10.4.19

Diederich pendular


Christian Diederich fumaba asomado al ventanal de su enorme oficina en el quinto piso, mirando hacia el cauce del vecino Spree, que discurría a unos metros de la lujosa sede de Golden East Gmbh. 

Exhalaba contenidamente, apoyando con fuerza ambas manos sobre el frío metal, mientras un purito casi olvidado se consumía entre sus dedos. Reparó en él por las ligeras volutas que aún desprendía, y se obligó a apagarlo en el cenicero para no ensuciar más el alféizar de metal pulido.

Había tenido que luchar con Recursos Humanos para que dejaran de molestarle con la tontería de fumar en el despacho y de las ventanas solo abatibles. El nuevo milenio había traído innumerables maravillas, sin duda, pero también innumerables estupideces con las que molestar a la gente que aún sabía cómo ser adulta. Por ejemplo, para que cuatro débiles mentales no se arrojasen al vacío si tenían un mal día, debían sufrir todos, con ventanas que casi no dejaban pasar el aire ni permitían fumar como una persona normal. Dejó el cenicero tras una de sus plantas y arrojó la colilla al vacío con un chasquido de dedos viendo como trazaba una pequeña parábola y caía en el río.

Cerró la ventana satisfecho por su pequeña acción de rebeldía y siguió las curvas del río con vista, disfrutando como siempre del espectáculo de aquella división tan elegante de Berlín. Norte y sur… aunque quien sabía cómo mirar, seguía viendo en muchas partes la vieja frontera este y oeste. Y Diederich, que había pasado una gran parte de su vida pendiente de esa frontera, tenía los ojos tan entrenados que no podía ver Berlín de otra manera.

Él seguía siendo el mismo, pero la ciudad había cambiado con los años. Ahora se parecía más a cualquier otra capital mundial prostituida al consumismo de estilo americano, con su aparente diversidad y espontánea libertad de acción catalogada, etiquetada y comercializada de acuerdo a un plan de negocio caníbal que terminaría por ahogarse a sí mismo a base de mediocre repetición. Réplicas de simulacros de autenticidad repetidos en New York o Lisboa o Barcelona. Hasta en Moscú habían permitido que los americanos vendieran sus hamburguesas cerca del Kremlin. Y su ciudad, su gran ciudad a la que tanto había querido, era el mayor ejemplo de esta pérdida de identidad. 

El mundo había olvidado sus valores. Ya no se creía en el bien y el mal, en lo correcto y lo incorrecto. Ahora se creía solo en lo relativo, en lo individual. Cada persona era más importante que el total del país, cada capricho más importante que las necesidades de la nación.

Él tenía su parte de culpa. También él se había dejado llevar por la moda debilitante de la comprensión paternalista y el “todo vale”. Era culpa suya que ahora se encontraran en esta situación, al borde de incumplir su promesa con la Dirección. Todo por su sentimentalismo y el tratamiento especial que daba a Matze.

Se sentó frente a la mesa de metal y cristal y miró su teléfono sobre la mesa. Ahora tenía que arreglarlo sin perder los nervios. Tenía que recordar que ver a Matze como un instrumento más, no como el hijo de su mentor en la Juristische Hochschule de Postdam. Si el Dr. Kelch levantara la cabeza… no estaba seguro de lo que pensaría su antiguo maestro. Por un lado, su hijo era un hombre de carrera y cierto éxito intelectual; por otro, se había alineado con potenciales enemigos del Estado, aunque Diederich reflexionaba frecuentemente en qué estado pensaba cuando hacía esas afirmaciones. La DDR había caído y la URSS se había desplomado, pero algunas estructuras sobrevivían realizando prácticamente las mismas acciones, aunque llevaban un nombre distinto y precisaban licencias de comercio. Ese era el caso de la Golden East Gmbh, fundada por el coronel que había sido su superior en el HA VIII, antes de la caída del Muro.

