2.12.10

Expats II


[viene de Expats I]


- But we don’t have that kind of water!
Y todos nos empezamos a reír porque es, sin duda, uno de los mejores chistes de la noche.
La responsable de nuestra risa es Caroline, compañera de clase de Chris que puede contar las mejores anécdotas sobre arquetipos de la Norteamérica profunda, posiblemente gracias a su marcado acento francés. Según lo que ha ido contando, lleva unos tres años en el país, haciendo lo mismo que yo, y se mueve por el sistema social de Estados Unidos como un pez en el agua, tanto que hasta su lenguaje corporal me parece una mezcla de idiomas, pero quizá eso sea obra del Montepulciano rosso con el que estamos cenando.
Nuestros otros dos acompañantes son Stephen, pareja de Caroline, y Kata, una documentalista alemana que nos recibe en el restaurante a golpe de flash porque “las primeras impresiones son las que cuentan y se olvidan con demasiada rapidez”. Al margen de la sorpresa inicial ante la abundancia de fotos -una de Chris, que posó sin el menor asombro, una mía, y una de los dos-, la chica lleva una especie de auricular bluetooth, como los que se usan para hablar por teléfono, pero que, además del aparato convencional, lleva un cilindro blanco marcado con las letras Looxcie en negro, que al principio me parece una extraña linterna pero que luego, para mi horror, identifico como algún tipo de cámara de vídeo. Lo primero que Chris me explica al sentarnos es que Kata está metida de lleno en nuevo proyecto que intenta reflejar momentos al azar de su vida de expat, como emigrante en Estados Unidos. Mediante un software instalado en la cámara, ésta se activa a intervalos de tiempo aleatorio que varía entre los seis minutos y las seis horas, enviando las imágenes captadas a un servicio de almacenamiento online del que luego Kata extrae los contenidos de su próximo documental. Lo más gracioso es que se refiere a su cámara como “Enenai”, algo que al principio me confunde aún más porque pienso en alguna remota ayudante de filmación, hasta que Chris me explica que así se refiere a las siglas de su “Non-Neutral Eye”. Kata lleva cuatro meses grabando lo que le rodea y aún le quedan dos más para terminar su trabajo. 
Cuando escucho su historia le digo que me parece fascinante. Después le pregunto por las implicaciones para la privacidad de otras personas. Ella se limita a sonreír ante mi primer comentario pero se lanza a una explicación de cómo es necesario, para sí misma, terminar con esa noción del individuo aislado y ser más consciente de la interconexión de todo lo que nos rodea. “Privacy is bullshit nowadays”, dice mientras hunde un generoso trozo de pan blanco en un platillo con aceite y vinagre balsámico.
A pesar del buen rollo colectivo, tardo una media hora en olvidar la cámara, relajarme por completo y dejarme llevar por la conversación. Supongo que el entorno familiar me ayuda, porque cenando en esta trattoria cerca de las playas, nadie podría suponer que no estamos en una villa pesquera mediterránea: los camareros son italianos, la carta es bilingüe y la decoración recuerda, para bien y para mal, a la que podríamos encontrar en cualquier casa de comidas de Napoles. Esto no es una réplica o, si lo es, alguien se lo tomó muy en serio. Nada de esa estupidez de manteles a cuadros rojos y blancos que parece ser la idea norteamericana de un restaurante italiano. Y nada de pizzas para llevar como primera opción del menú; en esta casa se come Gnocchi con sugo alla matriciana, Rigatoni Arrabiata, Filetti di spigola, y otros platos que requieren más trabajo del que suelen estar acostumbrados en la mayoría de locales de por aquí. 
El vino corre con total libertad de las botellas, que ya son dos, a las copas, que no se mantienen vacías demasiado tiempo. Sólo Chris y Stephen se continúan bebiendo su primer servicio, por aquello de coger el coche, supongo. Caroline está en pleno maratón de anécdotas mientras Kata termina su plato de pescado y sonríe ausente, al margen de todas las miradas, con el Enenai colgando en un ángulo extraño y la cámara reflex en el medio de la mesa, aparentemente olvidada entre botellas. 
