26.11.09

11.11.09

escupe, sangra, escribe [redux 29/11/09]

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ESE es el acrónimo del arte
que me llama.
ése
me tienta las llemas
cuando la frase sin riesgo me agarra.
cuando me hago caso y sangro,
escupo,
escribo...
cuando sólo me queda olvidar las censuras
en el blanco rezurcido
de una página virgen;
cuando los pulsos me empujan sobre una tecla
indecente;
cuando el decoro me objeta
la conciencia y se declaran las letras
en rebeldía;
cuando acabo con-migo
y me descubro
con orgullo en cada frase.

[foto]

4.9.09

tesis

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no hay más sudor en la palma de mis manos
que tinta en la pluma que amenaza un papel
-mi expediente-.
frente a mí está el pelotón
de sonrisas y fingida seriedad de quien me juzga sin odio
-presunción de inocencia convertida
en asumida académica eficacia-.
rutina.
trámite.
da igual.
examen es examen y hay pánico impregnado
por años de severa institucionalización
-egb,bup,cou...
todo suena como
kgb,cia, H1N1
o así-.
trago de aire, echo a hablar,
digo cosas que no pensaba soltar
pego saltos dialécticos. me cuelgo
del retroproyector y sigo
hasta nombrar
el pasado como principio gestor del hoy por hoy.
me sorprendo en sonrisas y repeticiones.
doy y dan
hablo de hablar de memoria y escritura
con Gilmore y Foster Wallace.
preguntas que respondo en un olvido.
termino.
pongo música
y me voy.
a otra parte.

13.8.09

14/08/09 -Utrecht-

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noventa días -con respiros-
bajo el sol desangelado
de un norte sin espíritu
y quebrado,
lleno de humo
encerrado en coffee-shops.

botas de tacón que rompen
hielo,
pisan hojas,
que resbalan a canales
románticos
de un camino
hermoso y atenazante.

felicidad de estar de nuevo
en viaje,
descubriéndome en esquinas ajenas.

estudiándome en Holanda,
donde yo me vuelvo extraño
cuando busco
tomar vientos que soplan
tras velas arriadas.

me descubro, miserable
en afán aventurero,
yendo en trenes
con descuento
que conducen
a lo que nunca pensé que querría
conservar:
el regreso
a la rutina.

[foto]

12.8.09

12/08/09

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chicas jóvenes sonríen frente al agua
y hay chicos
que se lanzan a nadar
- ríos de brillo en los labios,
de testosterona envolviendo
el triángulo
de las bermudas-.

hierba crece,
sol brilla,
con la tarde llega el frío
y yo machaco palabras
con los poros de punta.

hay cosas
que no cambian.

[foto]

Vi-viendo (19/03/03)

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Me gusta el olor que tiene la tranquilidad. Vosotros ya no podéis ni sentirlo porque este tipo de cosas las consideráis estúpidas. Y no se siente lo estúpido. Lo estúpido se desecha o se les da a los niños para que jueguen con ello.

Digo esto porque, por primera vez en muchos años, estoy tranquila, en paz. Aunque también podría decir que por primera vez estoy sola y eso me gusta. Aunque sea porque todos me ven como un trasto viejo sin sentido en la vida. No sé. Después de lo que he visto, que mi propia familia me crea inútil y decida dejarme aquí para que no moleste, no me coge por sorpresa.

Ahora que nadie me toma en serio, recuerdo cuando comenzamos a vivir en la Casa. Andrés y Carmen fueron a buscarme a la tienda del señor Roberto, allá en el antiguo barrio. Por entonces yo me pasaba horas y horas frente al señor Roberto, escuchándole hablar de esto y aquello, viéndole tratar con los clientes. Creo que se puso muy triste cuando nos fuimos. A mi también me daba pena no volver a verle, y es que cuando te haces mayor le coges un apego tonto a ciertas rutinas. Andrés se paso el viaje bromeando sobre cual iba a ser mi habitación. Decía que me iba a poner una sala acolchada para que no me hiciese esos arañazo que ya por entonces eran muy frecuentes en mí.

