1.3.16

La mujer tras el ventanal oscuro




Las cosas no estaban bien. Para nada. No era justo. Ella había tenido tres hijas que ya vivían fuera de casa, y había trabajado cuarenta y dos de sus sesenta y nueve años. Había enterrado un marido y un hermano. Los únicos hombres en su vida. Había hecho las cosas como se tienen que hacer. Y las seguía haciendo, aunque a su edad debería estar recibiendo las atenciones de otros, y no preocupándose por todo. Pero no se podía hacer nada, solo seguir haciendo las cosas bien.
Cada día se despertaba a las siete de la mañana para hacer el desayuno, aunque no siempre tenía gana de desayunar. Se duchaba y limpiaba la casa. Salía a la tienda y recogía el correo.

Una vez a la semana iba a casa de Miriam y su hermana para tomar café y hablar durante dos horas. El primer sábado de cada mes iba con un grupo de la parroquia a caminar por el bosque. Un domingo al mes comía en casa de una de las dos hijas que aún vivían cerca. Se alternaban. Una vez al mes comían en su casa. También se alternaban.

Cuando llovía, recogía las sillas de la terraza y las guardaba en el salón, para que no se estropeasen. Otras vecinas habían comprado sillas de plástico, pero ella no. No eran de su estilo. Ella seguía teniendo las mismas sillas de madera que les habían regalado sus padres después de la boda.

Vivía en el número 36 desde que se había casado, a los 21 años. Otras chicas de su edad habían repudiado las formas de hacer las cosas de la generación anterior, pero ella no. Su madre había sido una mujer ejemplar y su padre un hombre de verdad. De los que no se veían en el nuevo siglo. Ni, desde luego, en el recién estrenado.

Su casa era su palacio y su fortaleza. El edificio era quizás más humilde de lo que a ella le hubiera gustado, pero ella había conseguido, con el paso del tiempo, convertir el interior en un hogar casi a su altura. Gas en la cocina y porcelana en el baño. Su único pesar eran los muebles del salón; los había cambiado dos veces en toda su vida. Y el segundo cambio había sido un error. Por culpa de no saber decir que no a su ahora difunto marido, que había sido un buen hombre, pero no tenía buen gusto.

Muchas cosas eran nuevas en el barrio. Las tiendas habían desaparecido casi por completo y los supermercados eran la norma. Los bares seguían estando allí, pero casi todas las cafeterías habían cambiado de nombre o de estilo.

El hijo del carnicero, que a pesar de su trabajo era un auténtico caballero, había traspasado el negocio tras la muerte de su padre y ahora una cadena vendía los filetes. La calidad era buena pero a ella no le gustaba comprar ahí. Ya no era lo mismo.

El edificio de enfrente lo había comprado una empresa que lo alquilaba barato y se había convertido en un nido de extranjeros, bajando el caché de toda la calle. Eran casi todos de fuera, sobre todo gente en apariencia respetable y de su edad, pero, alarmantemente, cada vez llegaban más parejas jóvenes que no respetaban los horarios y dejaban las bolsas de reciclaje en la calle, cuando los cubos estaban llenos. Había una pareja en el segundo, una en el tercero y dos -¡dos!- en el último piso. Por curiosidad se había acercado a mirar los nombres en los buzones del portal, y estaba claro que muchos no habían nacido ni siquiera en Europa.

A pesar de la amenaza extranjera, sus días eran tranquilos, aunque quizás un poco monótonos. La radio ya no ponía nada interesante y se había cansado de escuchar siempre los mismos discos, y la televisión era solo basura, así que, para entretenerse, solo leía. Y miraba por la ventana desde su sillón, dejando las luces apagadas, para pasar las horas muertas.

Ella no era una mujer demasiado curiosa, pero tenía derecho a saber lo que pasaba en su calle. Al fin y al cabo, la mayor parte de quienes vivían allí eran recién llegados. Una no podía fiarse del todo y asegurarse de que todo fuera bien era algo inteligente y de servicio al barrio. Además, no hacía daño a nadie, si, a veces, usaba los prismáticos de su marido para ver mejor lo que pasaba al otro lado de los cristales. Era un entretenimiento inofensivo.

Laura, la pequeña, le había gastado algunas bromas al respecto cuando encontró los prismáticos en la cesta de la lana, junto a sillón. Siempre había tenido un sentido del humor un poco extraño. Pero no se lo tenía en cuenta,  era así porque no había tenido ningún problema en la vida, y eso llevaba a la frivolidad. No era culpa suya. Entre el exceso de atención de su padre y la mano blanda que había tenido ella misma, por aquello de tratarse de la última de las hermanas, y que ella ya estaba un poco mayor, y trabajando demasiado cuando la tuvo, las normas que habían sido de hierro para las dos primeras se relajaron bastante. Y eso se notaba ahora.

