31.12.13

Brian en plano


Se trata de Brian.

Brian está completamente borracho, buscando su vaso bajo la mesa, sin darse cuenta de que lo volcó ya hace minutos contra la pared. Está mirando tras las patas pero no puede ver demasiado bien, o quizás no puede pensar del todo bien. Es una noche de fiesta y ya le he visto probar tres o cuatro licores diferentes, algo que normalmente no hace. Brian no bebe normalmente tanto.

Tengo calor. Esta habitación antes no era tan grande, pero ahora hace calor y todo está húmedo. Tengo la sensación de estar en la boca de algún animal de intestinos reverberantes.

Brian no tendría que haber bebido tanto, el alcohol te hace este tipo de cosas, por eso yo no bebo demasiado. Yo estoy alerta, como un halcón. El X te hace esto. Facilita ver las cosas de verdad y el estar alerta de verdad en una fiesta como ésta, en una habitación que no es la mía y que antes no era tan grande como ahora. Por eso tomo X de vez en cuando, para verlo todo. De verdad. Ahora puedo ver hasta las ondas que crean los altavoces con cada golpe de música. Mueven el aire con resignada elegancia.

Brian ha encontrado un vaso y cree que es el suyo pero no es así. Ese es el vaso de la chica rusa. Creo que hoy Brian quiere olvidarse del mundo, y minucias como la propiedad de un vaso no le importa demasiado. Por eso bebe el líquido ajeno que está frío. Tan frío. La chica se da cuenta y le mira con cara de asco. Creo que es cara de asco, no puedo ver toda su cara, está demasiado oscuro. Tiene cara de tundra y celebración pálida de final de invierno. Es hermosa.

Esta fiesta es de las buenas. Buena cerveza, buena música y buena gente. Debería hablar con la chica rusa. Algo sucede en el fondo de la sala, una pareja baila. La chica rusa se ríe. Su risa es como acariciar una pared recién pintada. Alguien hace una foto y el techo se vuelve visible por un enorme segundo. La habitación parece otra vez pequeña. Destenso los puños. Me duele la mandíbula. La chica rusa apoya su mano sobre el hombro de un chico de piel oscura que lleva un pantalón de deporte blanco y una camiseta roja con un pájaro enorme. Él la mira y sonríe con dientes que parecen billar solo para ella... aunque yo también lo puedo ver porque estoy en el suelo.

Respiro con fuerza y noto que mis dedos no se mueven. Tengo dos vasos en las manos. Dos vasos idénticos, de cristal rojo. Sonrío. Todo el mundo tiene vasos de plástico pero yo tengo dos de cristal. Esto es bueno. El cristal es real, se puede romper, existe y hace un hermoso sonido cuando se frota. Muevo las manos con cuidado y acerco los bordes de los vasos hasta que apenas se rozan. Uno de ellos parece silbar un poco. Esto es divertido, pero me duele la cabeza. La cabeza. Por el silbido del vaso, quizás. Escucho dos veces el mismo verso y me tiemblan los dedos. La música se estira un poco y la siguiente nota no termina de llegar.

Algo pasa.

La habitación parece moverse un poco, parece elevarse y volver a su posición inicial, la luz cambia, algunas personas se mueven en las sombras hacia otras partes, la mesa se me acerca, los olores no son los mismos. La moqueta está ahora mojada bajo mis manos. Mi estómago se desanuda y noto con vibrante claridad que voy a vomitar, bebo rápido el contenido el vaso buscando calma y noto, con horror, que no se trata de zumo de manzana sino de cola con ron. Me rindo.

Vomito hacia la izquierda. Me duele brutalmente la cabeza. Noto la arcada forzando mi diafragma. Un reguero final de vómito resbala por mi barbilla. La música sigue sonando, pero un par de personas se han dado cuenta de mi estado. Escucho a alguien gritar y supongo desprecio. Miro en esa dirección y veo a la chica rusa que trabaja en el campus de al lado, dos de sus amigas están junto a ella y también me miran. Me levanto del suelo con rapidez y trato de explicar que estoy bien, que no estoy borracho, entonces me doy cuenta de ello; realmente no estoy borracho, ni puesto, ni ningún otro tipo de alteración. Estoy sorprendido.

