2.12.10

Expats II


[viene de Expats I]


- But we don’t have that kind of water!
Y todos nos empezamos a reír porque es, sin duda, uno de los mejores chistes de la noche.
La responsable de nuestra risa es Caroline, compañera de clase de Chris que puede contar las mejores anécdotas sobre arquetipos de la Norteamérica profunda, posiblemente gracias a su marcado acento francés. Según lo que ha ido contando, lleva unos tres años en el país, haciendo lo mismo que yo, y se mueve por el sistema social de Estados Unidos como un pez en el agua, tanto que hasta su lenguaje corporal me parece una mezcla de idiomas, pero quizá eso sea obra del Montepulciano rosso con el que estamos cenando.
Nuestros otros dos acompañantes son Stephen, pareja de Caroline, y Kata, una documentalista alemana que nos recibe en el restaurante a golpe de flash porque “las primeras impresiones son las que cuentan y se olvidan con demasiada rapidez”. Al margen de la sorpresa inicial ante la abundancia de fotos -una de Chris, que posó sin el menor asombro, una mía, y una de los dos-, la chica lleva una especie de auricular bluetooth, como los que se usan para hablar por teléfono, pero que, además del aparato convencional, lleva un cilindro blanco marcado con las letras Looxcie en negro, que al principio me parece una extraña linterna pero que luego, para mi horror, identifico como algún tipo de cámara de vídeo. Lo primero que Chris me explica al sentarnos es que Kata está metida de lleno en nuevo proyecto que intenta reflejar momentos al azar de su vida de expat, como emigrante en Estados Unidos. Mediante un software instalado en la cámara, ésta se activa a intervalos de tiempo aleatorio que varía entre los seis minutos y las seis horas, enviando las imágenes captadas a un servicio de almacenamiento online del que luego Kata extrae los contenidos de su próximo documental. Lo más gracioso es que se refiere a su cámara como “Enenai”, algo que al principio me confunde aún más porque pienso en alguna remota ayudante de filmación, hasta que Chris me explica que así se refiere a las siglas de su “Non-Neutral Eye”. Kata lleva cuatro meses grabando lo que le rodea y aún le quedan dos más para terminar su trabajo. 
Cuando escucho su historia le digo que me parece fascinante. Después le pregunto por las implicaciones para la privacidad de otras personas. Ella se limita a sonreír ante mi primer comentario pero se lanza a una explicación de cómo es necesario, para sí misma, terminar con esa noción del individuo aislado y ser más consciente de la interconexión de todo lo que nos rodea. “Privacy is bullshit nowadays”, dice mientras hunde un generoso trozo de pan blanco en un platillo con aceite y vinagre balsámico.
A pesar del buen rollo colectivo, tardo una media hora en olvidar la cámara, relajarme por completo y dejarme llevar por la conversación. Supongo que el entorno familiar me ayuda, porque cenando en esta trattoria cerca de las playas, nadie podría suponer que no estamos en una villa pesquera mediterránea: los camareros son italianos, la carta es bilingüe y la decoración recuerda, para bien y para mal, a la que podríamos encontrar en cualquier casa de comidas de Napoles. Esto no es una réplica o, si lo es, alguien se lo tomó muy en serio. Nada de esa estupidez de manteles a cuadros rojos y blancos que parece ser la idea norteamericana de un restaurante italiano. Y nada de pizzas para llevar como primera opción del menú; en esta casa se come Gnocchi con sugo alla matriciana, Rigatoni Arrabiata, Filetti di spigola, y otros platos que requieren más trabajo del que suelen estar acostumbrados en la mayoría de locales de por aquí. 
El vino corre con total libertad de las botellas, que ya son dos, a las copas, que no se mantienen vacías demasiado tiempo. Sólo Chris y Stephen se continúan bebiendo su primer servicio, por aquello de coger el coche, supongo. Caroline está en pleno maratón de anécdotas mientras Kata termina su plato de pescado y sonríe ausente, al margen de todas las miradas, con el Enenai colgando en un ángulo extraño y la cámara reflex en el medio de la mesa, aparentemente olvidada entre botellas. 