La pequeña se había ido a vivir con su novio a 300 km, llamaba una vez a la semana y actuaba como si fuera del todo normal. Ella creía que a su novio no le gustaba que Laura volviera a casa, y ella, claro, se dejaba influir por su opinión. Seguro. La veía una vez cada dos meses, más o menos, y siempre estaba insistiendo en que ella debería ir a pasar unas semanas a su casa, porque ella y su marido se habían comprado una casita de campo, aunque no tenían hijos, ni prisa por tenerlos. Pero ella no quería ir a pasar unas semanas a ningún pueblo. Si hubiera nietos de por medio, quizás, pero sin ellos, no. Aunque alguna vez pensó en hacerlo para ver de cerca cómo se llevaban los dos en casa.

El vecino de enfrente había vuelto a abrir la ventana de la terraza. Era uno de los extranjeros, rumano, imaginaba. Estaba casado con una chica normal, que aparentaba ser de la región, pero estaba claro que era una de esas parejas mixtas en las que ella trabajaba y él hacía el vago, cobrando, seguro, como todos ellos, dinero del estado sin mover un dedo. Habían llegado tres meses antes y aún seguían viviendo entre cajas, o al menos ella podía ver un montón de cartones apoyados contra la pared. Se les veía moverse por la casa como si ya estuvieran instalados pero las cosas básicas estaban aún por hacer: las lámparas seguían siendo cables y bombillas, no había decoración en las paredes y aún no habían limpiado la terraza, que seguía medio cubierta por el plástico que los pintores habían dejado cuando los anteriores propietarios, una pareja de rusos, habían dejado el apartamento. Eso sí era un desastre. Plástico gris asomando por los bordes del balcón, como si fueran bolsas de basura. Se lo había comentado a la presidenta de la comunidad, que lo era de todo el grupo de casas, pero ella era también, como Laura, una de esas chicas jóvenes que creían que todo está bien, y que había que tolerar lo intolerable. La mayor parte de sus conocidas no veían las cosas como ella, no veían el peligro. Pero ella sí. Porque ella se mantenía vigilante.

Ella había salido por el portal a las 8:15, pero él seguía en casa, como siempre. Iba vestido con unos pantalones de deporte grises, como los que les había comprado muchos años antes a sus hijas para la escuela. Llevaba siempre camisetas de manga corta y siempre los mismos pantalones. Ella se preguntaba cómo era posible que ninguna mujer normal pudiera interesarse por un hombre así.
Se levantaban cada día de la semana a las 7:30… o a esa hora subían las persianas, aunque no abrían las ventanas hasta mucho más tarde, algo que había comentado también con la presidenta, porque en los contratos se estipulaba que los inquilinos debían ventilar adecuadamente. Y después de una noche cerrada, la casa, toda casa,  sobre todo la de los de fuera, que cocinaban cosas más fuertes, huele mal y necesita aire. Pero sus quejas habían sido ignoradas.

Ella trataba de hacer todas las cosas bien y no era justo que ahora, cuando estaba en lo mejor de su vida y necesitaba descanso y tranquilidad, llegaran estos nuevos inmigrantes y les tomaran el pelo a todos, quedándose en casa sin trabajar y usando el dinero de sus impuestos para hacer lo que hacía el chico rumano de enfrente, quedarse sentado en la mesa junto a la ventana, delante de un ordenador, haciendo quién sabe qué cosa. Comía incluso así, como un animal, sentado en el mismo sitio. Y así se pasaba las horas, hasta que volvía la chica.

A veces los veía salir por el portal cogidos de la mano. Les había visto una vez besarse durante varios minutos en la misma puerta del edificio, ¡como si estuvieran en su propia casa! Seguro que ni siquiera estaban casados.

Las cosas no iban nada bien. Demasiados cambios en poco tiempo no eran buenos para el país. Sabía que no debía pensar así, pero a veces se descubría a sí misma mirando con ojos comprensivos al pasado.

Aferró los prismáticos con decisión y retomó su ronda, pasando poco a poco de ventana en ventana.


[foto]

26.2.16

Los días de Jesús en la playa



La piel de Jesús parece cuero expertamente engrasado. 

Desde cerca las arrugas y estrías marcan cada uno de sus músculos, perfilan sus huesos, destacan sus movimientos. Desde lejos parece solo un anciano demasiado delgado y moreno. Se aleja de las cabañas desnudo bajo el sol. Con mechones de pelo grisáceo manchado de negro pegados a sus hombros.