Llegamos a la Casa por la tarde y la verdad es que me dio muy mala impresión. Tan blanca, tan vacía, tan fría y tan sin comodidades. Mi Carmen decía que poco a poco se iba a mejorar. Que pondría alfombras, y manteles sobre las mesas para que no se viera que eran de madera mala. Correteaban por el pasillo como chiquillos, colocando las pocas cosas que habían venido con nosotros en la furgoneta. Mientras, yo, me quedé apoyada en la pared, incapaz de hacer otra cosa que alegrarme porque iban a ser felices. Lo presentía. Ellos eran aún muy jóvenes. Tenían tantas oportunidades para hacer cosas... Tenían, sobre todo, tantas ganas de hacerlas. Andrés ya estaba hablando de la habitación de los niños. "¿Pero qué niños?”, preguntaba mi Carmen. “Los que vendrán". Y los dos se reían y venían hacia mí con falso aire de seriedad, para sentarnos juntos y cenar. Y yo, casi llorando por verles tan felices.Esa noche nadie durmió hasta pasadas las cuatro.

Todo era muy simple: un colchón en el suelo y una lamparilla cerca, por si había que levantarse al baño. Aquella austeridad fue divertida, le daba a la Casa un aire de camping de verano. La más sencilla actividad doméstica era excusa para acabar empapados, con un estropajo en la cabeza o luchando con los palos de las escobas para defender el acceso a la cocina. Recuerdo con mucho cariño los dos años que pasamos así.

Sin darse cuenta, fueron llenando la Casa con más muebles, algunos cuadros, las alfombras que tanto quería Andrés y los libros de mi Carmen. Cuando todos nos habíamos acostumbrado a nuestra compañía y a nuestras pequeñas manías, llegó Laura, la primera, rompiéndonos los esquemas.

Y cuando conseguimos amoldarnos a los suyos - el baño y los lloros y las carreras- entonces, llegó Carlos. Y todo se multiplico por dos. Estos años pasaron, como hacen todos, y yo me di cuenta de que habían sido los mejores de nuestra vida.

De eso solo me queda un regusto dulce en la memoria. Luego vino el cambio de muñecas por vestidos y de cochecitos por pantalones largos. Y así, poco a poco, de forma tan silenciosa que casi ni nos dimos cuenta, ellos crecieron mucho, crecieron de tal manera que ya no entraban en la Casa. Primero Carlos, que se fue para la mili, y al volver consiguió un trabajo en no se qué oficina de Madrid. De esta racha nos quedamos sólo con Laura, que un par de años después también se fue. Pero ella vestida de blanco y con un chico muy simpático, aunque a mi me daba un poco de miedo, por ese bigote tan negro.

Es extraño, pero acabo de resumir veinte años en un puñado de frases. Como si fuera la cosa más simple del mundo: los niños eran pequeños, crecieron y se fueron.

No fue tan fácil.

No estábamos preparados para vivir otra vez con nosotros mismos. Nos habíamos acostumbrado a vivir para otros, de cara a otros. Les fue muy duro recordar lo que era quererse a solas. A mí no me decían nada, pero yo lo veía, lo sentía. A veces Andrés me miraba con tristeza, como pidiéndome perdón por no saber cómo vivir. Y yo me quedaba quieta, con ese frío que me atenaza en las ocasiones más importantes. Me quedaba quieta y no decía nada, porque cualquier palabra hubiera sido imposible para Andrés. Yo hacia lo de siempre, vivir inmóvil vivir viéndoles vivir.

Dos meses después de que Laura se casase, mi Carmen empezó a tener unos dolores muy fuertes de cabeza y la Casa comenzó a llenarse con el olor agridulce de las medicinas y sus consecuencias. Todo es tan triste que hay que pensarlo rápido para sentirlo menos. Se me fue un año después. Ni siquiera al final los médico supieron qué le pasaba exactamente. Unas veces decían que era un tumor, otras que el tumor era consecuencia de otra cosa. Cada día cambiaban. Pero yo lo supe enseguida: ella creía que nadie la necesitaba ya, había criado a dos hijos sanos y felices y eso era todo su horizonte, después sólo la caída al vacío. Hacia allá se dejó ir. Dejó que la pena se hiciera con ella y le llenase la cabeza con el ruido de la soledad, por eso le dolía tanto. A todas horas escuchaba silencio donde antes había alboroto.