Hablamos principalmente en inglés matizado por escarceos romances puntuales con los que se marca, supongo, que quizá la anglosajona sea hoy lingua franca, pero que cada persona siente las cosas en el idioma con el que creció. Christina parece hablar español y francés sin problema, de modo que participa en todos los apartes con soltura, mientras que Stephen sonríe mansamente ante cada irrupción de palabras extranjeras.
La última historia de Caro llega a su inevitable final acompañada de nuestras risas y creo ver algo extraño en la sonrisa de Kata, que desaparece en tras el muro levantado por copa de vino que la documentalista bebe con calma. Christine toma el relevo y empieza a contar su experiencia inversa visitando Francia en el instituto y viviendo con estudiantes  europeos en Ciudad de México durante el penúltimo año de carrera. La historia es una nueva versión del cultural shock de siempre, adornada con una selección de anécdotas que merecería la pena escuchar con atención de no ser por la extraña mirada de Stephen a la botella vacía que Kate levanta mientras hace un gesto al camarero. La botella refleja el LED rojo encendido que indica la segunda puesta en marcha de la cámara y yo vuelvo a no saber exactamente que pensar sobre esta “vida en directo”.
El camarero se acerca con una nueva botella y Caro aplaude con las mejillas encendidas. Al ritmo al que vamos, terminaremos con más de una botella de Montepulciano por cabeza. Mañana es un día tranquilo, así que levanto mi copa a modo de brindis y me esfuerzo en no analizar demasiado por qué bebo hoy, entre extraños, más tinto que con mis amigos, cuando me despidieron en España. Las últimas gotas de vino resbalan del vidrio a mi lengua llevándose cualquier preocupación más allá del ahora, y me alegro de no tener ninguna responsabilidad automovilística.
Escasos minutos después ya estamos compartiendo experiencias terribles que tienen como protagonistas a nuestras ex-parejas, y otras historias para no dormir mal acompañado. Christina habla con soltura sobre un chico de Baja California con el que estuvo saliendo durante un par de años, hasta que él decidió marcharse a Cancún para trabajar como tasador de obras de arte a sueldo de una empresa holandesa. La sorpresa, según Chris, no fue sólo que sacrificara su relación y se vendiera a una casa cuyos negocios con arte indígena le había granjeado una consolidada dudosa reputación, sino que la amante del tipejo en cuestión se pusiese en contacto con ella para solidarizarse, porque ahora las dos le habían perdido. Un brindis contra la integridad del género masculino en su totalidad, suscrito fervorosamente por los dos varones presentes, es el encargado de dejar medio vacía la nueva botella con la que Kata está alcanzando un curioso nivel de familiaridad.
La alemana está claramente en el lado sombrío de una incipiente borrachera y su sonrisa constante tiene una falta de firmeza que se asemeja al desprecio cuando brinda dos veces, porque, le explica a Chris, “One should never forget such an important lesson”. Y ajusta el Enenai, mirando directamente a Caro y Stephen.
Todos nos quedamos en silencio durante un par de segundos más de los prudentes para evitar una situación incómoda, así que cojo la reflex abandonada entre las botellas y apunto a Kata sin tener demasiado claro la reacción que esto despertará. El ajuste automático del zoom es tan rápido que casi me sorprendo cuando se dispara el flash y una imagen fantasmagórica aparece en la pantalla. Ella se limita a estirar la mano, recoger su cámara, mirar la imagen y negar con la cabeza. Levanta el flash apuntando hacia el techo, dirige el objetivo a Chris, que sonríe encantada, y dispara dos fotografías consecutivas.
Cuando salimos del restaurante, con el sabor del mascarpone, el cacao y el café aún presentes a pesar del grappa, Santa Monica nos recibe con un viento cálido y pesado, que hace pensar en camas hechas de arena. La despedida es breve y salimos disparados en tres direcciones diferentes: Chris y yo al aparcamiento, Caro y Stephen al iluminado paseo,  y Kata hacia el interior de la ciudad, despidiéndose entre las sombras de una estrecha aceca con su cabeza convertida en un apenas visible punto rojo que, en esta feliz noche de expats, quizá sólo brille para mí.

