2.7.17

6:48


- Nada de eso, Tito -cogió su vaso y lo puso a la altura de sus ojos-. Cabrón -los hielos que aún no se habían convertido en agua chocaron contra el cristal-. No tienes ni idea -se limpió el esputo de la comisura de la boca con la mano-. Ahora se llama el Jardín Escondido, y ponen solo reguetón y música así -bebió los restos del cubata aguado-. Lo que era el Mercedes ya no existe -el minúsculo esputo burbujeante volvió a aparecer-. Así que olvídate de la camarera aquella que nos invitaba a los chupitos.

Y Tito lo miró con ojos de agua. Y los dos volvieron a reír con la misma risa floja que les entraba al final de cada viernes de juerga. Porque estaban casi ya al final de la noche, y esas horas y esa sensación eran el principio motor de todo. Todo.

Gestas dejó de reír cuando un ataque de tos lo dobló sobre la madera anclada al muro que hacía de mesa, dejándole un hilillo de saliva sobre la barba entrecana, y amenazando con tirarlo al suelo, junto a las cuatro botellas de cerveza que se tambalearon y que Tito abrazó con torpeza evitando que el desastre fuera a más. ¿Había bebido más de lo normal? No, quizás había cogido frío antes.

Eran las cuatro y media de la mañana y en el Sara’s Land quedaban solo siete personas, que no suponía demasiada diferencia respecto al número de clientes que había tenido el local en el punto más álgido de la noche, cuando quizás llegaban a sumar doce. Paco, el dueño, llevaba una hora obsesionado con un grupo desconocido y había puesto ya dos veces seguidas la misma canción que repetía “Afraid of the ice, ice”. Desde el divorcio, hacía un año, abría cada día y estaba solo al otro lado de la barra, cayendo en furias musicales e ignorando a veces a los clientes. Había un par de chicas que se reían en el otro extremo de la barra, bajo el cuadro de Joan Baez. Eran de las históricas, con décadas de alcoholizaje en el Sara’s, y a estas horas, como siempre, pasaban de los susurros a las voces sin darse cuenta, mientras bebían sin pausa de sus gintonics manchados de carmín óxido. Junto a la puerta de los retretes había tres chavales, universitarios, bajando la media de edad del local justo por debajo de la cuarentena. 

Tito trató de recordar cómo habían sido ellos realmente, cuando tenían su edad, cuando estaban todos los que eran, y eran Gestas, Nando, Rubo, Migue, Ricardo y él. Más allá de la versión romántica que podía evocar fácilmente. ¿Habían tenido también esa pinta de pardillos? ¿Habían ido alguna vez de excursión a un bar cutre como el Sara’s, fingiendo que su presencia era algo normal, en vez de estar caminando seguramente por el lado salvaje, donde borrachuzos que doblaban su edad se escondían de la realidad? Seguro que sí. Recordaba una vez haber ido a un puticlub con Gesta, Nando y Migue, ignorando a las chicas con lo que ellos consideraban elegancia. Idiotas.

Gestas dejó de mirar su vaso vacío y siguió la mirada de su compañero hasta los chavales. Por un segundo Tito pensó que iba a decir algo, pero, en lugar de eso, Gestas le dio una palmada en la espalda y comenzó a caminar hacia el baño como si los zapatos le patinasen y las rodillas se le doblaran por voluntad propia, sin tener en cuenta ninguna necesidad práctica de desplazamiento. 

Al llegar al final de la barra, Gestas dedicó ostentosamente un saludo quizás militar a las dos chicas, que volvieron a reírse aún más alto, mientras él abría de un empujón demasiado fuerte la puerta del baño.

- ¡Gerardo, coño -gritó Paco, levantando los ojos de la funda de un vinilo-. ¡Cuidado, joder, que el azulejo es nuevo!

Y volvió a centrarse en su disco unos segundos antes de dejarlo sobre una pila de vasos de martini que Tito no veía en manos de clientes desde que Sara había dejado de trabajar allí. El camarero se quedó mirando la puerta del baño durante unos segundos y Tito intuyó lo que iba a pasar. Porque casi siempre pasaba así. Con un gesto de enfado dio una palmada al interruptor y las lámparas halógenas del local lo bañaron todo con una cruel luz blanca de hospital.

- ¡Hala! ¡Todos fuera! Se acabó la noche -y apagó los altavoces con brusquedad-.

Tito vio que solo a los universitarios les pareció extraño. Miraban a Paco con algo cercano al miedo. Las chicas dejaron las copas en la mesa y se tambalearon hasta sus abrigos. Tito se puso la chupa de cuero, con cuidado de no tirar mucho de la manga derecha, que estaba medio rota bajo la axila, y cogió el bulto descolorido que era la parca de Gestas. Dio dos palmadas en la barra y comenzó su propio serpenteo etílico hacia la puerta de salida.