Las atenciones de Andrés no significaban nada para ella. Al final le trataba como a un extraño. Un extraño al que la rutina había vuelto vagamente familiar. O tal vez fuese al revés.

Lo importante es que yo, con mis casi cien años, tuve que verla morir. A ella que era como mi hija. Ella que me llevaba de aquí para allá y me movía para que no me diera el sol, que tanto me hincha y hace que me queje. Cuando se fue nos llevó con ella, se llevó toda la Casa. Pocos se dieron cuenta de esto. Andrés estaba ausente la mayor parte del tiempo. Se sentaba conmigo y se quedaba mirando al suelo, como si quisiera imitar mi forzosa quietud. Un día cuando parecía que volvíamos a la vida, se volvió loco. Cogió las pocas cosas que quedaban de los primeros años y las rompió o las lanzó contra las paredes. Tampoco esta vez pude hacer nada, ni siquiera cuando vino hacia mi y me golpeó. Mi cobardía era el reflejo de la suya. Mi miedo era como el suyo, pero yo no podía pegar patadas, ni llorar, ni gritarle que me dolía verle así. Al día siguiente vino Laura. Yo estaba en el sala y al verme debi darsecuenta de que algo hab pasado. Se arrodillo frente a mi, acariciando mi brazo y viendo los restos de lo que había pasado.

"La silla se ha roto". Como si yo no lo supiera. Me empujó suavemente hacia la ventana y se dio la vuelta. No pude verlo pero sé que estaba llorando. Ella sabía. Ella podía ver en las huellas y escuchar en las frases que no pude decir.

Por desgracia yo aún estaba allí diez años después.

La historia es tan complicada que puedo explicarla de forma simple: Carmen murió, él la odió por eso, nos odió a todos y finalmente dejo de odiar. Después también él se murió. Creo que el horror no es sólo lo desconocido, sino también aquello tan habitual que en determinado momento nos destroza por su mezquindad inesperada.

Él nos dejó a finales de junio. La segunda semana de julio el piso estaba vacío y en manos de una agencia inmobiliaria. La ultima vez que vi a Laura, al marchar de la Casa, ella miraba a su hermano con un odio que me espantó. Él hablaba por su teléfono de bolsillo con alguien. Le contaba como había logrado vender el piso y lo que haría con su parte. Fue él quien me trajo aquí.

Mientras hacíamos el viaje estuvo callado pero yo casi podía ver sus pensamientos: Un lugar adecuado. Ellos sabrán que hacer con ella. Es demasiado vieja.

Ahora nadie mira para mí, pero supongo que todo será como aquella primera vez en la tienda del senior Roberto. De momento estoy en el almacén pero pronto alguien vendrá a por mí. Arreglaran la pata que esta astillada y después me darán eso que el senior Roberto llamaba tratamiento anti-edad. Lo siguiente será la espera. Días, puede que meses hasta que alguien me mire y decida comprar una silla de mil novecientos uno, hecha en nogal esmaltado, con ligera enmendadura en la pata izquierda delantera, pequemos arañazos en los apoyabrazos -fruto inevitable del paso del tiempo-.
Una silla convencional pero muy decorativa.

Precio: trescientos veinticinco euros, susceptible de ser rebajado.

[foto]

07/08/09

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termina la hora del trabajo
en la ciudad
de besos estudiantiles
-a tanto la unidad-.

entre los dedos de mis pies
sólo hay
hierba seca y mierda
de perro.

hace calor y creo
que ya es hora
de moverme y comprar
unlibrounacanciónuncarretedediapositivas
o
unbilletedeaviónparaviajaraespaña,
algo
que vuelva a poner en circulación
sangre y piernas.

algo
que me saque de este verano
esquizofrénico.