9.11.10

Expats I

 
- ¿Tiene ya su carta de la social security
Me pregunta la mujer de las gafas verdes y el acento casi, pero no del todo mexicano, apenas entro en la oficina. Y le enseño un rectángulo de cartulina barata que me acredita como algo legal en este país. Sin darle más importancia ni perder la amabilidad, se agacha y saca una carpeta marrón del mostrador con un buen montón de papeles.
- Firme donde está marcado.
Y yo comienzo a buscar flechas amarillas de plástico que me indican dónde debo estampar mi nombre, mis iniciales, un vale por el total de mi alma o lo que sea que me pidan en este sobre-preciado rincón del mundo en el que quiero enterrarme por unos años. Wellcome to the US of A, me digo con sarcasmo. Ni leo los títulos de lo que firmo después de los cuatro primeros pliegos. Total, qué más da. Sólo es una formalidad, sólo algo que todo el mundo debe hacer para estar aquí, igual que lo de las huellas y el escaner de retina en el aeropuerto. O lo haces o no pasas.
Los últimos folios vienen dentro de una carpeta más delgada que dice algo de un Kaiser. Parece que son mi contrato con la aseguradora médica de la universidad, o algo así. Tengo que elegir si quiero tener un médico o médico con otros lujos, como dentista. En ese caso deberé pagar un poco extra. Sancho, Sancho. Desde luego. Cosas veredes. Devuelvo el bolígrafo con una sonrisa y me encuentro con un muro de dientes que parecen ser un quíntuple reflejo de mi mueca, causado, sin duda, por el conocimiento anteriormente explicado de que soy español, como su abuelo. Me da un papel sellado con un teléfono escrito en un postit y me despide diciendo que llame si tengo algún problema con la acreditación, pero que todo debería estar correcto. 
- Take care!
Y vuelve la mirada al ordenador, mientras sus dedos crepitan sobre el teclado y yo abro la puerta al calor de esta ciudad. Nada más salir del edificio echo mano al extraño teléfono que desde hace una semana es mi móvil y marco uno de los pocos números que tengo en mi agenda.
- Everything went well, Chris, thanks for the help.
Y Christina, mi enlace en esta universidad y compañera de departamento, me pregunta por mis inexistentes planes para esta tranquila y calurosa tarde de agosto. Un par de minutos después ya sé que estoy invitado a conocer a un par de amigos suyos que se juntan cada semana para cenar en alguna parte de la ciudad. Hoy toca un restaurante italiano cerca del mar, así que podré ver el océano, cenar en compañía y evitar la depresiva espartaneidad de mi piso bicameral.
Cuando decidí marcharme de España no esperaba que la gente fuera tan cariñosa y cercana por aquí. No esperaba las visitas de las vecinas ni los consejos de los consejeros de la universidad. Tampoco esperaba que nadie trabajara como voluntaria ayudando a los recién llegados a aclimatarse, haciendo de “hermana mayor” como he oído decir por ahí para tener contentos a los cerebros fugados de naciones menos desarrolladas en esto de pagarle a la gente porque estudie y den algunas clases. No está nada mal, de cualquier forma, que te mimen un poco y que te presenten a gente y te den una vuelta por esta insidiosa ciudad de bello cartón-piedra.
Dame tranquilidad, le pido a mi dios interior. Tranquilidad para no encontrarme otra vez con quien siempre desprecié ser y fui. Tranquilidad para poder disfrutar sin pensar las cosas cuatro veces más de la cuenta. Tranquilidad. Es lo único que pido.
Miro el reloj y me doy cuenta de que queda sólo una hora y media para que Christina me recoja en la entrada del campus para irnos. Mierda. Aprieto el paso para llegar a casa y darme una ducha rápida, que este día ha sido demasiado largo. Mientras llego hasta mi piso pienso en las cosas que he hecho desde que me bajé del avión hace menos de medio mes: comenzando por empezar a pensar en hacerme a la idea del acento de estas tierras, tan diferente del que estudiamos en la universidad, hasta pasar por todos los trámites burocráticos y reuniones académicas necesarias para acreditarme como becado doctoral del departamento de estudios culturales y presentarme a quienes serán mis compañeros y compañeras de doctorado, y mis profesores y profesoras. Gracias a Chris comprendí que los últimos serán quienes me esclavicen con buenas palabras para que haga parte de su trabajo, pero eso no es demasiado malo. Prefiero recibir un palo en forma de trabajo extra de vez en cuando, siempre que sepa que lo más normal es recibir una zanahoria. 
Elijo mi ropa recordando que aquí la gente tampoco se viste tan elegante como en casa y me meto bajo el agua ignorando el hecho de no haber comprado nada para higienizar este plato de ducha que tiene pinta de haber lavado cuerpos sudorosos desde que Irak era Vietnam. Hago gárgaras y me seco con cuidado sobre una toalla doblada en el suelo. Me han dicho que hay un Ikea por aquí cerca y debería visitarlo pronto, para comprar algunas cosas y hacer más mío este sitio. Paso del baño al dormitorio mientras me pongo los vaqueros y me abrocho la camisa en el salón cocina. Miro mi imagen en el espejo que devuelve, siempre, una versión sepia de mí mismo, y salgo a la calle con noventa y cuatro dólares en la cartera y ganas de pasarlo bien.
Chris me recoge en una pequeña furgoneta Volkswagen color naranja que parece haber ido hasta Europa y dado la vuelta, todo ello un par de veces antes de terminar regresado a estas tierras, aunque supongo que pega con su conductora. Christina parece sacada de una canción de The Mammas and the Papas, aunque no es rubia como las chicas que uno imagina cuando ignora que una gran parte de quien vive aquí tiene apellidos como el de mi conductora: Guerrero. Lleva sandalias de cuero pero conduce con los pies descalzos, el pelo recogido en una coleta y una especie de blusa o camiseta con botones de color crema que parece haber salido de un catálogo de 1974. Vintage supongo. Por lo que sé, trabaja como asistente de un profesor en el departamento de estudios culturales, trabajando sobre las representaciones de Aztlan en los cuadros pintados por artistas chicanos entre los setenta y los ochenta. La primera vez que hablé con ella, se pasó una hora enseñándome ejemplos en su portátil. Y yo pasé de no saber nada sobre el tema de los primeros pobladores a estar muy confundido sobre la cuestión de “la raza”. 
En unos pocos minutos estamos en una autopista que anuncia, o se llama, no sé, Harbor. Abro la ventanilla y dejo que la música se escape de la furgoneta y que el aire contaminado entre dentro, refrescándonos más que la ficción de aire acondicionado que esta antigüedad -quizá sea como la camisa- nos escupe a la cara. Circulamos a 75millas por horas, adelantando por izquierda y derecha los coches más lentos que se ponen en nuestro camino, navegando los cuatro carriles de esta monstruosidad de cemento que nos lleva, por fin, a un parking de tierra frente a un parque de palmeras. Entonces nos paramos y Chris se pone sus Rayban sobre la cabeza.
- Santa Monica.
Grita, una vez que pisamos el suelo, abriendo los brazos para abarcar la ciudad que se extiende ante nosotros jugosa y parpadeante en su vestido de mar, norias y neón. 
Y yo sonrío mientras sigo su mirada con naturalidad. Como si no fuera la primera vez que hago esto. Allá vamos.