- ¡Hasta mañana, Paco! -saludaron las chicas llevando su risa a la calle-.

El camarero las miró con algo entre desprecio e indiferencia, y levantó la mano derecha en un gesto que era sin duda un imperativo de movimiento.

La puerta del baño volvió a chocar contra la pared y Gestas salió peligrosamente rápido hacia la calle, secándose una mano en los vaqueros y frenando solo al encontrarse con los pies sobre la acera.

- Hasta la próxima semana, Paco -murmuró Tito mientras cerraba la puerta a su espalda, sin querer saber qué tipo de gesto le estaría dedicando el camarero-.

Gestas giró y tropezó con su propia pierna, cayendo con dos manos sobre el capó de un coche que, por suerte, no tenía alarma.

- Ahora a casa, que solo quedan viejas y borrachos -sentenció Gestas incorporándose y agarrando el hombro de Tito durante unos segundos-.

- ¿Estás como para llegar bien? -preguntó Tito-.

- ¿Tienes miedo que llegue a casa de tu madre? -Y Tito comprendió que este sería uno de esos finales de noche agresivo-testosterónicos.

Gestas se alejó unos pasos y se puso la parca, apoyado contra el muro del Sara’s.

- ¿Seguro que mañana no quieres venir al brunch con los demás? -preguntó Tito-.

Como respuesta le llegó una mirada divertida y una peineta salida de una mano tambaleante.

- No. Hacéis esas mariconadas demasiado temprano -se separó de la pared y caminó unos pasos vacilantes-. Pero si la cosa se alarga y vais a cenar, entonces sí. Que mañana no tengo nada.

Y Tito asintió ante la obviedad apoyada por la rutina solitaria de los últimos cuatro años que Gestas llevaba sin novia.

- En cualquier caso -siguió Gestas ajustándose la parca sobre los hombros y subiendo la cremallera-, ¡qué te jodan! -Y volvió a repetir la peineta, esta vez a dos manos-.

Y Tito le devolvió el gesto, añadiendo con cariño un cierto movimiento del dedo corazón.
- Hablamos mañana, ¿vale?

Y Gestas le sonrió y asintió. Se giró con cierta estabilidad y se fue calle abajo, tosiendo y apoyándose cada pocos metros contra la pared. Hacía años que Tito había comprendido que  Gestas prefería volver a casa solo. Estaba seguro de que, en pocos minutos, su amigo se metería en algún garaje y vomitaría silenciosa y profesionalmente en un rincón. Años de experiencia le habían dado una habilidad magistral en el arte vomitivo, algo que, según él mismo decía con cierto orgullo, le quitaba la mitad de la borrachera. Pero Tito sabía que los fines de semana de Gestas se dividían entre el salir del viernes, el dormir medio día el sábado, la ocasional fiesta repetida del sábado noche, como aquella, y el domingo de relax en casa. Todo ello regado de abundante alcohol, diferentemente contextualizado.

La música volvió a sonar en el Sara’s cuando los chicos salieron con la luz de tres móviles iluminándoles la cara, y Tito lo interpretó como una señal para emprender el camino a casa. En una escala del uno al once, estaba borracho un ocho. Nada mal. Estaba agradablemente entumecido y feliz, pero, al mismo tiempo, mañana se podría levantar a las diez para ir a desayunar con el resto del grupo. Misión cumplida.

Tardaba unos quince minutos en llegar a su casa andando. Uno de los factores para alquilar su actual piso, ignorando otros que, por el mismo precio eran quizás más grandes o más luminosos, era su proximidad a la zona de copas. Cuando era más joven y vivía con sus padres, el camino a casa le llevaba casi una hora a pie, o tenía que coger un taxi o esperar al bus cuando la noche se alargaba. Así que uno de sus pocos caprichos como adulto había sido elegir un piso que le permitía emborracharse ocasionalmente y volver a casa cómodamente, disfrutando de unos minutos de aire frío para despejar, pero sin sufrir la agonía del peregrinaje borracho, con sus acechantes ganas de mear en cada esquina, los ocasionales ataques de hambre incontenibles y el desgaste emocional generalizado, que a veces quitaba brillo a noches de amigos y alcohol. Ya no lo hacía mucho, lo de emborracharse entre semana y volver a casa. Ahora era casi solo los viernes y algún sábado. Sabía que para Gestas era un poco diferente. Sabía que, a veces, se le podía ver los miércoles a medianoche salir tambaleándose de una cafetería cerca de su casa. También había aprendido que, durante la semana, era mejor hablar con él antes de las ocho, si uno tenía que tratar algo importante. De no ser así, era bastante posible que respondiese al teléfono una de las personalidades ligeramente cargadas de Gestas, bien fuera el bromista, el apático o el malhumorado. 

