15.2.10

D tarde

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"I'm just kind of worried that my head's gonna explode"
David Foster Wallace, entrevista con David Lipsky para Rolling Stones.

La sombra de mi pie desaparece sólo cuando la piso. Eso quiere decir algo. Algo que sirve sólo para llegar a alguna otra cosa que luego hace inútil lo anterior. Mi pie desapareciendo su sombra es la escalera del filósofo que, al final, no necesita ninguna escalera. Pero yo necesito mis pies para llegar a algún sitio. Mis pies, reconocidos como míos, confirman que yo estoy.

Hace calor, pero no tanto como para que sea molesto. Sólo calor de verano apenas extinto. Los árboles crecen a ambos lados de la calle, altos y llenos de hojas más o menos verdes que se dejan columpiar sin miedo. También dan algo de sombra, y parchean la acera de sucios claro-oscuros. Al menos así su exuberante existencia vegetal tiene algo de sentido en medio de este desierto.

Zigzagueo unos cientos de metros, como si pudiera hacer otra cosa para recorrer las calles perfectamente alineadas de esta ciudad de mentira. Camino como si este pueblo californiano fuera Dublín o Praga o algún otro lugar cargad de tinta, y yo el aburrido personaje de un libro cuyo final quizá no tenga sentido. Ni siquiera tengo la esperanza de tener la más mínima posibilidad de tener esa esperanza naïf por la que todo el mundo parece confiar en las bondades del futuro. En la existencia de un futuro que les está asegurado porque se lo merecen. Como si esto tuviera algo que ver con lo que uno merece.
Me mando callar y dejo que el reconquistado silencio se llene; esta vez desde fuera.

Hay pájaros insultándose mordazmente en el cielo, y se oye el murmullo lejano de gente joven que grita en las piscinas y canchas de béisbol. Las aceras están mal pavimentadas y las raíces de los árboles elevan ondas de cemento agrietado que hacen imposible un paseo sin preocupaciones. Debería haber sacado a los perros de casa. Estaría bien caminar con ellos. Trotar como ellos. Tenerlos como excusa para estar en la calle.

Todas las casas tienen jardines delanteros con varios metros de hierba verde. Algunos tienen clavadas pequeñas banderas que piden el regreso de las tropas en el extranjero o que muestran su entusiasmo por la misión que allí están perpetrando. Tras los cristales se adivinan vidas plenas, felices e hipócritas.
Giro hacia el sur y el sol ya no me da en los ojos -el sol me ha cegado una calle de cada dos-, y sólo tengo que levantar la mano derecha y usarla de visera cuando quiero ver algo en la acera de enfrente.

El diner está casi vacío y me siento en la barra, cerca de la imagen de Marilyn que asoma en el cristal de la peluquería de al lado. Sobre un taburete coronado en cuero rojo de mentira que hace juego con los pequeños manteles y los bancos de las 9 mesas desocupadas. Bajo un estante suspendido en el que se amontonan 71 botellas y 23 latas de antiguos refrescos que quizá en su día se alzaron en cierto orden pensando en su posible valor como colección, pero que ahora no son más que una trinchera para la mirada y un escondite de polvo.

El camarero apunta mi pedido con un bolígrafo barato cuyo tapón está mordisqueado, y pierdo inmediatamente el apetito, pero no me quiero marchar. No se está mal aquí y tienen un espejo justo en frente de mi asiento. Me quedo atrapado por los dos ojos que me miran desde ese otro lado. Dos ojos locos clavados en dos ojos aún más tristes.

Sonrío y miro hacia el camarero que viene con mi comida.

En el espejo aún estoy sonriendo cuando me doy cuenta de que acabo de dar un bocado al sandwich que me acaba de traer el camarero del bolígrafo barato con la punta seguramente mordida en múltiples ratos de incontenible aburrimiento. ¿Qué más cosas hará cuando está solo en la cocina, cuando no hay nadie para mirar?

Cojo una servilleta y me limpio la boca sin pensar en que estoy pensando que me limpio la boca.

Cuando me doy cuenta de ello me siento dolorosamente orgulloso de mí mismo. Dejar de pensar -y, sobre todo, dejar de pensar en dejar de pensar- es un reto. Un obstáculo. Un temor continuo. Otros se sienten así cuando hacen un buen tiempo en la pista de atletismo, cuando se despiertan junto a una bella mujer, cuando hacen algo bien en su trabajo.

Doblo la servilleta por la mitad y marco las dobleces con la uña. Voy a hacer la mejor grulla de origami de La Historia. La mejor. La más resistente del mundo. Cada paso tiene la duración de una eternidad y lo llevo a cabo con profana religiosidad. Los movimientos se repiten una y otra vez hasta que casi está terminada la primera parte. La más importante. Mi té helado está caliente y hay un charco en su base que está formando un pequeño serpenteo de agua hacia el borde izquierdo de la barra. Se mueve lentamente pero veo cómo lo hace.

El sonido de la campanilla me avisa de que alguien acaba de entrar y veo, en el espejo, las caras de dos chicas jóvenes que irrumpen riéndose. Con brillos de sol en la piel y cosas así. Pechos generosos bajo sucintas camisetas. Camisetas que reniegan de su función principal y van más allá, trascienden su destino original de cubrir y sirven para descubrir, para mostrar lo que se debe mirar. Indican el doble negativo de aquello a lo que no-no debes prestar atención. Una lleva unas zapatillas deportivas de color amarillo. Pero un amarillo sucio en algunas partes, como si se le hubiera caído encima un poco de salsa de tomate y lo hubiera tratado de limpiar con agua y luego no le hubiera importado más y lo hubiera dejado así y hubiera salido a la calle a dar una vuelta con una amiga a la que no tiene suficientemente en cuenta como para ponerse unas deportivas que no estén sucias. Pero es así. Tiene una mancha en la playera derecha, apenas unos centímetros en el empeine. A medio centímetro de la goma inferior. Imposible de no ver.