2.11.10

camas -de Lugares y pasos-

3651264727_93d0fd57fa.jpg
Cierro ojos en habitación de paredes blancas y recuerdo
Que
Mis camas se solapan con perversa
Sencillez
Y la pared está siempre esperando
Agazapada
Emboscada en la simplicidad contundente del golpe que me devuelve a la almohada
Cuando creo que es
Heidelberg o Utrecht en vez
De Oviedo o Stuttgart o quizá,
Cada vez menos,
Claremont.
Me pierdo con dis/gusto malsano en recordar las arañas
En la boca, los gusanos en la alfombra, el frio
Helado en los escalones, la soledad y los cuervos.
Las miserias anejas a cada cama, las dolorosas
Sonrisas arrancadas en cada amanecer equivocado.

[foto]

18.9.10

de cartón-perla

muneca-bailarina-perfeccionada.png

hay juegos inconscientes que destrozan razones
y las buenas voluntades no excusan
mimos de muñeca cartón-perla que merece
cortes
en vez de polvos
de atrezzo o canción adolescente.
tantas excepciones crean inútiles
reglas...
que alguien cumple,
hastiado,
segundo a segundo.

25.6.10

Terrores cotidianos

4717761_cb4c11008f.jpg

Berto intenta ligar con Helen; de manera sutil, pero todos lo sabemos. Le gustan las inglesas. Es un hecho. Desde que pasó sesenta días en un campamento de verano en Manchester, a los 17, supuestamente para aprender inglés -aunque sólo aprendió, según él mismo cuenta, “a liar porros y a desabrochar sujetadores con una mano”-. Quiere caerle bien a Helen, por eso le pregunta “¿Y tú, Helen?, ¿No le tienes miedo a nada?”. Y Helen, con su acento de corresponsal que lleva demasiados años en el extranjero, responde “Miedo de verdad no tengo, pero sí pequeños miedos. Cosas de cada día que me hacen tener supersticiones. ¿Se dice así?”. Y Berto sonríe cálido y asiente enfáticamente, mientras da otro sorbo casual a la cerveza. Y a todos nos da un poco de pena porque es evidente que Helen no está interesada en nuestro amigo, y es terrible cuando quieres ligar con alguien y ese alguien no está interesado. Pero igual, él sigue respirando cada sílaba que ella pronuncia con acento y sin esfuerzo.

“Los espejos” dice ella después de un breve instante. “Los espejos me ponen nerviosa porque siempre creo que alguien va a aparecer en ellos cuando yo no miro. Y que lo voy a ver cuando levanto la cabeza del agua y, de repente, ahí está esa persona que yo no he visto. Y que no tiene que ser un peligro, pero igual. Yo no lo he visto y está ahí, detrás de mí. Y yo con los ojos llenos de agua de lavar la cara no sé si lo veo bien o si es sólo una sombra. Y entonces me doy la vuelta rápido y quito el agua de los ojos con la mano derecha y con la izquierda me pongo como para pegarle a alguien y entonces veo el baño entero sin problemas. Y no hay nadie allí. Pero si hay alguien es como para dar un grito muy alto, ¿no?”.

Y todos nos quedamos callados porque no esperábamos una respuesta tan honesta a la pregunta. Sabemos que Berto estaba haciendo una pregunta retórica, porque Helen nos acababa de contar lo de la comida en los chiringuitos que tanto le gustan.

Berto no parece estar tan sorprendido como el resto, creo, porque le sigue el juego. “Para mí es el coche y la ventanilla abierta cuando voy por la autopista. Vas a ciento treinta kilómetros por hora con la ventanilla bajada porque hace calor, pero no tanto calor como para poner el aire acondicionado, que luego te deja todo el cuerpo helado, sólo un poco de calor, ¿hmm?”. Y hace un ruido interrogativo que Helen entiende como una pregunta, otra vez, y asiente con fuerza. Ante lo cual Berto sonríe y continúa. “Y llevas así un buen rato, así que ni te paras a pensar que llevas la ventanilla abierta. Además, el aire te mueve el pelo y te recuerda a cuando eras niño y sacabas la cabeza por la ventanilla y tus padres te reñían porque eso no se hace, pero daba igual porque tu pelo volaba y el aire te daba en la cara y cerrabas los ojos y eso era mejor que sacar la mano por la ventanilla y jugar a hacer formas con el viento”.

“Yo también hice formas con el viento”, dice Helen, tan entusiasmada por la casualidad cósmica que todos nos miramos de reojo preguntándonos si no estaremos realmente ante la versión anglosajona de un descosido.