Sin darse cuenta, se encontró ante su portal, con la llave en la mano. ¿Cómo había hecho para cruzar tantas calles?

Cerró la puerta de su casa antes de encontrar una respuesta.

Sin pensar demasiado, comenzó su propia rutina alcohólica. Una serie de acciones ya casi mecánicas perfeccionadas con los años. Dejó los zapatos bajo el armario de la entrada y se desnudó en el salón, estirando toda la ropa sobre varias sillas. Fue al baño, donde había dejado uno de sus pijamas viejos, y se lavó la cara. Se balanceó hasta la cocina, sacó de la nevera unos espaguetis con pisto y chorizo y los calentó en el microondas. Mientras esperaba a su chute de hidratos de carbono contra la resaca, se bebió dos vasos de agua. Comió sentado, obligándose a masticar y a beber otro vaso de agua. Abrió la ventana del salón para que airease la ropa y cerró la puerta. Fue al baño y se limpió los dientes. Fue a su habitación y se metió en la cama, comprobando con satisfacción que antes de salir de juerga se había acordado de desplegar sobre la mesilla de noche su “paquete de resurrección” para mañana. Pensó en Gestas tambaleándose calle abajo, y en sus hilos de baba cada vez más presentes. 
La noche había sido tan rutinariamente genial, que no se dio ni cuenta cuando se apagó la luz.


El móvil lo despertó con su progresivo ronroneo. Lo apagó con un movimiento casi instintivo y se apoyó sobre un codo con los ojos aún cerrados. Le dolía la cabeza, pero a un nivel tolerable. Bebió despacio el primer vaso de agua que alcanzó con un ligero giro de la mano, unos centímetros más allá del móvil. Respiró tranquilo, evaluando su capacidad de pensar y otras consecuencias de la borrachera. Unos vecinos hablaban a voces en el patio de luces. Notaba un dolor extraño en la boca, posiblemente había vuelto a apretar la mandíbula mientras dormía, mordiendo demasiado fuerte.

Abrió los ojos. Sus lacrimales tenían residuos arenosos. La habitación olía a un cierto tipo de agrio que su cerebro desechó, con experiencia, antes de llegar a catalogarlo como fracaso. Se sentó al borde de la cama y encendió totalmente el móvil, preparado para el aluvión de mensajes acumulados que, sin duda, empezarían a llegar. Bostezó y estiró la espalda, provocando un reconfortante crujido. Rompió el paquete de plástico de la magdalena que estaba en la mesita y la comió de cuatro bocados lentos. Se obligó a respirar.

Solo quince mensajes del grupo “Aún aquí (ahora con juniors)”. Odiaba el nombre, pero había sido idea de Verónica, y, obviamente, Rubén apoyó la idea, porque las llamadas “juniors” eran también sus hijas, y el resto lo aceptaban porque se preveía la llegada de más. Pero cada vez que tenían que hacer planes a través de ese grupo, a Tito le asaltaba la misma sensación de desilusión existencial. 

Como cada segundo domingo del mes, el núcleo duro del viejo grupo de amigos se juntaba a las once para desayunar-comer en un bar de inspiración inglesa. El objetivo era no perder demasiado el contacto, ahora que las nuevas rutinas de pareja, nunca llamadas obligaciones, hacían que fuera más difícil o, imaginaba, menos atractivo, juntarse como antes para ir de fiesta.

Se levantó y fue al baño, agradecido, como siempre, por haber invertido tiempo de la tarde del sábado en dejar preparada sobre el bidé la ropa que llevaría al brunch. La cuestión era no tener que pensar nada al volver a casa de borrachera, y poco al despertarse de resaca.

Se sentó en el retrete y se dejó ir por unos minutos, sin prestar demasiada atención al rito purificador de la diarrea post-etílica. Todo normal.

Encendió la radio y entró en la ducha. Había un poco de moho en la cortina, tendría que cambiarla. Pero era la que ella le había comprado, cinco años antes, y no la quería tirar. Quizás la podría limpiar con lejía. Se duchó y vistió con calma, sabiendo desde el principio que iba a llegar media hora tarde, como de costumbre. 

Miró el teléfono para ver si Gestas se había conectado, por casualidad, pero el teléfono confirmó la estadística de casi cada domingo. Era aún temprano.

