29.6.13

Emilia en espiral




Emilia entrecerró los ojos e inhaló con desagrado el seco aire del despacho-laboratorio, odiando la aséptica falsedad reciclada, biológicamente necesaria pero definitivamente asqueante, que vomitaban los filtros acondicionadores situados sobre su cabeza. Ella no necesitaba ni oxígeno ni nitrógeno, sino un punto central y una normalización en las ondas que mecían su vida. Ése era el problema. Todo se había salido de su eje. Todo era falso y ficticio. 



La asistente de investigación y candidata doctoral del departamento de física de la Universidad de Brighthill había comprendido hacía ya días que los clips italianos que tenía frente a sí eran algo más que espirales de metal exageradamente caro. Sabía que su director de tesis los usaba para algo más que para unir las correcciones de su trabajo. Eran un símbolo de su trascendencia, de su trans-mutabilidad, de su trans-topo-materialidad. El Doctor Erik Kazynski había sembrado toda su área de trabajo con indicios similares para que sus ayudantes graduados lo fueran entendiendo. Quizá para separar a los que lo comprendían de los que no lo podían comprender. Y ella lo había hecho. Ahora él quería hacer algo con ella, posiblemente matarla para que no desvelara su secreto. O, a lo mejor, convertirla en su compañera de conspiración. Los detalles aún no estaban completamente claros. Pero era peligroso.



Le dolía la cabeza. Hacía varios días que no dormía demasiado bien. Realmente hacía dos días que no dormía en absoluto y cuatro desde que había descansado más de tres horas seguidas. Su cerebro no  paraba de formular hipótesis porque reconocía que estaba en el límite de algo importante, en la frontera de un nuevo hallazgo, en el exterior desubicado del descubrimiento del decenio. Lo sabía. Solo tenía que esperar un poco más y observarlo de cerca. Sin perder detalle.



Alargó una mano y se detuvo a escasos centímetros del clip. Se obligó a hacer las cosas con calma.  Recordó lo que su médico le había aconsejado la última vez que había tenido una mala fase: contar hasta diez y volver a empezar. Cerrar los ojos. Tomar aire. Regresar al presente. 



Extendió totalmente la mano y recorrió, despacio, la pulida curvatura del clip. La senda bruñida que conducía a la verdad, de igual manera que conducía su dedo hasta la mesa desde el papel cubierto de anotaciones en tinta roja. Revisó con la mirada la sucesión de dígitos que había arrojado el último experimento. Otro nuevo error, había dicho Kazynski, y los había tachado junto con el resto de su formulación. Pero Emilia sabía que su trabajo era exacto y correcto y acertado y preciso más allá de la duda. Ella había seguido sus indicaciones y lo había logrado, pero él trataba de ocultar la verdad. Ella sabía lo que ocurría y entendía que era demasiado importante como para dejarse engañar otra vez. Se obligó a mirar las cosas con calma. Se rascó con fuerza la cabeza.



En su escritorio había dos botes de cerámica con bolígrafos, portaminas, lápices y marcadores de todo tipo. Su portátil gris estaba situado en un punto ergonómicamente inapropiado pero geométricamente perfecto, a igual distancia de las bandejas de documentos que de la impresora. A veintitrés con cinco centímetros del pecho de Emilia y a otros veintitrés con cinco centímetros del extremo oeste de su mesa, donde empezaba la tierra de nadie del espacio público del enorme despacho compartido. Tenía que colocarlo así para evitar que las cosas volvieran a cambiar, que el número de bolígrafos aumentara o disminuyera. El caos debía ser controlado.



Mark y David tecleaban con furiosa intensidad, ignorantes, como siempre, de lo que de verdad estaba sucediendo. Ella creía que Mark había estado a punto de dar con la verdad tres días antes, cuando el Doctor Kazynski les pidió que revisaran las últimas mediciones, pero el interés de su compañero había desaparecido con rapidez, de la noche a la mañana, como si nada hubiera pasado, y se había vuelto a concentrar en sus propios experimentos. Emilia no sabía si podía confiar en él. Sabía que estaba rodeada de personas que, potencialmente, estaban aliadas en la conspiración de su jefe para cambiarlo todo y destruirlo todo y hacerse con el control de todo. Ella no lo podía tolerar.