“Eso es” sigue Berto, inundando la sala con feromonas. “Así que sigues conduciendo, quizá cantando una canción que suena en la radio que, no es que te guste mucho, pero como estás tan bien y hace calor y todo, pues la cantas. Y, de repente, no sabes de dónde viene pero un mosquito, o una polilla enorme, o una abeja, o algo así se estrella contra el cristal delantero del coche con un sonoro ¡stap!. Y puedes ver una mancha marrón, y amarilla, y hasta un poco roja porque el bicho cabrón que se ha estampado contra tu parabrisas era como el elefante de los insectos voladores y tenía hasta sangre. Y tú te quedas helado con el corazón latiendo fuerte, y te paras a pensar ¿qué habría pasado si ese bicho hubiera entrado por la ventana y me hubiera dado en la cara?” y Berto se queda callado y nos mira, casi uno a uno, para terminar plantando su mirada en Helen, que parece congelada en el sitio, con la boca abierta y los dientes brillando por un segundo, antes de que ella apriete los labios en una mueca que acompaña de una sacudida de cabeza que es un poco cómica. Movimiento que Berto parece entender como señal de salida para continuar con su historia. “Pues si uno de esos bichos te diera en la cara, aunque sólo fuera en la mejilla, porque entrara en tu coche por un efecto aerodinámico extraño, estás muerto”. Pausa. Otra vez mirada grupal. “Siempre se me ponen los pelos de punta al pensar que si algo así, algo tan sencillo, algo tan de siempre como un bicho que entra por una ventana... si eso pasara, yo, estoy seguro de que, yo, soltaría el volante o daría un giro de golpe y, en cualquier caso, seguro, perdería el control del coche. Seguro. Y acabaría en la cuneta. Por un bicho. Muerto”. Y se queda callado, mirando a su botella, mientras Laura suspira algo que es casi un silbido y Berto vuelva a la carga. “Por eso siempre intento dejar mi ventana subida cuando voy por la autopista, y abro la del copiloto cuando tengo calor. Y, si me olvido, que me pasa a veces, entonces me merezco el escalofrío que me obliga a agarrar el volante con más fuerza y bajar un poco el volumen de la radio. Tanto miedo, sí, auténtico mi-e-do me da pensar en eso mientras conduzco”. No me puedo creer que haya pronunciado la palabra miedo como si fueran tres diferentes. Pero supongo que funciona, porque toda la mesa le mira asintiendo levemente. Pensando que, de verdad, el tema es para dar un poco de mal rollo. Eso seguro.

“Yo sé que no se puede pensar en esas cosas” dice Migue desde su desconcertante café con leche “pero a mí me pasa algo igual de irracional con el pescado y las espinas”. “Yo no creo que lo mío pueda llamarse irracional, Miguel”. Dice Berto apuntando con la boca de su botella vacía. “Ni por un segundo creas que estás a salvo de esas cosas, compañero”. Y Migue concede con la mirada y levanta las manos con las palmas hacia el techo, un poco sólo, para decir que sí, que vale, que por supuesto.

“De acuerdo, quizá no sea irracional, pero, puedo decir que a mí me pasa algo parecido, un terror similar que me…”. “Yo no dije que lo mío fuera un terror, entiéndeme”. Dice Berto mirando a la mesa y hablando para Helen, entendemos todos. Incluido Migue que pasa de él y sigue hablando. “Que me hace revisar cualquier pescado que esté en mi plato y tenga un tamaño mayor al de un dedo meñique”. Y levanta el dedo meñique para demostrarlo, algo que le hace parecer un poco más ridículo de lo necesario.

Pobre Migue. Además, hoy, que Berto quiere dejarle en ridículo porque es su única competencia en la lucha testosterónica. Lucha que Migue parece ignorar porque sigue haciendo cosas como pedir un café con leche cuando los demás pedimos cañas y vinos.

“Así que tengo que desmenuzar el pescado para buscar las insidiosas espinas, si estoy en mi casa, o cortar el pescado en trozos tan pequeños que me permitan, inmediatamente, encontrar las posibles espinas y sacarlas con disimulo al plato. Porque si no, si no hago eso y estoy más de un ciento por ciento seguro de que no me espera ninguna espina entre el pescado, tengo siempre la impresión de que voy a dar un bocado y a clavarme un centímetro de estructura ósea de pez en las encías. Y, mi mayor miedo es…”. “No tengo muy claro que una espina sea un hueso, Miguel, creo que es más como un cartílago endurecido que…”. “Coño, Berto”, me oigo decir, interrumpiendo a Berto, que acaba de interrumpir a Migue. “Sólo digo que no es un hueso, Marga, no hace falta ponerse así”. Y da un soplido, medio bufido, que me pone de mal humor. “¿Y qué pasa con tu pescado, Miguel?”, pregunta Helen, interesadísima en el tema, parece ser. “Pues que siempre tengo miedo de que, si no reviso mi trozo de pescado con toda mi atención, voy a terminar con una enorme espina clavada entre dos dientes, en la encía. Y me imagino la espina clavada hasta el fondo, perforando hasta casi la raíz de mi diente, hincándose en un nervio y causándome un dolor terrible, que llega acompañado de un río de sangre y del consiguiente espectáculo que me obligará a dejar el restaurante o el salón de mis amigos o el lugar en que esté, de manera aparatosa. La imagen de la espina clavada entre dos dientes, eso es lo que me horroriza”. Y todos nos quedamos callados, viendo como Migue revuelve su café con la cucharilla, negando despacio con la cabeza y sonriendo un poco, como de medio lado. Y ni Berto tiene nada más que decir.