En la calle no hacía frío, pero tampoco calor. Había gente en las terrazas de los bares, pero no demasiada. Era una mañana de domingo perfecta. Caminó sin demasiada prisa y llegó cuarenta minutos tarde a El mirador de Thule. Todos estaban ya comiendo y, más allá de algunos saludos a voces y sonrisas manchadas de salsa barbacoa, solo Nando se levantó a darle un abrazo. 

Cuando pasó de alas de pollo, huevos revueltos con bacon y caña -¿mirada quizás preocupada de Mónica a Ricardo cuando la pidió?- a los cruasanes con café, había ya comprendido que sería uno de esos domingos en los que la desconexión con sus amigos se hacía dolorosa.

Fue al baño y aprovechó para escribir a Gestas. No quería seguir allí. Llevaba ya dos horas el Thule, nadie le diría nada si se marchaba. Podía dar un paseo por el parque, recoger un poco casa y buscar alguna manera de terminar el domingo de manera que la semana no empezara con una sensación de vacío aún mayor. Quizás podía llamar a Gestas y cenar una pizza con él, sin demasiadas birras.

Volvió a la mesa y se disculpó, diciendo que no tenía el estómago muy bien. Moderada preocupación y ninguna insistencia en que se quedara. La conversación había vuelto de manera natural a la nueva casa, las vacaciones, la nueva televisión, la asociación de padres del colegio, la antigua amiga re-encontrada en Facebook. Todo era normal. Todos eran normales.


Se fue caminando, convencido de que las cosas cambiaban sin cambiar. Quizás él también recibiría en algún momento el impulso químico-vital que le haría convertirse en otro sí-mismo. Miró el teléfono buscando una distracción. Gestas no daba señales de vida.

15.2.17

historia de la fotografía


Yo de niño en los cascotes
de una ciudad derruida.
Es cierto.
Sin metáforas, ni abuso
de licencias poéticas:
un pueblo
abandonado en Castilla.

Fui el hijo bajo el sol,
que aprende
a hacer fotos con el padre.
Comprendía —extrañamente— sus palabras,
sus números, su
velocidad
y su apertura.
Entendí cuando me hablaba
de la sensibilidad.
Más o menos
luz, recuerdo,
y su correspondiente grano final.

Pasos
cuidadosos, cámara en mano.
Encuadrar.
Enfocar.
Disparar.
El peso al cuello, la correa sudada,
la vibración de cada avance.

Iniciación. Pertenencia.

35 milímetros de ruinas
desamparadas,
de pilares rotos,
de ventanas que el esfuerzo
podría quizás abrir
a una desolación
y dejadez de años.
Quién sabe si a un tesoro perdido,
oculto.

Carrete verde, 32
exposiciones, media hora
para buscar las líneas de fuga en pantalón corto,
y los ojos entreabiertos,
y el ceño
fruncido de alegre responsabilidad.

Seguro de ver algo que hoy
no ha sido aún revelado.






27.1.17

arqueología frente a la decepción

no es temor, aún, al fundido en blanco,
ni remordimiento como espresso
romano a medianoche.
es angustia de demencia sin aviso
ante esta
convencionalidad
indiscutible
del placer conquistado con hastío.
la cama a cinco almohadas y esa máquina
que microespuma la leche en la mañana
mientras la osadía se cubre de recuerdos y polvo
en el mismo estante en el que ordeno,
cada mes,
todos los libros que no supe
escribir.

este esputo de bilis que me endulza el ego es
un redoble olfativo hacia el futuro.

¡Miradme cavar en lo mediocre!
busco con sonrisa nueva y ansias renacidas
en las ruinas sepultadas de mis sueños.

1.3.16

La mujer tras el ventanal oscuro




Las cosas no estaban bien. Para nada. No era justo. Ella había tenido tres hijas que ya vivían fuera de casa, y había trabajado cuarenta y dos de sus sesenta y nueve años. Había enterrado un marido y un hermano. Los únicos hombres en su vida. Había hecho las cosas como se tienen que hacer. Y las seguía haciendo, aunque a su edad debería estar recibiendo las atenciones de otros, y no preocupándose por todo. Pero no se podía hacer nada, solo seguir haciendo las cosas bien.
Cada día se despertaba a las siete de la mañana para hacer el desayuno, aunque no siempre tenía gana de desayunar. Se duchaba y limpiaba la casa. Salía a la tienda y recogía el correo.

Una vez a la semana iba a casa de Miriam y su hermana para tomar café y hablar durante dos horas. El primer sábado de cada mes iba con un grupo de la parroquia a caminar por el bosque. Un domingo al mes comía en casa de una de las dos hijas que aún vivían cerca. Se alternaban. Una vez al mes comían en su casa. También se alternaban.