La chica que acompaña a la de la mancha en la deportiva me lanza una mirada nerviosa y una sonrisa. Luego, la otra también me mira y se sonroja un poco. Y levanta la mano izquierda para saludarme, aunque no la he visto en mi vida. Pero, como siempre, aunque quizá nunca la haya visto, en realidad es posible que sí la haya mirado sin darme cuenta.

Me giro demasiado rápido y dejo sobre el mostrador un billete de diez. Y camino despacio hasta la puerta, sonriendo a las chicas que me siguen mirando desde su banco de color rojo brillante. En la mesa del medio, junto a la ventana. Donde el sol ha estado iluminando el aluminio que rodea cada superficie, calentando los asientos. Ellas están en la mitad del diner y yo estoy saliendo por la puerta, casi en la calle cuando oigo que una se empieza a reír. Y cierro la puerta del todo. Y camino hacia la calle más grande que cruza este pueblo, con pasos rápidos, llenos de vergüenza por haberme marchado así, sin terminar mi bebida y dejando la bandeja de patatas que me hubiera gustado comer.

A lo lejos veo gente caminando, una pareja de chicas juega al ajedrez en una mesa de ladrillo esmaltado, en un pequeño parque junto a la calle. Hay una estatua de piedra blanca en el medio del parque. Una familia con padre y madre y niños y niñas que están jugando en un parque. Autoreferencialidad a nivel del suelo. Cuántas familias tradicionales como la de la estatua se habrán sentado junto al monumento erigido en su honor cotidiano. ¿Qué fue primero en este parque, estatua o familias?

Sigo caminando y paso junto a más gente que me mira y hace como que no me mira. Como que me conocen aunque nunca nos hayan presentado. No todos, pero sólo algunos. Muchas, en verdad. Y yo les sonrío porque no quiero volver a hacer lo del diner y ser un maleducado y que todo el mundo me vea. No todo el mundo, pero unos cuantos de sus habitantes. Así que inclino la cabeza un par de veces y sigo hacia el Starbucks, que es donde está la mayor parte de la gente.

Hay una terraza con sombrillas verdes y grandes letras de color blanco. Y logos en el mismo color sobre un omnipresente fondo verde oscuro. Y bajo las sombrillas hay parejas y tríos y cuartetos de gente que sonríe y bebe sus cafés helados y me mira, en ocasiones, mientras paso a su lado y entro en el establecimiento que esconde su supuesta magia franquiciada tras puertas transparentes que aprisionan ecos de impersonal música reagge ante la que debo abandonar toda esperanza.

El ruido es ensordecedor cuando cambia de ritmo y se vuelve un susurro en el que oigo mi nombre y veo cejas que se levantan en mi dirección. Me quedo mirando la lista de cafés y decido que no quiero nada de aquí. Que no me gusta nada de lo que ofrecen aquí. Pero recuerdo también las patatas que se quedaron en la bandeja y deseo con toda la fuerza que tengo tener un poder à la Webster y crear mi propio diccionario y hacer que todos entiendan el mundo bajo mis palabras y sepan que existe un estado de consciencia según el cual se puede ser feliz y estar en calma, y lo uno es inseparable de lo otro y nada puede quebrar este estado de tranquilidad y alegría, esta silenciosa orgía de amor en sentido lato y mansedumbre de espíritu.

Pero el chico me sonríe con su gorro verde y le pido un mediocre caffe-latte que recojo en muy poco tiempo del otro extremo del bar. Voy de Círculo en Círculo hasta terminar en una pequeña mesa junto a la ventana y no me hace falta levantar la vista para ver que hay gente que me mira. Como no me hace falta probar el café para conocer su intenso sabor a “delicioso sabor a café”.

La taza está demasiado caliente, así que separo las manos. Me levanto y cojo un montón de servilletas. Busco un boli que sé que no tengo y me levanto a preguntar al camarero si me podría, por favor, dejar uno. Con una sonrisa. Me siento y empiezo a describir lo que me rodea: la espuma reseca en la boquilla de la salida de vapor de la costosa máquina de café que bufa en la esquina; la esponjosa adherencia de la mesa en que me apoyo; el color rosado de la quemadura que quizá se está curando en la rechoncha pierna derecha de la pequeña chica morena que habla con el chico delgado que apoya sus blancas muñecas en la banda de metal del mostrador; la gota de sudor que corre por el cuello del chico. Tenso y distiendo los músculos de mi brazo derecho, bajo la mesa. Con el bolígrafo.

Recojo mis servilletas y llevo el café a medio empezar hasta la barra. Sonrío con todas mis fuerzas e inclino la cabeza un par de veces en mi camino a la calle. Sonrío hasta que duele.

El mundo es feliz y yo no logro sintonizar su frecuencia.

Camino agarrando el asfalto con cada paso, dejando que mis rodillas carguen un poco más de peso extra con cada paso, alargando mi zancada. Hay más chicas y chicos por la calle. Hawthorne tenía razón al advertir a los jóvenes; nunca sabes a quién te encontrarás en tu vagabundeo. A qué amigos. A qué demonios privados deseando asfixiarte con su incesante parloteo.

Todos van quedando atrás y giro hacia el este con prisa.

El sol, parece, está de retirada. Esta calle se llama Bonita y está desierta. El sol brilla, aún, en las ramas de un árbol cuyas semillas cuelgan en largos racimos y reflejan un sucio tono amarillo. Hermosas y despreocupadas. De veras dejándose llevar. Tranquilas ad infinitum.

Balanceándose más allá del tiempo, a la sombra de las hojas.

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