Pero Laura sí. Laura empieza a contarnos algo incluso mientras toma un sorbo de su clara. Con las manos, como siempre. Dibuja algo que parece un círculo sobre la mesa, y nos deja confusos hasta que dice “El retrete. Para mí es el retrete”. Y nos mira y asiente como si tuviéramos que saber de qué nos está hablando. “Antes de sentarme en cualquier retrete, incluso el de mi propia casa, tengo que levantar las dos tapas y mirar lo que hay debajo. Y mirar un poco alrededor de la taza, también, para ver qué si hay algún tipo de araña o algo así trepando”. “¿Una araña?”. Helen, horrorizada. “Sí. Una araña que esté agazapada, tejiendo su tela o lo que sea. O que haya salido de un desagüe y haya llegado hasta el retrete por casualidad. Y que esté allí, parada y, de repente, yo llego, y me bajo los pantalones y me siento. Y ella se asusta y empieza a trepar por mi cuerpo. Y yo no me doy cuenta hasta que la veo aparecer en mi camiseta o, peor, la noto trepar por la parte baja de mis muslos y…”. Deja de hablar y se pasa una mano por el brazo izquierdo.

“Ese es un terror para recordar”. Dice Berto removiéndose en la silla.

Miguel levanta la mano cuando una camarera pasa frente a él y pide una caña de cerveza tostada. Bien por él. Helen pide otra caña y Berto “otra birra, sin vaso”. Y yo apuro de un trago lo que me queda de mi caña y pido otra. Qué más da si van ya tres, si hoy es miércoles, y eso es ya casi viernes. Mientras llegan las cervezas hablamos sobre la nueva historia de una periodista que está en boca de todos por ser la novia de una de las grandes figuras públicas del país.

“¿Y tú, Marga?”. Oigo decir a Helen por sorpresa. “¿No le tienes miedo a nada?”. Y noto que todos me miran. Y casi se me atraganta la caña. “Pues no sé, creo que no. Nada así como lo vuestro. Creo que soy más de no pensar en esas cosas. Supongo”. “Pero algo tiene que haber que te ponga un poco nerviosa, ¿no?”. Sigue Migue. Puñetero. No se puede confiar en nadie. “No sé. No tengo muchas cosas así, creo”. “Vamos, algo habrá” dice Laura sonriendo. “Algo que te ponga nerviosa si lo piensas” dice Helen, “Algo que, cuando lo estás haciendo, no puedes evitar pensar que quizá algo pueda terminar muy mal, como lo de mi pescado”, dice Migue. Y todos me miran. Y doy un último sorbo a mi caña.

“No sé”. Digo mirando el círculo mojado de mi copa. Pero sí lo sé, ahora me doy cuenta de que también tengo un miedo como el de ellos. “Quizá cuando estoy por primera vez con un chico al que no conozco demasiado y estamos en su casa, o en la mía, da igual. Y él me ata a la cama. Y me tapa los ojos con un pañuelo. Y pone algo de música un poco alta en la cadena. Y yo estoy allí, a su merced. Pues, entonces, siempre pienso que a lo mejor ese tipo en realidad es un…”. Y entonces veo que todos me están mirando sonreír con caras que van desde la total sorpresa divertida a la total sorpresa incrédula. Y Migue, mi Migue del alma, me mira como si no me mirara. Moviendo su cerveza tostada como si fuera un café con leche. Como si no le hubiera dolido escuchar lo que acabo de decir.

Entonces, comprendo.

[foto]

15.2.10

D tarde

entering.jpg

"I'm just kind of worried that my head's gonna explode"
David Foster Wallace, entrevista con David Lipsky para Rolling Stones.

La sombra de mi pie desaparece sólo cuando la piso. Eso quiere decir algo. Algo que sirve sólo para llegar a alguna otra cosa que luego hace inútil lo anterior. Mi pie desapareciendo su sombra es la escalera del filósofo que, al final, no necesita ninguna escalera. Pero yo necesito mis pies para llegar a algún sitio. Mis pies, reconocidos como míos, confirman que yo estoy.

Hace calor, pero no tanto como para que sea molesto. Sólo calor de verano apenas extinto. Los árboles crecen a ambos lados de la calle, altos y llenos de hojas más o menos verdes que se dejan columpiar sin miedo. También dan algo de sombra, y parchean la acera de sucios claro-oscuros. Al menos así su exuberante existencia vegetal tiene algo de sentido en medio de este desierto.

Zigzagueo unos cientos de metros, como si pudiera hacer otra cosa para recorrer las calles perfectamente alineadas de esta ciudad de mentira. Camino como si este pueblo californiano fuera Dublín o Praga o algún otro lugar cargad de tinta, y yo el aburrido personaje de un libro cuyo final quizá no tenga sentido. Ni siquiera tengo la esperanza de tener la más mínima posibilidad de tener esa esperanza naïf por la que todo el mundo parece confiar en las bondades del futuro. En la existencia de un futuro que les está asegurado porque se lo merecen. Como si esto tuviera algo que ver con lo que uno merece.
Me mando callar y dejo que el reconquistado silencio se llene; esta vez desde fuera.