Lleva tres meses viviendo en una de las cabañas de la playa, disfrutando de los precios de saldo de la temporada baja. Diez dólares la noche, desayuno incluido. Y el desayuno es tan abundante que, a veces, no le hace falta comer, y llega hasta la cena con solo una papaya o media sandía.

Mayo marca la conquista sin resistencia de los turistas. Ya está empezando a suceder, y eso pone el fin en perspectiva. Anoche han llegado los primeros universitarios con ganas de fiesta y romance frente al océano. Se le acababa el tiempo libre, se acaban los respiros y llega la hora de volver a la vida real y resolver los asuntos pendientes. Quizás un par de días más, si acaso.

Llegó a estar solo durante tres semanas. Eso sí había sido el paraíso. La camarera, Rebeca, le preguntó si no quería ir a otra parte, quizás visitar alguna cala de Puerto Escondido, pero él había dicho que no, que le gustaba mucho estar allí, que quería terminar sus vacaciones en las cabañas.

La arena arde bajo las plantas de sus pies y Jesús da gracias por estar ahí. Por estar aún ahí. La sensación de calor es todo lo que le queda una vez que acepta el dolor, y el mero hecho de sentir es una victoria solo comprensible para personas como él, que viven de prestado. Disfruta de cada segundo, de cada golpe de viento, del calor y las gotas de sudor resbalando sobre el agua de la ducha de hace apenas dos minutos que se evapora velozmente. Disfrutar creando sentido es su única norma vital, ahora.

La música del bar le llega atenuada por el rumor del océano. Se detiene y observa. El mar está bravo y rompe con fuerza contra la playa, cambiado con cada empuje las formas de la arena y haciendo brillar cada vez de modo diferente las rocas negras que separan las dos partes de la cala. 

Los que viven en la zona le dan un nombre fúnebre a la zona, los turistas, uno que parece sacado de una película americana de los setenta. Para Jesús se trata solo de la Playa del Final del Día. Así la llamaba su padre cuando venían de vacaciones. Muchos, muchos años antes. En una época en la que su mayor preocupación no era el recuento de glóbulos blancos sino el de cangrejos tras las rocas. 

El pequeño Jesús estaba convencido de que los crustáceos jugaban con él a esconderse, saliendo de sus inundadas guaridas solo cuando le veían aparecer sobre los charcos. El niño de pelo negro corto, tan diferente pero felizmente similar al hombre de melena ya casi seca, podía permanecer minutos enteros agazapado tras las formaciones oscuras, disfrutando del olor a algas frescas en el agua y podridas sobre los peñones, con los hombros pegados a las duras aristas serradas. Esperando impaciente a que llegase el momento adecuado para subirse de un salto y buscar con la mirada frenética a sus pequeños compañeros de juego, que salían, inevitablemente, corriendo tambaleantes en diferentes direcciones.

En una ocasión había logrado atrapar uno, y aún recordaba el grito victorioso que había lanzado levantándolo sobre su cabeza, antes de que su garganta cambiara de tonalidad, pero no de intensidad, ante la respuesta del cangrejo, que le había hecho una pequeña herida en el pulgar con la pinza. Jesús, ahora con los ojos fijos en las rocas, quién sabe si las mismas, recordó el color rojo brillante de la sangre, el dolor resquemante del salitre omnipresente y las convulsas maniobras del animal, tratando de darse la vuelta tras la caída.

Ser niño otra vez, piensa Jesús, qué delicia volver a cometer todos y cada uno de los errores cometidos. Ser consciente de todo. Equivocarse con intención de hacerlo una vez más. Caerse del sofá de la abuela, quemarse con la leña ardiendo, sentir el sabor del metal después del primer puñetazo, el amargo orgullo de la primera taza compartida con su padre. 

Jesús se estira. Llega el momento de empezar a moverse, el sol quema demasiado para perder el tiempo pensando en el pasado sin prestar atención al aquí y ahora.

 Un poco más, piensa y mueve los dedos de los pies. Se puede permitir el gozo hedonista de la memoria. Respira. 

La decepción tras el primer beso, la deliciosa madurez de la primera bofetada, los primeros amores errados. Todos ellos. Las primeras lágrimas. Las últimas.

Deja de pensar en pesares pasados y comienza a estirarse, milimétricamente. Metódicamente, baja las manos hasta llegar a hundir los dedos en la arena. Siente los granos, uno a uno, permitir el paso de su peso en controlada caída. Se deja ir hasta notar el dolor en las piernas y la parte baja de la espalda. Un relámpago de pura nada le golpea detrás de un ojo, como siempre sucede cuando sucede esto. 