La chica rusa me mira asqueada y yo no puedo hacer otra cosa que dejar el vaso sobre la mesa y fijarme en la escena que me rodea: luces parpadeantes al ritmo de dubstep. Una decena de estudiantes borrachos que se contonean a veces al batido de percusiones que marcan unos bajos desproporcionadamente graves. Caras desencajadas en muecas de placer o sufrimiento. Ojos que no miran sino intuyen. Manos apáticas. Cuerpos que chocan entre sí sin darse cuenta. Un hilo de vómito resbala sobre mi mano derecha y comprendo que es mi mano la que está mojada. La chica rusa se aleja en busca de algo, posiblemente de alguien.

Debería marcharme de aquí. Algo no está bien.

Me limpio la boca estirando la manga de mi camiseta y camino hacia la puerta, escuchando voces que parecen llamarme. La puerta es pesada cuando la abro y el aire del pasillo me recibe como un golpe frío. Al fondo hay dos chicos que están sentados en el suelo, mirando algo en una tablet. Camino en la dirección contraria dejando el temblor atrás.

Doblo una esquina y me encuentro con un grupo de estudiantes hablando junto a la puerta de una habitación de la que sale música. Varios de ellos se quedan callados y me miran. Creo que uno de ellos está conmigo en clase de física. Intento sonreír mientras paso entre sus piernas pero creo que no resulto demasiado convincente. Llego a la salida y empujo la barra horizontal que me lleva a la calle. Respiro con nerviosismo mientras bajo, de dos en dos, los escalones de la entrada. Es una noche de luna casi llena y música de diferentes fiestas llega desde los dorms. Esta es una noche de sábado cualquiera en el campus. Y yo ya no estoy borracho. Extraño.

No sé qué hacer. Empiezo a caminar había casa con la convicción de estar soñando. ¿Es esto, quizás, producto del X? ¿Pienso que puedo pensar con claridad pero, realmente, sigo tumbado y babeando sobre la moqueta de la fiesta?

Oigo varias sirenas atronando a lo lejos. Me giro y veo luces rojas y azules que se acercan. Veo cómo tres camiones de bomberos aparcan en desorden frente al dorm. Esta es una zona de estudiantes. Siento un hormigueo frío en los dedos de los pies. Los pelos se me ponen de punta. Tengo frío y veo mi propio vaho en el aire. Veo acercarse una ambulancia y aparcar junto a la entrada principal. Dos hombres salen por la parte trasera del vehículo y comienzan a montar una camilla.

Algo grave ha pasado en el campus. Algo ha sucedido en alguna habitación, quizás algo sucedió incluso en mi propia fiesta, mientras yo estaba por los suelos. Quizás solo percibí la periferia del fenómeno, pero algo más tuvo lugar. Y yo no lo vi. Esto no está bien.
Me duele la cabeza. Creo que mejor me voy a dormir.

Varios coches de policía se acercan por la calle, también con sirenas, también a alta velocidad.

No me puedo quedar aquí. No me había dado cuenta de lo nublada que está la noche de luna. Empiezo a caminar por la calle y veo gotas de sangre en mi mano. Mi nariz sangra. Extraño.

Sigo caminando. De camino a casa. La calle que recorro cada día me parece terriblemente ajena. 

No sé qué pensar.


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25.12.13

Once en línea



Once sabía que frotarse las manos cada medio minuto no servía de nada. Las noches de enero de Los Angeles eran tan extrañamente frías como absurdamente calientes los días del invierno. El desierto reclamaba en la oscuridad los triunfos que el aire acondicionado le robaba durante las horas de luz. Pensaba. Buscando en la poesía lo que la termodinámica no le podía ofrecer.

Once llevaba más de dos horas sentado dentro del coche, con la mirada fija en el portón de la casa, atento a la posible salida de DM. Esta era la segunda semana que la Sociedad dedicaba a seguir todos los pasos del individuo en cuestión, por razones que para Once no estaban del todo claras. Fuera lo que fuese, el buen hombre no llevaba una vida demasiado complicada; apenas un par de idas y venidas diarias de casa al trabajo, en una de las universidades, un par de horas cada dos días en un café local, una visita semanal a la librería de segunda mano y, de momento, solo una cena en casa de otro reputado profesor del campus. Nada más. Y por eso él llevaba dos horas helándose en el interior de un coche cuya calefacción no podía utilizar para no llamar la atención con el sonido del motor.