Hay pájaros insultándose mordazmente en el cielo, y se oye el murmullo lejano de gente joven que grita en las piscinas y canchas de béisbol. Las aceras están mal pavimentadas y las raíces de los árboles elevan ondas de cemento agrietado que hacen imposible un paseo sin preocupaciones. Debería haber sacado a los perros de casa. Estaría bien caminar con ellos. Trotar como ellos. Tenerlos como excusa para estar en la calle.

Todas las casas tienen jardines delanteros con varios metros de hierba verde. Algunos tienen clavadas pequeñas banderas que piden el regreso de las tropas en el extranjero o que muestran su entusiasmo por la misión que allí están perpetrando. Tras los cristales se adivinan vidas plenas, felices e hipócritas.
Giro hacia el sur y el sol ya no me da en los ojos -el sol me ha cegado una calle de cada dos-, y sólo tengo que levantar la mano derecha y usarla de visera cuando quiero ver algo en la acera de enfrente.

El diner está casi vacío y me siento en la barra, cerca de la imagen de Marilyn que asoma en el cristal de la peluquería de al lado. Sobre un taburete coronado en cuero rojo de mentira que hace juego con los pequeños manteles y los bancos de las 9 mesas desocupadas. Bajo un estante suspendido en el que se amontonan 71 botellas y 23 latas de antiguos refrescos que quizá en su día se alzaron en cierto orden pensando en su posible valor como colección, pero que ahora no son más que una trinchera para la mirada y un escondite de polvo.

El camarero apunta mi pedido con un bolígrafo barato cuyo tapón está mordisqueado, y pierdo inmediatamente el apetito, pero no me quiero marchar. No se está mal aquí y tienen un espejo justo en frente de mi asiento. Me quedo atrapado por los dos ojos que me miran desde ese otro lado. Dos ojos locos clavados en dos ojos aún más tristes.

Sonrío y miro hacia el camarero que viene con mi comida.

En el espejo aún estoy sonriendo cuando me doy cuenta de que acabo de dar un bocado al sandwich que me acaba de traer el camarero del bolígrafo barato con la punta seguramente mordida en múltiples ratos de incontenible aburrimiento. ¿Qué más cosas hará cuando está solo en la cocina, cuando no hay nadie para mirar?

Cojo una servilleta y me limpio la boca sin pensar en que estoy pensando que me limpio la boca.

Cuando me doy cuenta de ello me siento dolorosamente orgulloso de mí mismo. Dejar de pensar -y, sobre todo, dejar de pensar en dejar de pensar- es un reto. Un obstáculo. Un temor continuo. Otros se sienten así cuando hacen un buen tiempo en la pista de atletismo, cuando se despiertan junto a una bella mujer, cuando hacen algo bien en su trabajo.

Doblo la servilleta por la mitad y marco las dobleces con la uña. Voy a hacer la mejor grulla de origami de La Historia. La mejor. La más resistente del mundo. Cada paso tiene la duración de una eternidad y lo llevo a cabo con profana religiosidad. Los movimientos se repiten una y otra vez hasta que casi está terminada la primera parte. La más importante. Mi té helado está caliente y hay un charco en su base que está formando un pequeño serpenteo de agua hacia el borde izquierdo de la barra. Se mueve lentamente pero veo cómo lo hace.

El sonido de la campanilla me avisa de que alguien acaba de entrar y veo, en el espejo, las caras de dos chicas jóvenes que irrumpen riéndose. Con brillos de sol en la piel y cosas así. Pechos generosos bajo sucintas camisetas. Camisetas que reniegan de su función principal y van más allá, trascienden su destino original de cubrir y sirven para descubrir, para mostrar lo que se debe mirar. Indican el doble negativo de aquello a lo que no-no debes prestar atención. Una lleva unas zapatillas deportivas de color amarillo. Pero un amarillo sucio en algunas partes, como si se le hubiera caído encima un poco de salsa de tomate y lo hubiera tratado de limpiar con agua y luego no le hubiera importado más y lo hubiera dejado así y hubiera salido a la calle a dar una vuelta con una amiga a la que no tiene suficientemente en cuenta como para ponerse unas deportivas que no estén sucias. Pero es así. Tiene una mancha en la playera derecha, apenas unos centímetros en el empeine. A medio centímetro de la goma inferior. Imposible de no ver.

La chica que acompaña a la de la mancha en la deportiva me lanza una mirada nerviosa y una sonrisa. Luego, la otra también me mira y se sonroja un poco. Y levanta la mano izquierda para saludarme, aunque no la he visto en mi vida. Pero, como siempre, aunque quizá nunca la haya visto, en realidad es posible que sí la haya mirado sin darme cuenta.