Cuando llovía, recogía las sillas de la terraza y las guardaba en el salón, para que no se estropeasen. Otras vecinas habían comprado sillas de plástico, pero ella no. No eran de su estilo. Ella seguía teniendo las mismas sillas de madera que les habían regalado sus padres después de la boda.

Vivía en el número 36 desde que se había casado, a los 21 años. Otras chicas de su edad habían repudiado las formas de hacer las cosas de la generación anterior, pero ella no. Su madre había sido una mujer ejemplar y su padre un hombre de verdad. De los que no se veían en el nuevo siglo. Ni, desde luego, en el recién estrenado.

Su casa era su palacio y su fortaleza. El edificio era quizás más humilde de lo que a ella le hubiera gustado, pero ella había conseguido, con el paso del tiempo, convertir el interior en un hogar casi a su altura. Gas en la cocina y porcelana en el baño. Su único pesar eran los muebles del salón; los había cambiado dos veces en toda su vida. Y el segundo cambio había sido un error. Por culpa de no saber decir que no a su ahora difunto marido, que había sido un buen hombre, pero no tenía buen gusto.

Muchas cosas eran nuevas en el barrio. Las tiendas habían desaparecido casi por completo y los supermercados eran la norma. Los bares seguían estando allí, pero casi todas las cafeterías habían cambiado de nombre o de estilo.

El hijo del carnicero, que a pesar de su trabajo era un auténtico caballero, había traspasado el negocio tras la muerte de su padre y ahora una cadena vendía los filetes. La calidad era buena pero a ella no le gustaba comprar ahí. Ya no era lo mismo.

El edificio de enfrente lo había comprado una empresa que lo alquilaba barato y se había convertido en un nido de extranjeros, bajando el caché de toda la calle. Eran casi todos de fuera, sobre todo gente en apariencia respetable y de su edad, pero, alarmantemente, cada vez llegaban más parejas jóvenes que no respetaban los horarios y dejaban las bolsas de reciclaje en la calle, cuando los cubos estaban llenos. Había una pareja en el segundo, una en el tercero y dos -¡dos!- en el último piso. Por curiosidad se había acercado a mirar los nombres en los buzones del portal, y estaba claro que muchos no habían nacido ni siquiera en Europa.

A pesar de la amenaza extranjera, sus días eran tranquilos, aunque quizás un poco monótonos. La radio ya no ponía nada interesante y se había cansado de escuchar siempre los mismos discos, y la televisión era solo basura, así que, para entretenerse, solo leía. Y miraba por la ventana desde su sillón, dejando las luces apagadas, para pasar las horas muertas.

Ella no era una mujer demasiado curiosa, pero tenía derecho a saber lo que pasaba en su calle. Al fin y al cabo, la mayor parte de quienes vivían allí eran recién llegados. Una no podía fiarse del todo y asegurarse de que todo fuera bien era algo inteligente y de servicio al barrio. Además, no hacía daño a nadie, si, a veces, usaba los prismáticos de su marido para ver mejor lo que pasaba al otro lado de los cristales. Era un entretenimiento inofensivo.

Laura, la pequeña, le había gastado algunas bromas al respecto cuando encontró los prismáticos en la cesta de la lana, junto a sillón. Siempre había tenido un sentido del humor un poco extraño. Pero no se lo tenía en cuenta,  era así porque no había tenido ningún problema en la vida, y eso llevaba a la frivolidad. No era culpa suya. Entre el exceso de atención de su padre y la mano blanda que había tenido ella misma, por aquello de tratarse de la última de las hermanas, y que ella ya estaba un poco mayor, y trabajando demasiado cuando la tuvo, las normas que habían sido de hierro para las dos primeras se relajaron bastante. Y eso se notaba ahora.

La pequeña se había ido a vivir con su novio a 300 km, llamaba una vez a la semana y actuaba como si fuera del todo normal. Ella creía que a su novio no le gustaba que Laura volviera a casa, y ella, claro, se dejaba influir por su opinión. Seguro. La veía una vez cada dos meses, más o menos, y siempre estaba insistiendo en que ella debería ir a pasar unas semanas a su casa, porque ella y su marido se habían comprado una casita de campo, aunque no tenían hijos, ni prisa por tenerlos. Pero ella no quería ir a pasar unas semanas a ningún pueblo. Si hubiera nietos de por medio, quizás, pero sin ellos, no. Aunque alguna vez pensó en hacerlo para ver de cerca cómo se llevaban los dos en casa.