Diederich se sentía orgulloso del trabajo que había realizado en los últimos 29 años, recopilando información empresarial que fuese provechosa para los amigos de antes, ahora transformados en clientes. Muchos de los jóvenes trabajadores de la empresa creían que estaban ahí solo para ganar dinero, y no entendía que las facturas eran solo una excusa, un mal necesario para realizar una acción de resistencia política. Las nuevas generaciones, en general, no tenían ideales realistas, y muchos se avergonzaban de sus orígenes o, lo que era aún peor, de los ideales de sus mayores.

Matze había sido como esos jóvenes, pero por suerte había reconocido sus errores y había elegido retomar el control de su vida, por tantos años abandonado a los caprichos mercantiles de su empresa, una filial de un grupo de inversiones multinacional, pero con sede en New York. Matze había estado perdido por muchos años. A sus 46 años no había logrado mantener ninguna relación sentimental y, pese a haber alcanzado cierto reconocimiento como matemático, nunca había sido capaz de avanzar más allá de un simple trabajo sin posibilidad de ascenso como manager de un pequeño departamento de criptografía. Solo su arrepentimiento en el último año y su docilidad para colaborar con Diederich, a quien veía como un benevolente tío, le había proporcionado algo de control sobre su propia vida. Matze había comprendido que la empresa para la que trabajaba no le respetaba ni como persona ni como profesional, y había decidido vender a Golden East Gmbh extractos de la información estadística con la que asesoraban a sus muy exclusivos clientes.

La información proporcionada era de un valor incalculable para los superiores de Diederich, y Matze recibía una más que adecuada compensación por sus servicios, aunque él esperaba que el hijo de su maestro estuviera recibiendo también un pago en autoestima y dignidad personal, y tenía la esperanza personal de que un día decidiera dejar totalmente su colaboración con los americanos y aceptase trabajar con él.

Ahí había estado el error. Diederich se había permitido el injustificable lujo de tratar a Matze como una especie de hijo, quizás como un sustituto a ese hijo real que había muerto en 1975 con una aguja en su brazo, engañado por la propaganda de evasión llegada de occidente de la mano del rock and roll y las películas de Hollywood. Matze no era su hijo. Matze era un colaborador que se había mostrado excesivamente caprichoso a la hora de entregar la información que estaba vendiendo.

En total habían realizado ya tres entregas de información. Siempre en almacenamientos físicos, nada de dejar rastros en los ordenadores. Diederich sabía que algunas cosas no cambiaban: un dispositivo anónimo y fuertemente encriptado, escondido en un lugar público de fácil pero improbable acceso, que elige y por medios indirectos la persona al mando de la operación. El individuo que deja la información no conoce la identidad de quien la recoge, y viceversa.

En el caso de Matze, Diederich ordenaba a uno de sus técnicos que hicieran una compra de la lista de deseos que Matze mantenía en un conocido mercado online. El número de elementos comprados (una botella, ciento cincuenta folios…) indicaba qué buzón de información se debía usar, según una lista de doscientas posibilidades que el mismo Diederich había creado. Cuando le llegaba la notificación de la compra, Matze publicaba en su cuenta de una red social de fotografía una imagen de una flor, con un comentario en el que se indicaba o aludía a una hora del día, para confirmar que realizaría la entrega, o una foto de un edificio para negarse. Cuando aceptaba, Diederich contactaba con uno de sus “chicos de seguridad” polacos o rusos y le indicaba dónde debía ir y a partir de qué hora. El chico de seguridad entregaba el dispositivo a otro elemento de seguridad, normalmente en los ascensores de un centro comercial en Alexanderplatz y la información llegaba a Diederich, que se la pasaba a sus analistas para que la presentaran de manera coherente a la Dirección. Todo rozando la perfección funcional de la vieja escuela.

Y ahora llegaba el primer problema del sistema. 

Diederich sabía que cuando un colaborador externo creaba el primer problema era el momento de encontrar una solución rápida a la situación y, muy importante, castigar al culpable para que recordase la importancia de sus acciones. No se trataba de asustarlo tanto que crease problemas para colaboraciones futuras, sino de hacerle sentir que, al igual que las operaciones exitosas conllevaban recompensas, los errores acarrean castigos. 