Hablamos principalmente en inglés matizado por escarceos romances puntuales con los que se marca, supongo, que quizá la anglosajona sea hoy lingua franca, pero que cada persona siente las cosas en el idioma con el que creció. Christina parece hablar español y francés sin problema, de modo que participa en todos los apartes con soltura, mientras que Stephen sonríe mansamente ante cada irrupción de palabras extranjeras.
La última historia de Caro llega a su inevitable final acompañada de nuestras risas y creo ver algo extraño en la sonrisa de Kata, que desaparece en tras el muro levantado por copa de vino que la documentalista bebe con calma. Christine toma el relevo y empieza a contar su experiencia inversa visitando Francia en el instituto y viviendo con estudiantes  europeos en Ciudad de México durante el penúltimo año de carrera. La historia es una nueva versión del cultural shock de siempre, adornada con una selección de anécdotas que merecería la pena escuchar con atención de no ser por la extraña mirada de Stephen a la botella vacía que Kate levanta mientras hace un gesto al camarero. La botella refleja el LED rojo encendido que indica la segunda puesta en marcha de la cámara y yo vuelvo a no saber exactamente que pensar sobre esta “vida en directo”.
El camarero se acerca con una nueva botella y Caro aplaude con las mejillas encendidas. Al ritmo al que vamos, terminaremos con más de una botella de Montepulciano por cabeza. Mañana es un día tranquilo, así que levanto mi copa a modo de brindis y me esfuerzo en no analizar demasiado por qué bebo hoy, entre extraños, más tinto que con mis amigos, cuando me despidieron en España. Las últimas gotas de vino resbalan del vidrio a mi lengua llevándose cualquier preocupación más allá del ahora, y me alegro de no tener ninguna responsabilidad automovilística.
Escasos minutos después ya estamos compartiendo experiencias terribles que tienen como protagonistas a nuestras ex-parejas, y otras historias para no dormir mal acompañado. Christina habla con soltura sobre un chico de Baja California con el que estuvo saliendo durante un par de años, hasta que él decidió marcharse a Cancún para trabajar como tasador de obras de arte a sueldo de una empresa holandesa. La sorpresa, según Chris, no fue sólo que sacrificara su relación y se vendiera a una casa cuyos negocios con arte indígena le había granjeado una consolidada dudosa reputación, sino que la amante del tipejo en cuestión se pusiese en contacto con ella para solidarizarse, porque ahora las dos le habían perdido. Un brindis contra la integridad del género masculino en su totalidad, suscrito fervorosamente por los dos varones presentes, es el encargado de dejar medio vacía la nueva botella con la que Kata está alcanzando un curioso nivel de familiaridad.
La alemana está claramente en el lado sombrío de una incipiente borrachera y su sonrisa constante tiene una falta de firmeza que se asemeja al desprecio cuando brinda dos veces, porque, le explica a Chris, “One should never forget such an important lesson”. Y ajusta el Enenai, mirando directamente a Caro y Stephen.
Todos nos quedamos en silencio durante un par de segundos más de los prudentes para evitar una situación incómoda, así que cojo la reflex abandonada entre las botellas y apunto a Kata sin tener demasiado claro la reacción que esto despertará. El ajuste automático del zoom es tan rápido que casi me sorprendo cuando se dispara el flash y una imagen fantasmagórica aparece en la pantalla. Ella se limita a estirar la mano, recoger su cámara, mirar la imagen y negar con la cabeza. Levanta el flash apuntando hacia el techo, dirige el objetivo a Chris, que sonríe encantada, y dispara dos fotografías consecutivas.
Cuando salimos del restaurante, con el sabor del mascarpone, el cacao y el café aún presentes a pesar del grappa, Santa Monica nos recibe con un viento cálido y pesado, que hace pensar en camas hechas de arena. La despedida es breve y salimos disparados en tres direcciones diferentes: Chris y yo al aparcamiento, Caro y Stephen al iluminado paseo,  y Kata hacia el interior de la ciudad, despidiéndose entre las sombras de una estrecha aceca con su cabeza convertida en un apenas visible punto rojo que, en esta feliz noche de expats, quizá sólo brille para mí.