El vecino de enfrente había vuelto a abrir la ventana de la terraza. Era uno de los extranjeros, rumano, imaginaba. Estaba casado con una chica normal, que aparentaba ser de la región, pero estaba claro que era una de esas parejas mixtas en las que ella trabajaba y él hacía el vago, cobrando, seguro, como todos ellos, dinero del estado sin mover un dedo. Habían llegado tres meses antes y aún seguían viviendo entre cajas, o al menos ella podía ver un montón de cartones apoyados contra la pared. Se les veía moverse por la casa como si ya estuvieran instalados pero las cosas básicas estaban aún por hacer: las lámparas seguían siendo cables y bombillas, no había decoración en las paredes y aún no habían limpiado la terraza, que seguía medio cubierta por el plástico que los pintores habían dejado cuando los anteriores propietarios, una pareja de rusos, habían dejado el apartamento. Eso sí era un desastre. Plástico gris asomando por los bordes del balcón, como si fueran bolsas de basura. Se lo había comentado a la presidenta de la comunidad, que lo era de todo el grupo de casas, pero ella era también, como Laura, una de esas chicas jóvenes que creían que todo está bien, y que había que tolerar lo intolerable. La mayor parte de sus conocidas no veían las cosas como ella, no veían el peligro. Pero ella sí. Porque ella se mantenía vigilante.

Ella había salido por el portal a las 8:15, pero él seguía en casa, como siempre. Iba vestido con unos pantalones de deporte grises, como los que les había comprado muchos años antes a sus hijas para la escuela. Llevaba siempre camisetas de manga corta y siempre los mismos pantalones. Ella se preguntaba cómo era posible que ninguna mujer normal pudiera interesarse por un hombre así.
Se levantaban cada día de la semana a las 7:30… o a esa hora subían las persianas, aunque no abrían las ventanas hasta mucho más tarde, algo que había comentado también con la presidenta, porque en los contratos se estipulaba que los inquilinos debían ventilar adecuadamente. Y después de una noche cerrada, la casa, toda casa,  sobre todo la de los de fuera, que cocinaban cosas más fuertes, huele mal y necesita aire. Pero sus quejas habían sido ignoradas.

Ella trataba de hacer todas las cosas bien y no era justo que ahora, cuando estaba en lo mejor de su vida y necesitaba descanso y tranquilidad, llegaran estos nuevos inmigrantes y les tomaran el pelo a todos, quedándose en casa sin trabajar y usando el dinero de sus impuestos para hacer lo que hacía el chico rumano de enfrente, quedarse sentado en la mesa junto a la ventana, delante de un ordenador, haciendo quién sabe qué cosa. Comía incluso así, como un animal, sentado en el mismo sitio. Y así se pasaba las horas, hasta que volvía la chica.

A veces los veía salir por el portal cogidos de la mano. Les había visto una vez besarse durante varios minutos en la misma puerta del edificio, ¡como si estuvieran en su propia casa! Seguro que ni siquiera estaban casados.

Las cosas no iban nada bien. Demasiados cambios en poco tiempo no eran buenos para el país. Sabía que no debía pensar así, pero a veces se descubría a sí misma mirando con ojos comprensivos al pasado.

Aferró los prismáticos con decisión y retomó su ronda, pasando poco a poco de ventana en ventana.


[foto]

26.2.16

Los días de Jesús en la playa



La piel de Jesús parece cuero expertamente engrasado. 

Desde cerca las arrugas y estrías marcan cada uno de sus músculos, perfilan sus huesos, destacan sus movimientos. Desde lejos parece solo un anciano demasiado delgado y moreno. Se aleja de las cabañas desnudo bajo el sol. Con mechones de pelo grisáceo manchado de negro pegados a sus hombros.

Lleva tres meses viviendo en una de las cabañas de la playa, disfrutando de los precios de saldo de la temporada baja. Diez dólares la noche, desayuno incluido. Y el desayuno es tan abundante que, a veces, no le hace falta comer, y llega hasta la cena con solo una papaya o media sandía.

Mayo marca la conquista sin resistencia de los turistas. Ya está empezando a suceder, y eso pone el fin en perspectiva. Anoche han llegado los primeros universitarios con ganas de fiesta y romance frente al océano. Se le acababa el tiempo libre, se acaban los respiros y llega la hora de volver a la vida real y resolver los asuntos pendientes. Quizás un par de días más, si acaso.

Llegó a estar solo durante tres semanas. Eso sí había sido el paraíso. La camarera, Rebeca, le preguntó si no quería ir a otra parte, quizás visitar alguna cala de Puerto Escondido, pero él había dicho que no, que le gustaba mucho estar allí, que quería terminar sus vacaciones en las cabañas.