Diederich abrió uno de sus cajones y cogió una bolsita de cuero en la que había un teléfono móvil con la tapa trasera y la batería separados. Se levantó y, de su estantería, cogió un libro con un hermoso lomo bermellón. Lo llevó a la mesa y separó con un abrecartas la guarda posterior de la contraportada, extrayendo una pequeña tarjeta sim que había guardado allí apenas dos meses antes, esperando no tener que usarla. Encendió el teléfono con la tarjeta dentro y marcó de memoria el número de Matze. Quizás su cabeza no fuera lo que había sido en el pasado, pero aún se entrenaba y repetía cada mañana frente al espejo los doce números que aún necesitaba recordar de manera segura.

El teléfono sonó tres veces antes de que su interlocutor respondiera.

- ¿Sí? Kolch al aparato. 

- Muy buenos días, perdone que le moleste, -comenzó Diederich con su mejor versión de una voz despreocupada- nos comunican que su envío CH8352461 ha tenido problemas, ¿podría repasar por favor todos los pasos realizados para asegurarnos de que el paquete no se ha extraviado?

Escuchó al otro lado de la línea el inconfundible sonido de una brusca inhalación. La respuesta llegó balbuceante y cargada de miedo evidente. El precio a pagar por tratar con aficionados. Incluso cuando conocían los protocolos tenían que pensar para implementarlos.

- Claro. Sí, sin ningún problema. Gracias por avisarme. Revisaré mi envío. Claro.

- ¡Se lo agradecemos! Que tenga un muy buen día.

Diederich estaba apretando el botón rojo cuando una débil voz surgió del teléfono.

- Perdón…

El viejo agente negó con la cabeza. Ahora tenía que pensar en cómo castigar a Matze y qué verdad contar a la Dirección. 

20.3.19

Aletha en paralelo berlinés


Miedo. Fuertes latidos en las sienes. Un ruido antes normal era ahora una amenaza. La puerta de un despacho cercano que se abría. Una gota de sudor corriendo por la espalda. Gente normal a su alrededor y ella caminaba casi sin respirar. Sus pasos por el pasillo con moqueta azul aburrimiento. Intentó inhalar profundamente. Nada que temer en la que llevaba siendo su oficina desde hace cuatro años. ¿Verdad? Se trataba de un error. Respiración entrecortada. Algún tipo de error que se podía explicar con facilidad. Músculos abdominales tensos. Ataque de pánico incipiente. Auto-diagnóstico irrelevante. 

Aletha dio dos pasos. Cuatro. Llegó sin saber cómo hasta los aseos. Dejó que la puerta se cerrara a su espalda y permaneció unos segundos inmóvil, contemplando los azulejos verdes del baño de señoras, con un pequeño cartel que pedía la ayuda de todas las usuarias en el mantenimiento de la limpieza de las instalaciones. Contó los azulejos. Todo muy correcto, muy conciso, muy alemán. Quizás un tanto aburrido para Berlín. 

Respiró.

Sacudió la cabeza. El espejo le devolvió una imagen de sí misma mirándose con el ceño fruncido. Volvió a sentir en miedo. Miró alrededor, porque podría haber alguien. Pero más allá de los lavabos, las cuatro puertas mostraban sus tazas blancas. Se metió en el cubículo final. Bajó el pestillo. 

Respiró en cuatro tiempos.

Se sentó en la tapa del retrete y puso sus manos sudadas sobre los pantalones. La piel de la punta de su zapato izquierdo estaba ligeramente rozada. Cerró los ojos.

Intentó respirar de nuevo desde el abdomen. Intentó tranquilizarse. Intentó buscar alguna explicación racional a lo que acababa de leer.

Olvidó la teoría y volvió a respirar.

Se masajeó las pantorrillas. Arrancó un trozo de papel higiénico y se secó la frente, que estaba perlada de sudor frío. Notó como algunos parches se pegaban a su piel. Se frotó, arrancando rollos de fina y alargada celulosa que podían perfectamente ser restos de sudada incredulidad.

No era posible. 