Una de las primeras cosas que uno aprendía cuando entraba en la Sociedad era que los “proyectos” que iniciaban los hermanos y hermanas mayores eran en muchas ocasiones de larga duración e inescrutables objetivos finales. Pero estos siempre existían. Él llevaba apenas medio año dentro, y había muchas cosas que no comprendía, más allá del propósito básico de la organización de “proteger los campuses y asegurar su excelencia académica y vital”. La mayor parte de los proyectos consistían en gastar bromas inteligentes a los profesores que impartían clases aburridas y de baja calidad, al tiempo que felicitaban a quiénes conseguían enseñar y deleitar al alumnado, o de reflexionar sobre eventos del campus. Esporádicamente, la Sociedad imprimía pequeños carteles en los que mencionaban oblicuamente alguno de los temas principales o, en ocasiones, otros asuntos de especial interés medioambiental, político, o nutricional... los temas que causaban las acciones de la Sociedad eran muchos y dispares, pero todos se abordaban de manera alegórica y sarcástica. El humor como arma al servicio del ingenio al servicio del conocimiento, era uno de los lemas de la Sociedad.

En este caso, estaba claro que las razones para recabar tanta información sobre este tipo eran otras. No sólo por la duración de las acciones sino por el número de hermanos y hermanas implicados. Once había llegado a ver hasta a cinco miembros siguiendo o controlando de alguna otra manera los movimientos de DM... lo que, si sus suposiciones sobre la estructura de la Sociedad eran correctas, significaba que, como mínimo, más de la mitad de los miembros estaban implicados activamente. Si él, que había sido el último iniciado, constituía el undécimo miembro (¿de ese año?, ¿de esa clase?), no podía haber más de otros diez miembros... a no ser que, más allá del número Uno hubiera algún otro tipo de nomenclatura, lo que era, pensándolo bien, muy posible.

Con un leve escalofrío recordó que estaba en su coche, que hacía bastante frío y que su misión no era pensar en los secretos que aún no conocía, ni en los que había jurado no revelar, sino simplemente observar aquella casa durante cuatro horas y cambia de posición cada cuarenta y cinco minutos para no despertar demasiada sospechas. Por suerte, la casa de DM estaba convenientemente situada cerca de una curva, lo que permitía un total de seis posiciones generales y, básicamente, entre doce y dieciocho finales, en lo que a lugares con más o menos buena visibilidad en los que aparcar el coche se refería.

Estaba pensando en adelantarse diez minutos al tercer cambio y dar un par de vueltas rápidas a la manzana, para poder encender el motor y dejar rodar la calefacción al máximo durante unos minutos para hacer el resto de la noche más cómodo. Llevó la mano a la llave y encendió el motor escuchando, con inmensa y ligeramente pueril satisfacción, el siseo del aire acondicionado saliendo de las rejillas de ventilación.

Apenas estaba terminando la primera vuelta al bloque cuando vio la luz del porche encenderse. Eso indicaba que la puerta de la entrada se había abierto. Tras varios segundos de incertidumbre vio una figura envuelta en un abrigo pardo que la luz de una de las pocas farolas de la calle permitió identificar como DM. Siguiendo las indicaciones que había recibido por correo hacía un par de semanas, cuando la misión había comenzado, hizo una llamada perdida a un número cuyo propietario, sabía por experiencia, nunca la aceptaría. Dejó que la figura, ahora poco más que una sombra con ocasionales contornos parcialmente visibles, continuara unos metros más su ruta antes de hacer un lento giro en tres maniobras para poder observar su avance.

Esta parte de la misión era la más complicada, al fin y al cabo, Once era solo un estudiante de segundo año y las rutinas de espionaje y persecución que estaba llevando a cabo en los últimos días eran bastante más complejas que sus deberes oficiales para la facultad de ciencias sociales en la que cursaba casi todas sus asignaturas.

Avanzando sin apresurarse cada vez que DM cambiaba e dirección y cruzaba de acera, Once le siguió hasta llegar al único local de Brighthill que servía alcohol un miércoles a las 21:30 de la noche. Aparcó a varios metros de distancia y se preparó para observar una nueva puerta. Pasaron apenas cinco minutos cuando recibió un mensaje de texto que ponía simplemente “Go home. Good night”. Once suspiró aliviado, volvió a poner en marcha el motor y se dirigió a su Dorm. Ésta había sido otra noche extraña por cortesía de la Sociedad.

Llegó a su cuarto. Se lavó los dientes. Se acostó y durmió con amnésica rapidez.

Cuando el sol apenas empezaba a colarse por entre los listones de la persiana, Once volvió al mundo consciente cuando un fuerte golpe en su puerta que le hizo levantarse de un salto, sin saber muy bien en qué momento había dejado de estar durmiendo y había pasado a estar despierto y asustado. Recorrió los tres metros que separaban su cama de la salida de la pequeña habitación apoyándose levemente contra la pared y vio sobre la moqueta de la entrada un delgado sobre de color amarillento que alguien había deslizado bajo la puerta.