La arena arde bajo las plantas de sus pies y Jesús da gracias por estar ahí. Por estar aún ahí. La sensación de calor es todo lo que le queda una vez que acepta el dolor, y el mero hecho de sentir es una victoria solo comprensible para personas como él, que viven de prestado. Disfruta de cada segundo, de cada golpe de viento, del calor y las gotas de sudor resbalando sobre el agua de la ducha de hace apenas dos minutos que se evapora velozmente. Disfrutar creando sentido es su única norma vital, ahora.

La música del bar le llega atenuada por el rumor del océano. Se detiene y observa. El mar está bravo y rompe con fuerza contra la playa, cambiado con cada empuje las formas de la arena y haciendo brillar cada vez de modo diferente las rocas negras que separan las dos partes de la cala. 

Los que viven en la zona le dan un nombre fúnebre a la zona, los turistas, uno que parece sacado de una película americana de los setenta. Para Jesús se trata solo de la Playa del Final del Día. Así la llamaba su padre cuando venían de vacaciones. Muchos, muchos años antes. En una época en la que su mayor preocupación no era el recuento de glóbulos blancos sino el de cangrejos tras las rocas. 

El pequeño Jesús estaba convencido de que los crustáceos jugaban con él a esconderse, saliendo de sus inundadas guaridas solo cuando le veían aparecer sobre los charcos. El niño de pelo negro corto, tan diferente pero felizmente similar al hombre de melena ya casi seca, podía permanecer minutos enteros agazapado tras las formaciones oscuras, disfrutando del olor a algas frescas en el agua y podridas sobre los peñones, con los hombros pegados a las duras aristas serradas. Esperando impaciente a que llegase el momento adecuado para subirse de un salto y buscar con la mirada frenética a sus pequeños compañeros de juego, que salían, inevitablemente, corriendo tambaleantes en diferentes direcciones.

En una ocasión había logrado atrapar uno, y aún recordaba el grito victorioso que había lanzado levantándolo sobre su cabeza, antes de que su garganta cambiara de tonalidad, pero no de intensidad, ante la respuesta del cangrejo, que le había hecho una pequeña herida en el pulgar con la pinza. Jesús, ahora con los ojos fijos en las rocas, quién sabe si las mismas, recordó el color rojo brillante de la sangre, el dolor resquemante del salitre omnipresente y las convulsas maniobras del animal, tratando de darse la vuelta tras la caída.

Ser niño otra vez, piensa Jesús, qué delicia volver a cometer todos y cada uno de los errores cometidos. Ser consciente de todo. Equivocarse con intención de hacerlo una vez más. Caerse del sofá de la abuela, quemarse con la leña ardiendo, sentir el sabor del metal después del primer puñetazo, el amargo orgullo de la primera taza compartida con su padre. 

Jesús se estira. Llega el momento de empezar a moverse, el sol quema demasiado para perder el tiempo pensando en el pasado sin prestar atención al aquí y ahora.

 Un poco más, piensa y mueve los dedos de los pies. Se puede permitir el gozo hedonista de la memoria. Respira. 

La decepción tras el primer beso, la deliciosa madurez de la primera bofetada, los primeros amores errados. Todos ellos. Las primeras lágrimas. Las últimas.

Deja de pensar en pesares pasados y comienza a estirarse, milimétricamente. Metódicamente, baja las manos hasta llegar a hundir los dedos en la arena. Siente los granos, uno a uno, permitir el paso de su peso en controlada caída. Se deja ir hasta notar el dolor en las piernas y la parte baja de la espalda. Un relámpago de pura nada le golpea detrás de un ojo, como siempre sucede cuando sucede esto. 

Cae de rodillas. No siente, pero sabe, de alguna manera sabe, que tiene la boca abierta hacia el mar y que un hilo de saliva cae intermitente sobre su mano derecha, que ahora aferra como si la vida le fuera en ello, un puñado de arena. Nota su pulso martillear. Dobla unas piernas que no siente del todo y se sienta.

El mar es azul, azul. Y el cielo es azul, azul. La arena no, es amarillenta, casi blanca. Y los árboles en la parte alta son verde oscuro, y son pocos. 

Se fija en todo y trata de no permanecer demasiado tiempo en nada concreto. Formas, colores, nombres… el repaso de las cosas que los niños aprenden en sus primeros años. Trata de ver si todo está aún ahí, si ha perdido algo importante o solo el nombre de algún tipo de cliente de antaño. Parece que todo está ahí. Respira. Siente alivio y eso le hace sentir mejor.

Los turistas comienzan a caminar hacía él, desde el bar. Espera que no hayan visto anda, que no vengan a preguntarle si se encuentra bien. Sería extraño tener que mentirles o no hablar con ellos. Al otro lado de la playa la chica americana arquea una pierna tras su espalda. Bella y joven. De piel blanca y conciencia cristalina. una hija del new age pero interesante. Ve cómo se sigue moviendo, al ritmo de su meditación en movimiento. Todo va bien.