Stephie les había dicho que Marya se había trasladado a Múnich con su marido. Pero si eso era verdad, ¿qué sentido tenía el informe? ¿Para qué mentirles si luego iba a compartir una carpeta llena de valoraciones y transcripciones de sus sesiones con los trabajadores? ¿Era algún nuevo tipo de prueba de seguridad interna? ¿Se había equivocado la directora de Recursos humanos al asignar derechos de acceso? ¿Todo el departamento tenía acceso a la información? ¿Debería decirle algo? ¿A qué se dedicaba la empresa para la que trabajaba?

Parpadeó varias veces. Intentó ralentizar la respiración. Falló. Y falló. Y falló. 

Apoyó las manos contra la pared plásticas y notó su textura. Su tacto frío. La ligera pátina de algo que hacía pensar en tiempo y volvía la suave superficie ligeramente resbaladiza y pegajosa al mismo tiempo.

Habían hecho algo a Marya. Al menos ese era el resumen del informe que acababa de leer. El trabajo de Marya no era ser una headhunter para Recursos humanos. Trabajaba en algo llamado MogAus. ¿Un departamento o servicio de Winkler Analytics del que nunca había oído hablar? ¿Pertenecía quizás a las oficinas de Nueva York o Tokio y tenía gente en Berlín? ¿Cómo era posible que ella, en sus cuatro años como pscióloga de W.A. no hubiera oído siquiera mencionar MogAus? ¿Cómo era posible que no supiera algo tan importante de Marya? Estiró los brazos hacia el techo y los dejó caer lentamente hacia los lados. 

Respiró. 

¿Marya le había mentido? ¿Cuántos cafés compartidos tras las sesiones de pilates de los miércoles en el 11º piso? ¿Cuántos memes enviados por el chat interno? ¿Cómo era posible que una persona que se comportaba así le hubiera ocultado tantas cosas? ¿Cómo era posible que su historia fuera tan diferente de lo que Aletha creía?

Porque Marya no estaba en Múnich ni había decidido cortar el contacto con su antigua compañera de trabajo. Marya estaba tumbada en una cama, respirando por un tubo en su garganta, comiendo por un tubo en la muñeca, viviendo sin saberlo sus últimos días en una clínica de Hamburgo. Todo porque su última “misión” para W.A. -en cuyo preanálisis Stephanie mencionaba ya el riesgo de “decohesión neuronal”, fuera lo que fuese- la había convertido en un vegetal.

Era cierto que Marya se había comportando de manera un poco extraño la última vez que la había visto. Fría. Distante. Apenas había murmurado un saludo y había chocado ligeramente con una de las plantas de la cafetería. Eso como primer encuentro tras varios meses en los que el contacto entre ambas había pasado de ser un torrente a convertirse en un goteo que, al final, había cesado por completo. Ahora quizás tenía algo de sentido ¿Quizás? 

Contó el número de azulejos en la pared derecha. Cuatro horizontales nueve verticales.

En el informe sobre Marya, uno de los casi cincuenta que contenía la carpeta -con sus correspondientes casi cincuenta nombres-, Stephanie detallaba las veintiocho sesiones de evaluación psicológica tras cada uno de los viajes que Marya había realizado para W.A.

¿Pero viajes a dónde?

Alguien abrió la puerta de los baños y Aletha contuvo la respiración durante varios segundos hasta que escuchó el sonido de un grifo, acompañado del burbujeo del dispensador de jabón y, posteriormente, del secador de manos. Una trabajadora más. Posiblemente con rutinas normales. Una compañera que ahora abría la puerta y se convertía a un rumor de pasos. Alguien que no se tenía que preocupar por comprender si trabajaba para una empresa que, en realidad, se dedicaba a espiar, extorsionar y quién sabe qué más cosas a personalidades del mundo de las finanzas. Todo cobrándose la vida de sus trabajadores en el proceso. Como Marya, que había viajado demasiadas aveces a algún sitio identificado con códigos como L3δ para para comprobar la “evolución de un empuje”. Fuera lo que fuera que eso quería decir.