[foto]

10.8.09

05/08/09

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frente a la belleza otra vez,
me aburro.

un río serpentea sus reflejos,
un árbol centenario arrastra todo el día
la sombra que disfrutamos el resto,
tú no estás.

y yo me aburro.

pasos que son míos -solitarios-
van a partes de una ciudad tan vivida
que no parece ya extraña,
con su carga de miradas stendhalnianas.

y yo robo palabras al vuelo,
porque me aburro.

[foto]

05/08/09

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nada que hacer en una ciudad tranquila.
hordas de turistas admiran
la serena indiferencia de las piedras,
el agua se estanca en los desagües de la calle mayor,
las esperanzas se van lejos,
lejos,
lejos de aquí.

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22/04/06 [redux]

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Medias verdades
te hicieron reír.
La mejor de mis obras creada en segundos.
Juegos de palabras decoradas
para que sepas quién soy,
quién fui,
quién quise ser.
Crisol tan confuso que, a veces,
yo no puedo saber si es biografía
o mentira lo que inventé para ti.
Por nuestro juego de sombras chinescas.

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Humo (19/03/03)

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[este relato tiene un aire juvenil porque fue escrito cuando yo tenía 22 años y retocado unos años después. mi intención es compartirlo en procesoscreativos.com y añadir en otra entrada una nueva escritura]

-¿Qué te pasa?.

Era una pregunta simple. Pero había demasiado humo en el café. Demasiada gente. Demasiadas cosas. Demasiada vida para explicarlo. Me había levantado del asiento y nadie se hab dado cuenta, salvo Mar que estaba callada, fumando en silencio, escuchando nuestras bromas, como siempre. Me estaba mirando mientras yo perdía el control del lacrimal y empezaba a llorar sin tener muy claro el por qué. Sabiendo sólo que se trataba de algo que tenía que pasar porque hace falta llorar cuando pierdes el control sobre las cosas y las personas que son importantes en tu vida.

Sus ojos estaban clavados en mis lagrimas, como si fueran servilletas que las absorbían, no para secarlas sino para hacerlas suyas, igual que hacia con nuestras historias, cuando las oía desde lejos, sonriendo, sin decir nada.

Me fui hacia el servicio, esquivando a una pareja que se besaba en la mesa del centro, y llegué hasta una puerta cerrada. Alguien se movía dentro y yo necesitaba algo que mirar para disfrazar que ya no podía ver nada con claridad. Una foto, en la pequeña esquina del diminuto café. El retrato de una mujer desnuda, con las manos sujetando los pechos, afirmando que eran suyos. La cabeza le caía hacia atrás en una posición forzada, para que sólo se viera su barbilla.

Ella estaba desnuda y quieta y yo estaba inmóvil y sin poder ver nada por la cantidad de pena que me salía de los ojos. Fingía mirar para que nadie, ni siquiera ella, supiera que estaba siendo rodeado por mis fantasmas.

Pero estaban todos ahí no faltaba ni uno. Hacía un par de meses que se me iban presentando, a veces solos, a veces en pequemos grupos, pero nunca todos juntos. Aquella noche, en el café, habían aparecido de golpe. Sin avisospero reclamando acuse de recibo emocional. Era una noche feliz, quizá por eso.

Me pasé las manos por los ojos, en un intento de fingir casualidad. Sintiendo su mirada clavada en mi nuca. Ojos que creen comprender. Deseaba que el humo me tapase entero, por completo. Quería tener que andar a gatas por el suelo, entre la bruma de nicotina, pero no era posible. No había más salida que la puerta cerrada.

Golpeé dos veces. Con fuerza. Notando lo impropio de la acción. No era yo quien se manchaba los nudillos con rabia, eran mis fantasmas que me trepaban los dedos hasta tocar madera.Volví a golpear sin convicción sabiendo que sólo estaba fingiendo impaciencia. Ya todo daba igual. La sal trazaba hilos brillantes hasta el suelo.