Estira las manos, despacio, muy despacio, hasta llegar a tocar los dedos de los pies. La uña de su meñique derecho está cubierta de sangre. Puede que se haya arrancado un trozo sin darse cuenta. No es la primera vez que se lesiona y no lo nota hasta minutos después, cuando la sensibilidad vuelve por completo. Abraza con las yemas de los dedos las suelas cubiertas de arena. Piensa en su madre. Nota el dolor en la parte baja de la espalda. No por obstinación sino por no renegar de sí mismo, se obliga a ir más allá y agarrar completamente sus pies, notando el dolor en las piernas y, por fin, la extraña sensación en el abdomen. Regresa despacio a la posición inicial.

Piensa en su madre y sacude la cabeza casi imperceptiblemente, pero él sabe que lo ha hecho. Sabe que ese es un dolor que no puede ya soportar. De todas las personas que han estado o están, ella es la que menos comprendería su presencia en esa playa, con esas aguas en que la gente, muchas veces, sabe cómo entra pero no cómo sale.

Qué pensaría ella si comprendiera que sus historias, contadas como advertencias a un niño, se han convertido en la herramienta del fin para el hombre crecido.

Nota la inmensidad de ese dolor y lo deja pasar.

Cruza las piernas despacio y apoya las manos con cuidado. Respira. Se asegura de anclar los tobillos y toma un pequeño impulso, no brusco, pero decisivo. Levanta su propio peso con sus brazos y se mantiene así unos segundos. Notando el aire y el sol. Escuchando el sonido del mar. Sintiendo el viento que, parece, quiere comenzar a soplar. Escuchando, a su izquierda, el crujir de la playa bajo los pies de unos universitarios que se acercan, riendo y hablando con la despreocupación propia de su edad. ¿De dónde serán? ¿Qué placeres habrán vivido? ¿Qué dolores tendrán que sobrevivir? Tan jóvenes y llenos de tiempo, quizás salidos de los cursos por primera vez para amarse en un paraje exótico. Envidia.

Respira y piensa en fiestas de cuartos pequeños apenas iluminados, en música saliendo de altavoces que creaban distorsiones desapercibidas. Piensa en cigarrillos largos traídos de otros continentes. En chicas que no sabían pero intuían lo mismo que él no intuía, pero esperaba. 

Se deja caer más hacia adelante. Piensa y frunce el ceño. Pero eso había sido en la preparatoria, no en la universidad. 

Su frente toca ya casi la arena y los pasos se detienen a unos metros. Asombro. Quizás respeto. Sonríe y disfruta su sonrisa, disfruta el dolor de su cuerpo unos segundos más de lo adecuado.

En la universidad era casi lo mismo. Cuartos oscuros, cigarrillos, música y chicas. Más alcohol. Más problemas. Empieza a recuperar la verticalidad y llega con deleite anticipado al momento en que sus muñecas lo soportan todo. Suelta el aire y cae menos de un centímetro. Abre los ojos y ve el mar. Los universitarios siguen caminando. Uno de sus dedos sigue cubierto de sangre. Su corazón bate. Aún bate.

Piensa en caminar hacia el mar. No, aún no.

El mundo es hermoso y lo seguirá siendo. También mañana. Quizás, para él, también mañana.

Jesús cierra los ojos y toma aire. Sabe que se prepara para el siguiente segundo, sin saber siquiera si llegará.

14.12.14

la eternidad que sí podemos ser


respiras futuro y llevas
entre los ojos ciegos de novedad
millones de sonrisas ajenas.

eres
el último argumento del existir,
la aurora rosada que suspira la noche,
la Humanidad ampliada
a su mínima expresión.

resuenas con dedos noveles
el pulso mismo del mundo,
el dulce tamborileo de una vida aún por estrenar.

todos,
como hilos remendados,
custodios y dependientes,
vibramos junto a ti en largas horas de ensueño,
en caricias que son días
y suspiros como años o sentimientos anudados.

rompen tus sonidos las palabras
que no sabemos decir
y así
vemos con ojos entornados de ayeres perdidos
la eternidad
que sí podemos ser.

time goes by


... and what if time goes by
and seconds tick whole months at the time?

hair grows and gets cut,
pounds drop like crazy,
images are words
without letters,
like smoke signals for radio silence.

there is new chinese food,
and castles on air.
there are new futures,
and answers dying to be questioned:

what if we are rightly so making mistakes?
what
if life just IS...
and in so being
just flies us by.

[foto]