
con pulsante constancia me ignora.

entre neurona y ventrículo llevo su nombre.
recito devoto sus títulos
y espero
-de nada sirve adular-. 

se sienta frente a mí,
en mi mesa, en mi casa, 
y me niega
-arrogancia de diva provinciana, 
consciente reina del lugar-.
mira con calma intensa
el nerviosismo de mis dedos,
el sudor de mi frente que busca y no encuentra
sus favores.

un estrépito de agujas lanzadas al aire
marca el final de nuestros días juntos,
y se va. se marcha. desaparece,
y el eco de su victoria me persigue a la cocina,
entre el pan y el tomate,
las rutinas que no son ella
-y por eso ella es más,
es mejor que...-

aveces
-en las noches de vueltas
y recapitulación-
la escucho acercarse y dejar
-breve como alivio de enfermo-
la huella a pie de labio 
de un beso

que olvidaré en la mañana.

15.12.12

"Casas y viajes. Retornos y residencias" Poemario bajo Creative Commons



hace varios meses terminé de escribir una colección de poemas y, hasta hoy, no sabía muy bien qué hacer con ellos. por un lado me encantaría publicarlos en una editorial tradicional, pero, por otro, creo que distribuirlos de manera gratuita y bajo una licencia de Creative Commons hará que más gente pueda disfrutar (¡espero!) de ellos. y de eso se trata.

no he invertido nada de tiempo en crear una portada o preparar una maquetación especial; aquí tenéis los textos tal cual son, sin adornos externos. si alguien quiere exportarlo a otros formatos (ePub, mobi...) ¡adelante! si me enviáis una copia la añadiré a la lista :)

tal y como indico en el propio poemario, creo que la cultura debería ser Libre, así que, por favor: 


¡Copia este poemario! 

¡Envíalo por mail! 

¡Pega los poemas en tu web!

¡Crea nuevas obras basadas en ellos! 

¡Imprímelos y regálaselos a quien quieras! 


solo recuerda mencionar que yo soy el autor de la obra inicial, compártela de manera gratuita y bajo el mismo tipo de licencia..

si te gusta este poemario, puedes pulsar el botón que hay en la columna derecha de este blog y hacer un donativo para ayudarme a seguir escribiendo. 


tengo que reconocer que disfruté mucho escribiendo el poemario, y espero que su lectura os parezca interesante. si es así, ¡hacédmelo saber! ¡enviadme un mail o dejad un comentario!