15.2.17

historia de la fotografía


Yo de niño en los cascotes
de una ciudad derruida.
Es cierto.
Sin metáforas, ni abuso
de licencias poéticas:
un pueblo
abandonado en Castilla.

Fui el hijo bajo el sol,
que aprende
a hacer fotos con el padre.
Comprendía —extrañamente— sus palabras,
sus números, su
velocidad
y su apertura.
Entendí cuando me hablaba
de la sensibilidad.
Más o menos
luz, recuerdo,
y su correspondiente grano final.

Pasos
cuidadosos, cámara en mano.
Encuadrar.
Enfocar.
Disparar.
El peso al cuello, la correa sudada,
la vibración de cada avance.

Iniciación. Pertenencia.

35 milímetros de ruinas
desamparadas,
de pilares rotos,
de ventanas que el esfuerzo
podría quizás abrir
a una desolación
y dejadez de años.
Quién sabe si a un tesoro perdido,
oculto.

Carrete verde, 32
exposiciones, media hora
para buscar las líneas de fuga en pantalón corto,
y los ojos entreabiertos,
y el ceño
fruncido de alegre responsabilidad.

Seguro de ver algo que hoy
no ha sido aún revelado.






27.1.17

arqueología frente a la decepción

no es temor, aún, al fundido en blanco,
ni remordimiento como espresso
romano a medianoche.
es angustia de demencia sin aviso
ante esta
convencionalidad
indiscutible
del placer conquistado con hastío.
la cama a cinco almohadas y esa máquina
que microespuma la leche en la mañana
mientras la osadía se cubre de recuerdos y polvo
en el mismo estante en el que ordeno,
cada mes,
todos los libros que no supe
escribir.

este esputo de bilis que me endulza el ego es
un redoble olfativo hacia el futuro.

¡Miradme cavar en lo mediocre!
busco con sonrisa nueva y ansias renacidas
en las ruinas sepultadas de mis sueños.