Cae de rodillas. No siente, pero sabe, de alguna manera sabe, que tiene la boca abierta hacia el mar y que un hilo de saliva cae intermitente sobre su mano derecha, que ahora aferra como si la vida le fuera en ello, un puñado de arena. Nota su pulso martillear. Dobla unas piernas que no siente del todo y se sienta.

El mar es azul, azul. Y el cielo es azul, azul. La arena no, es amarillenta, casi blanca. Y los árboles en la parte alta son verde oscuro, y son pocos. 

Se fija en todo y trata de no permanecer demasiado tiempo en nada concreto. Formas, colores, nombres… el repaso de las cosas que los niños aprenden en sus primeros años. Trata de ver si todo está aún ahí, si ha perdido algo importante o solo el nombre de algún tipo de cliente de antaño. Parece que todo está ahí. Respira. Siente alivio y eso le hace sentir mejor.

Los turistas comienzan a caminar hacía él, desde el bar. Espera que no hayan visto anda, que no vengan a preguntarle si se encuentra bien. Sería extraño tener que mentirles o no hablar con ellos. Al otro lado de la playa la chica americana arquea una pierna tras su espalda. Bella y joven. De piel blanca y conciencia cristalina. una hija del new age pero interesante. Ve cómo se sigue moviendo, al ritmo de su meditación en movimiento. Todo va bien.

Estira las manos, despacio, muy despacio, hasta llegar a tocar los dedos de los pies. La uña de su meñique derecho está cubierta de sangre. Puede que se haya arrancado un trozo sin darse cuenta. No es la primera vez que se lesiona y no lo nota hasta minutos después, cuando la sensibilidad vuelve por completo. Abraza con las yemas de los dedos las suelas cubiertas de arena. Piensa en su madre. Nota el dolor en la parte baja de la espalda. No por obstinación sino por no renegar de sí mismo, se obliga a ir más allá y agarrar completamente sus pies, notando el dolor en las piernas y, por fin, la extraña sensación en el abdomen. Regresa despacio a la posición inicial.

Piensa en su madre y sacude la cabeza casi imperceptiblemente, pero él sabe que lo ha hecho. Sabe que ese es un dolor que no puede ya soportar. De todas las personas que han estado o están, ella es la que menos comprendería su presencia en esa playa, con esas aguas en que la gente, muchas veces, sabe cómo entra pero no cómo sale.

Qué pensaría ella si comprendiera que sus historias, contadas como advertencias a un niño, se han convertido en la herramienta del fin para el hombre crecido.

Nota la inmensidad de ese dolor y lo deja pasar.

Cruza las piernas despacio y apoya las manos con cuidado. Respira. Se asegura de anclar los tobillos y toma un pequeño impulso, no brusco, pero decisivo. Levanta su propio peso con sus brazos y se mantiene así unos segundos. Notando el aire y el sol. Escuchando el sonido del mar. Sintiendo el viento que, parece, quiere comenzar a soplar. Escuchando, a su izquierda, el crujir de la playa bajo los pies de unos universitarios que se acercan, riendo y hablando con la despreocupación propia de su edad. ¿De dónde serán? ¿Qué placeres habrán vivido? ¿Qué dolores tendrán que sobrevivir? Tan jóvenes y llenos de tiempo, quizás salidos de los cursos por primera vez para amarse en un paraje exótico. Envidia.

Respira y piensa en fiestas de cuartos pequeños apenas iluminados, en música saliendo de altavoces que creaban distorsiones desapercibidas. Piensa en cigarrillos largos traídos de otros continentes. En chicas que no sabían pero intuían lo mismo que él no intuía, pero esperaba. 

Se deja caer más hacia adelante. Piensa y frunce el ceño. Pero eso había sido en la preparatoria, no en la universidad. 

Su frente toca ya casi la arena y los pasos se detienen a unos metros. Asombro. Quizás respeto. Sonríe y disfruta su sonrisa, disfruta el dolor de su cuerpo unos segundos más de lo adecuado.

En la universidad era casi lo mismo. Cuartos oscuros, cigarrillos, música y chicas. Más alcohol. Más problemas. Empieza a recuperar la verticalidad y llega con deleite anticipado al momento en que sus muñecas lo soportan todo. Suelta el aire y cae menos de un centímetro. Abre los ojos y ve el mar. Los universitarios siguen caminando. Uno de sus dedos sigue cubierto de sangre. Su corazón bate. Aún bate.

Piensa en caminar hacia el mar. No, aún no.

El mundo es hermoso y lo seguirá siendo. También mañana. Quizás, para él, también mañana.

Jesús cierra los ojos y toma aire. Sabe que se prepara para el siguiente segundo, sin saber siquiera si llegará.