Me giro demasiado rápido y dejo sobre el mostrador un billete de diez. Y camino despacio hasta la puerta, sonriendo a las chicas que me siguen mirando desde su banco de color rojo brillante. En la mesa del medio, junto a la ventana. Donde el sol ha estado iluminando el aluminio que rodea cada superficie, calentando los asientos. Ellas están en la mitad del diner y yo estoy saliendo por la puerta, casi en la calle cuando oigo que una se empieza a reír. Y cierro la puerta del todo. Y camino hacia la calle más grande que cruza este pueblo, con pasos rápidos, llenos de vergüenza por haberme marchado así, sin terminar mi bebida y dejando la bandeja de patatas que me hubiera gustado comer.

A lo lejos veo gente caminando, una pareja de chicas juega al ajedrez en una mesa de ladrillo esmaltado, en un pequeño parque junto a la calle. Hay una estatua de piedra blanca en el medio del parque. Una familia con padre y madre y niños y niñas que están jugando en un parque. Autoreferencialidad a nivel del suelo. Cuántas familias tradicionales como la de la estatua se habrán sentado junto al monumento erigido en su honor cotidiano. ¿Qué fue primero en este parque, estatua o familias?

Sigo caminando y paso junto a más gente que me mira y hace como que no me mira. Como que me conocen aunque nunca nos hayan presentado. No todos, pero sólo algunos. Muchas, en verdad. Y yo les sonrío porque no quiero volver a hacer lo del diner y ser un maleducado y que todo el mundo me vea. No todo el mundo, pero unos cuantos de sus habitantes. Así que inclino la cabeza un par de veces y sigo hacia el Starbucks, que es donde está la mayor parte de la gente.

Hay una terraza con sombrillas verdes y grandes letras de color blanco. Y logos en el mismo color sobre un omnipresente fondo verde oscuro. Y bajo las sombrillas hay parejas y tríos y cuartetos de gente que sonríe y bebe sus cafés helados y me mira, en ocasiones, mientras paso a su lado y entro en el establecimiento que esconde su supuesta magia franquiciada tras puertas transparentes que aprisionan ecos de impersonal música reagge ante la que debo abandonar toda esperanza.

El ruido es ensordecedor cuando cambia de ritmo y se vuelve un susurro en el que oigo mi nombre y veo cejas que se levantan en mi dirección. Me quedo mirando la lista de cafés y decido que no quiero nada de aquí. Que no me gusta nada de lo que ofrecen aquí. Pero recuerdo también las patatas que se quedaron en la bandeja y deseo con toda la fuerza que tengo tener un poder à la Webster y crear mi propio diccionario y hacer que todos entiendan el mundo bajo mis palabras y sepan que existe un estado de consciencia según el cual se puede ser feliz y estar en calma, y lo uno es inseparable de lo otro y nada puede quebrar este estado de tranquilidad y alegría, esta silenciosa orgía de amor en sentido lato y mansedumbre de espíritu.

Pero el chico me sonríe con su gorro verde y le pido un mediocre caffe-latte que recojo en muy poco tiempo del otro extremo del bar. Voy de Círculo en Círculo hasta terminar en una pequeña mesa junto a la ventana y no me hace falta levantar la vista para ver que hay gente que me mira. Como no me hace falta probar el café para conocer su intenso sabor a “delicioso sabor a café”.

La taza está demasiado caliente, así que separo las manos. Me levanto y cojo un montón de servilletas. Busco un boli que sé que no tengo y me levanto a preguntar al camarero si me podría, por favor, dejar uno. Con una sonrisa. Me siento y empiezo a describir lo que me rodea: la espuma reseca en la boquilla de la salida de vapor de la costosa máquina de café que bufa en la esquina; la esponjosa adherencia de la mesa en que me apoyo; el color rosado de la quemadura que quizá se está curando en la rechoncha pierna derecha de la pequeña chica morena que habla con el chico delgado que apoya sus blancas muñecas en la banda de metal del mostrador; la gota de sudor que corre por el cuello del chico. Tenso y distiendo los músculos de mi brazo derecho, bajo la mesa. Con el bolígrafo.

Recojo mis servilletas y llevo el café a medio empezar hasta la barra. Sonrío con todas mis fuerzas e inclino la cabeza un par de veces en mi camino a la calle. Sonrío hasta que duele.

El mundo es feliz y yo no logro sintonizar su frecuencia.

Camino agarrando el asfalto con cada paso, dejando que mis rodillas carguen un poco más de peso extra con cada paso, alargando mi zancada. Hay más chicas y chicos por la calle. Hawthorne tenía razón al advertir a los jóvenes; nunca sabes a quién te encontrarás en tu vagabundeo. A qué amigos. A qué demonios privados deseando asfixiarte con su incesante parloteo.

Todos van quedando atrás y giro hacia el este con prisa.

El sol, parece, está de retirada. Esta calle se llama Bonita y está desierta. El sol brilla, aún, en las ramas de un árbol cuyas semillas cuelgan en largos racimos y reflejan un sucio tono amarillo. Hermosas y despreocupadas. De veras dejándose llevar. Tranquilas ad infinitum.

Balanceándose más allá del tiempo, a la sombra de las hojas.

12.1.10

101%

sácame de quicio y rompe
los cimientos
de mi más profundas convicciones para
subir y subir
más
que nunca.