Miró al techo. A la luz fría de los fluorescentes. Bajó la mirada y expulsó lentamente el aire. Miró la punta de su zapato rozado. ¿Cómo era posible que en las tres páginas que había leído se concentrase tanto horror? ¿Qué podía hacer ella, que hasta hacía apenas una hora se enorgullecía de su trabajo, de la ayuda que brindaba a quienes “pasaban demasiado tiempo frente a la pantalla”, en su mayoría informáticos y estadistas encargados, creía ella, de valorar tendencias financieras? ¿Cómo había contribuido a lo que Stephanie llamaba, según lo que aparecía en varios momentos del informe final sobre Marya, “la necesidad de cerrar una línea personal”?

Era ridículo quedarse paralizada en el baño de la empresa. En todo caso debería salir de allí. Irse a un lugar en el que pudiera pensar y buscar sentido a lo que acababa de descubrir. 

Estaba a punto de abrir la puerta del aseo cuando una idea la paralizó: ¿y si todo fuera tan macabro como parecía? Necesitaría algún tipo de prueba para ir a las autoridades… Sacó su teléfono y comprobó que seguía teniendo acceso a sus carpetas de trabajo. Incluida la recién agregada MogAus-Verlaufskontrolle. Sin pensarlo dos veces utilizó una app de compresión para enviar todos los datos a su nube personal. Permaneció de pie observando la barrita azul marcar porcentajes ascendentes hasta que vio aparecer el mensaje de “Copia completa”. Respiró varias veces. Pensó en lo que iba a hacer una vez que volviera al mundo de la moqueta azul: se dirigiría a su despacho. Escribiría un breve mensaje a Stephanie diciendo que se encontraba mal. Bajaría por las escaleras. Saldría a la calle y se subiría en el primer tranvía o autobús que la llevase hacia el noreste de la ciudad, iría a casa de Aya y le contaría todo lo que había pasado. Su amiga, una hacktivista a la que había conocido por casualidad en un curso de cocina japonesa, siempre tenía un buen consejo preparado cuando el mundo de alguien giraba demasiado rápido.

Salió del aseo. Se lavó las manos de manera mecánica. Salió al pasillo. Al fondo, junto a la fotocopiadora, estaba Stephanie hablando con una de las jóvenes informáticas de la cuarta planta.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la oficina de Payroll. Cuando estaba llegando a la primera mesa no pudo más y comenzó a correr hacia el ascensor.

El botón estaba frío. La flecha indicaba que estaba subiendo. Recordó su plan y giró a la izquierda. Abrió la puerta de cristal que llevaba a las escaleras y comenzó a bajar escalones de dos en dos. Llegó a la planta baja y pasó frente a la recepción sin saludar al chico en prácticas que siempre trataba de pronunciar bien su apellido y quería aprender cada día nuevas palabras griegas. Frente a la puerta de salida vio a dos hombres vestidos con ropa casual pero elegante, pensó de inmediato que era el obvio uniforme de los headhunters. Pensó en Marya. Notó un escalofrío cuando pasó entre ellos para llegar a la calle. 

La Friedrichstraße la saludó con un bienvenido golpe frío. Caminó varios pasos antes de recordar que había dejado su abrigo y su bolso en la oficina. Al menos tenía su teléfono. Caminó hasta la parada del N2 que la llevaría en la dirección correcta.

Llegó a la parada y se dio cuenta de que en su teléfono parpadeaba una luz violeta. Mail del trabajo. Desbloqueó la pantalla con algo parecido a una premonición y casi no se sorprendió cuando vio quién era el emisario. 

Miró hacia atrás. Entre la gente creyó ver a un hombre calvo que trabajaba en la oficina. ¿La estaban siguiendo? Escuchó el sonido de metal contra metal y giró la cabeza. Se acercaba un tranvía, pero no era el suyo. Daba igual. Volvió a mirar hacia el edificio de su oficina. Todo parecía tranquilo. No veía a nadie vestido con el traje azul marino de seguridad. El hombre calvo que creía haber visto era posiblemente un turista cualquiera.

Respiró tranquila.