El Rogers-Marquez Center for Theoretical Physics, el departamento de la universidad donde ella desarrollaba su labor investigadora y docente desde hacía dos años, contaba con una decena de grupos de investigación, la mayor parte de ellos llevando a cabo trabajos en colaboración con entidades privadas y gubernamentales. La función de los investigadores era simplemente desvelar los secretos de la Realidad, la función de las entidades era hacerse cargo de la mayor parte de las facturas y dar empleo a la mayor parte de los investigadores una vez que su vida académica terminaba y se incorporaban al mundo real bajo contratos de confidencialidad tan lucrativos como blindados. El secretismo era una parte inalienable del trabajo que se desarrollaba entre los muros del edificio Rogers-Marquez, pero todo el mundo sabía que el Doctor Kazynski llevaba este aspecto de su investigación hasta el extremo, con su exagerada calma, su eterna cortesía y su enigmática circunspección. Los rumores acerca de la verdadera naturaleza de su trabajo personal, así como la identidad de quien financiaba realmente su grupo de investigación, eran motivo de agitada especulación entre otros investigadores… y entre los propios integrantes del Team-K. Emilia suponía que alguna combinación de agencias con varias letras y puntos estaba detrás de toda la tecnología que tenían a su servicio, así como de los frecuentes viajes a las instalaciones europeas para hacer las pruebas.



Emilia siempre había disfrutado sabiendo un poco más que los demás sobre el trabajo de su director de tesis porque eso le otorgaba un cierto estatus entre sus colegas, pero sus descubrimientos de los últimos días habían hecho que su amor por el conocimiento se viera convertido en temor ante la posibilidad de cruzar el umbral de lo que debería permanecer inexplorado. A veces, robar el fuego igualaba a mortales y a dioses, a veces rompía universos. Y ella no quería romper ningún universo Ella había dejado España para escribir su tesis, para estudiar las anomalías topológicas de la teoría cuántica de campos junto a un reputado experto en el tema. Para estudiar, no para modificar ni mutar ni destruir ni destrozar… 

Mark y David la estaban mirando. ¿Había vuelto a hablar en voz alta? Intentó esbozar una sonrisa inocente y sus compañeros intercambiaron miradas cómplices. No había duda. Estaban aliados con Kazynski.

Sin decir nada, cogió el clip, se levantó de la silla y salió por la puerta que daba al pasillo central. Tenía que escapar. Tenía que volver a España, posiblemente esconderse en pueblo de su madre, donde todo el mundo conocía a todo el mundo y alguien como el Doctor no podría pasar desapercibido.

Se cruzó con un par de personas que, quizá, la saludaron al pasar. No importaba. Le dolía terriblemente la cabeza, tanto que casi no podía pensar con claridad. Vio la puerta del aseo y la abrió de golpe, para lanzarse sobre el lavabo y abrir el grifo de agua fría. Su cara estaba bañada en sudor y sus ojos no parecían ser los suyos. Sintió ganas de llorar, pero no tenía tiempo para eso. Respiró profundamente y metió la cabeza bajo el chorro helado. Con dedos inestables empezó a palpar la parte superior de su cráneo, porque allí nacía el punzante latigazo de dolor. Estaba claro que él le había hecho algo. De ahí la confusión y los problemas para dormir. Respiró una vez más y comenzó a hundir las uñas poco a poco, notando que la fina piel cedía y viendo, entre los mechones de pelo mojado, cómo pequeñas gotas de sangre salpicaban y se diluían en el blanco del lavabo. Notó algo sólido entre los mechones de pelo que se enredaban en sus dedos, había algo entre el cuero cabelludo y el hueso. Comenzó a sollozar mientras arañaba para llegar al objeto que estaba clavado en su cabeza. El agua se volvía, intermitentemente, rosa.