Y la puerta se abrió con prisa.

Me encontré frente a unos ojos ahumados que me parecían hechos de cristal. Con paso tambaleante la sombra que pude intuir me dejó paso, mirándome sin verme, balbuceando algo incomprensible.

Y llegué al inmundo baño: un espejo roto y un retrete sucio. Los azulejos estaban desconchados y el lavabo era pequeño. Mi refugio perfecto apestaba a orín.

Dejé que poco a poco se fueran liberando los fantasmas; dejé que pelearan por ver quién salía primero y noté el dolor cuando todos estuvieron a mi alrededor. Entonces empezaron a contarme sus historias, las mismas que yo ya sabía de memoria.

Abrí el grifo de agua fría y me llené las manos con ella. Haciendo un cuenco para lavarme la cara, llena de vergüenza. Todo fue silencio por unos instantes, menos de un segundo, toda una eternidad. Hasta que se abrió la puerta y me hizo la pregunta, porque era un buen amigo y tenía que hacerla.

- ¿Qué te pasa?.

Y yo miré a mi alrededor y les vi, ansiosos por poder atormentarle también a él, deseosos de saltar sobre su memoria y convertirse en sus recuerdos.

- Nada -dije-. Tranquilo, no pasa nada. Sólo es el humo.

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06/04/06 [redux]

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Rocas grises y arena
-te encontré en la marea-.
Sin colores
te encontré.
Con la marea hacia arriba -una sonrisa
y tus besos tan breves que desaparecieron-,
hacia abajo -una lágrima cayendo
entre dientes apretados de injusticia-.
En resaca me quedé
cuando entendí
cómo el final se parecía al principio.

En la marea te encontré.
Por la marea.

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06/04/06 [redux]

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Puse en huelga al funcionariado
e hice inútil
el muro / frontera de mi integridad.

Elegí jugar con cartas sin marcar
para darle
una chance a la locura.

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25/02/06 [redux]

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El tren silba cada noche
su canción de las once
y cuarenta siete minutos.
Una vez,
tres veces,
cinco veces.
La cuchilla repetida rasgando el sueño
de la ciudad de los árboles de plástico.
Una vez, tres veces,  seis veces.
En la distancia yo me muevo entre sábanas sociópatas,
bajo un nórdico de manchas prestadas.
Y el tren silba una vez cuando se aleja.
Su ruta se repite en mi insomnio
una noche, dos noches,
cada noche.

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17/02/06 [redux]

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Una noche desperté gritando sin oírme.
-Por horas- la caja resonaba a 120
-por minuto-.
Miedo asfixiante,
como el agua caliente de los jacuzzi californianos,
a salir así del teatro
sin despedirme como era necesario.
Luces azules y rojas envuelven mi edificio
y veo el techo
pasar rápido ante unos ojos de pez en escaparate,
y la cara de preocupación o incomprensión
de quien vigila
-desconfianza
de extranjero a extranjero-.
Después,
el frío terrible y absoluto,
la sensación de ya no estar
-no estar ya ahí-
y mi voz sangrando de labios ajenos.
El pánico a marcharme sin decir adiós,
rompiendo la pretendida promesa del “Confia...
en el aire.
Desde entonces,
ni un remordimiento de más
ni una ausencia de hedonismo caprichoso.
Desde entonces,
una nota,
-como excusa o salvavidas-
viaja conmigo, en mi agenda:
Y si algo me pasara,
decidle a mi familia...


[foto]

8.8.09

17/02/06 [redux]

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En la ventana, lluvia templada
galopa y se aleja
de mi sueño de mentira,
de mis excusas de plástico naranja
en la orejas,
de las miradas perdidas,
colgadas en las cinco esquinas
de mi cuarto.

Lluvia trota sobre cristales
helados por el desierto
y recuerdo el sonido del mar imaginado,
que suena a sueño amigo,
que lleva al momento que fue
un solo respirar tu boca
en la montaña, frente al mar
-El Mar junto a una playa
que a veces olvido-.

En otro tiempo.

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