La llegada de una carta de esas características significaba que los hermanos y hermanas mayores le habían asignado otra misión... lo que era extraño teniendo en cuenta que el asunto con DM aún estaba en marcha. ¿O quizás se había terminado la noche anterior?. En cualquier caso, el sobre y el puñetazo en la puerta eran el toque de trompeta de la Sociedad. Su tarea ahora era agacharse, leer y ponerse manos a la obra. Sin tener en cuenta cansancio o dificultades para pensar coherentemente. 

Suspiró.

Se agachó. 

Recogió el sobre y rompió el lacre negruzco que lo cerraba. 

Respiró con una mezcla de reverencia y temor el familiar olor del perfume dulzón que siempre acompañaba a las misivas de la Sociedad, sabiendo que, de su contenido, dependería el tipo e vida que iba a llevar durante los siguientes días. Y, si hacía caso a las leyendas de grandeza de la Sociedad, dependiendo de cómo él se comportara, el tipo de vida que llevaría durante el resto de sus días.

Sacó el papel el sobre notando, como siempre, su rugosidad. En un principio pensó que el papel estaba en blanco, pero, al revisarlo con atención vio que había una única línea de texto impresa en el tercio inferior de la cuartilla. Con sorpresa, Once comprobó que se trataba de una dirección web abreviada. Normalmente, las instrucciones de la Sociedad se presentaban bajo la forma de pequeños textos ligeramente humorísticos que indicaban la labor a realizar, los protocolos en proceso y la fecha límite para llevar a cabo la misión, pero esta nota era algo diferente. Once regresó a la parte principal de la habitación, despejó la silla y abrió su portátil, notando por primera vez desde que saliera de la cama, el frío suelo bajo sus pies descalzos. Tecleó con cuidado las letras, números y símbolos que formaban la dirección y se encontró, al seguir el enlace, con una página casi en blanco con dos casillas en el centro.

Siguiendo su intuición y la costumbre de la navegación, introdujo en la primera casilla su nombre numérico dentro de la sociedad. En el segundo espacio en blanco, escribió las tres palabras en latín que constituían el lema de la Sociedad y la página cargó de inmediato una lista de diez archivos de audio todos ellos titulados “DM-Call” con diferente numeración y fecha de creación. A pié de página había un único archivo de texto con el nombre “Transcribe. Please” y un botón para subir archivos.

Sin pensar demasiado en lo que estaba haciendo, cliqueó uno de los archivos y escuchó sorprendido lo que era, claramente, una llamada telefónica entre dos hombres hablando en español, uno de ellos en castellano, otro en mexicano.

Comprendió.

Suspiró.

Comenzó a transcribir.

Trece horas después, tras haber faltado a todas sus clases y haber resumido tres comidas en un gran bol de cereales con dos yogures, Once cargó la versión final de la transcripción en la web, borró todos los archivos de su ordenador, hizo lo mismo con el historial de navegación y la memoria caché de su navegador y cerró la tapa del portátil.

Alargó la mano y cogió su móvil, marcando lentamente el número de la policía. Al segundo tono, con la mirada clavada en el sobre amarillento, Once canceló la llamada y se estremeció. 

Regresó a la cama.


Se arropó bajo las mantas sin saber qué otra cosa hacer.

El futuro era un golpe seco en su puerta. El futuro era una decisión moral. 

Once solo comprendía que DM estaba planeado asesinar a un profesor del departamento de Física llamado Erik Kazynski. 

El futuro se le antojaba complicado.



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9.12.13

las ocho horas de las teclas


las ocho horas de las teclas
se consumen en una cálida oficina
con penumbras
y yo no se si el fingir
es normal o parte
de mi desubicación.

las pantallas iluminan rostros concentrados
-¿en qué?, ¿para quién?-
y las luces tras los grandes ventanales guiñan historias
de noche
a las seis de la tarde.
cuestión
de latitudes.

¿qué tipo de vida es ésta
que empiezo a compartir con los oficinistas?

¿qué es este duro relax de no sentirse irresponsable
más que de un proyecto, una tarea,
un punto
en un powerpoint?

¿cómo es posible que haciendo
esta
miniatura existencial
tenga más fuerza que en los años
de paseos
didácticos
por aulas que, a veces,
me escuchaban?

¿es esto una tragedia?
¿una derrota?
¿una capitulación frente a aquello
que no pude conseguir?
¿es esto una salida?

¿es esto, quizás, ...?



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