La puerta se abrió y Emilia pudo ver, entre la neblina de lágrimas, unas deportivas azules y unos jeans. Levantó ligeramente la cabeza y miró con odio a la boquiabierta mujer que estaba parada bajo el marco de la puerta. Lanzó un bufido y volvió a bajar la cabeza al mismo tempo que la mujer desaparecía corriendo por el pasillo. Tenía que darse prisa. Tenía que arrancar el artefacto y salir del Rogers-Marquez.

Volvió a la tarea con ahínco, apretando los dientes ante el penetrante dolor que nacía bajo sus uñas. Siguió removiendo y arrancando pelo y piel. Usando el agua fría para enmascarar ligeramente el dolor y limpiar sus dedos.

Algo se metió bajo su uña. Algo fino y posiblemente metálico. Allí estaba. Con sus dedos corazón y pulgar hizo una pinza y aferró con fuerza la diminuta esquirla. Con una carcajada comenzó a incorporarse, apoyando con su mano izquierda en en espejo que le devolvía una extraña imagen de sí misma: pelo empapado pegado a la cara y a la parte superior de una camisa mojada y manchada por la sangre diluida. En su mano derecha tenía un mechón de pelo con la raíz ensangrentada y, bajo todo eso, una fina tira de piel bajo la que se encontraba el artefacto, la esquirla, la prueba de que el Doctor Kazynski estaba haciendo algo terrible. Traidor tirado, físico falaz, monstruo manipulador…
La puerta se abrió y Emilia vio a Edgar, el guardia de seguridad que trabajaba en la entrada, con las manos extendidas, en señal de calma. 

Era necesario hacerle comprender. Emilia alzó la sangrienta evidencia y vio asombrada como el afable guarda saltaba sobre ella, desequilibrándola y lanzándola de nuevo contra el lavabo. Trató de librarse del fuerte abrazo lateral y notó con horror como su mano derecha se abría para agarrarse, instintivamente al grifo metálico. Gritó con todas sus fuerzas mientras Edgar la arrastraba hasta la pared opuesta y la obligaba a sentarse en el suelo, inmovilizándola con su enorme masa.

El agua bramaba, salpicando el suelo. Emilia miró sus dedos y solo pudo ver algunos mechones de pelo azabache empapado. A su alrededor apareció más gente que trataba de hablar con ella, pero Emilia solo podía llorar. Lo había tenido entre sus dedos y ahora estaba en el lavabo. Quizá ya era demasiado tarde. Quizá el agua se lo había llevado todo.
Cuando llegó la camilla, Emilia estaba agotada de forcejear contra Edgar, de intentar salir de su abrazo inexpugnable. Los paramédicos le inyectaron algo en el brazo izquierdo, la tumbaron y apretaron las cinchas sobre su pecho y piernas. Emilia entendió que todo estaba perdido. 

El Doctor Kazynski esperaba en el pasillo, mirándola con fingida lástima. Al verla salir en la camilla alzó las manos a la cabeza y las dejó resbalar hasta el cuello. Mirándola como quien mira una obra de teatro o a un pájaro en la ventana.

Emilia levantó despacio una mano, entre la brumosa espesura de su conciencia y uno de los paramédicos la volvió a colocar en la camilla. Ella repitió el lento movimiento varias veces hasta que pudo esquivar la atención de su captor, ocupado en recoger una bolsa del suelo y cargarla a la espalda. Con los dedos de su mano derecha, Emilia miró a los ojos a Kazynski y trazó en el aire una espiral. 

Lo último que pudo ver antes de que la camilla doblara la esquina del pasillo fue la sorpresa en los ojos del Doctor. Sorpresa y comprensión. Quizá algo de frustración también, a juzgar por cómo se masajeaba los ojos. 

Emilia había triunfado. Había escapado de su influencia. Sus carcajadas resonaron en todo el edificio.

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