Guardó el móvil en el bolsillo delantero de los vaqueros y se dio cuenta de que estaba temblando de frío.

Varias personas comenzaron a gritar a su espalda. Entre las varias personas esperando el tranvía pudo ver que sobre las vías, a apenas dos metros de donde estaba, parecía haber un hombre tumbado. ¿Otro borracho que se caía del andén? El quejido de las ruedas del tranvía frenando contra los raíles parecía un grito, y se horrorizó al ver el frontal del vehículo amarillo y blanco acercarse al apeadero.

 Un hombre se pelo largo y ligeramente desaliñado se paró frente a ella y comenzó a hablarle rápidamente en inglés.

- Te están siguiendo. Saben lo que sabes. Ahora eres un riesgo de seguridad. Ellos no toleran riesgos.

Cara alargada. Pelo moreno muy canoso. Zapatillas de deporte un poco sucias. Abrigo verde oscuro que ahora estaba en la mano del hombre, frente a su cara.

- Ponte esto. Camina conmigo hacia la Georgenstraße.

Acento extranjero. No alemán. No norteamericano ni inglés. No griego, pero, quizás, similar. El abrigo, que ahora llevaba puesto sin ser consciente de haber tomado la decisión de aceptar, resultaba cálido. La mano del hombre en su brazo, apenas un roce que indicaba una dirección. 

- ¿Quién…?

Antes de que su cerebro se diera cuenta de que no había terminado la pregunta, sus pies ya habían comenzado a moverse. El hombre la seguía. Se dio la vuelta y vio al hombre que caminaba exactamente detrás de ella, como si de alguna manera la estuviera imitando. Por encima de su hombro derecho vio el tranvía inmóvil a pocos metros de la parada y a varias personas entorno al hombre que estaba sobre las vías. Entre la gente pudo ver una cabeza calva que giraba en diversas direcciones, buscando sin encontrar.

El hombre del pelo largo volvió a rozar ligeramente su brazo.

- Vamos. Tenemos poco tiempo para salir de aquí. Tenemos poco tiempo para impedir lo que están a punto de causar.

Siguieron caminando. El abrigo olía ligeramente a eucalipto. Recorrieron unos cuarenta metros de la Georgenstraße en silencio, con Aletha mirando hacia atrás cada pocos pasos y el hombre, que ahora no le parecía tan mayor como inicialmente había pensado por su pelo cano, ligeramente más relajado, siguiéndola unos pasos por detrás. 

- Un momento -dijo la voz a su espalda.

Se detuvieron frente a una tienda de ensaladas y el hombre comenzó a buscar entre un manojo de llaves hasta que encontró una pequeña con la que abrió la robusta cadena que unía dos bicicletas a una señal de tráfico. 

Aletha lo miró confusa. La cadena era claramente nueva, las bicis no. 

- Salgamos de aquí, rápido.

Se montó en una desvencijada bicicleta de mujer y le ofreció la otra, con mejor aspecto.

- No voy a ir a ningún sitio. Ni siquiera sé quién…

- Winkler es una tapadera para un negocio ilegal de manipulación y  extorsión. Han causado directa o indirectamente la muerte de varias personas…

El hombre dejó de hablar. Su mirada pareció perderse en los entresijos del sucio empedrado.

- …entre ellas gente que tú conoces. Hay una chica que está ahora en peligro sin saberlo, y tenemos que ayudarla. La información que tienes en tu poder es muy importante y ellos no quieren que salga a la luz.

- ¿Como sabes a quién conozco, qué tengo en mi poder o quién soy yo? -preguntó Aletha, mientras cogía el manillar de la bicicleta.

El hombre dio la vuelta al pedal para dejarlo justo bajo su pié izquierdo y se preparó para tomar impulso. Casi como un niño que no está seguro de poder seguir el ritmo de pedaleo una vez en marcha.

- Estoy en su sistema, por así decir. Llevo años observándolos. Han hecho daño a mucha gente.

Se masajeó la nuca con tres cuidadosos giros de muñeca, volvió a aferrar el manillar de gomaespuma negra de su bicicleta y se lanzó hacia delante, pedaleando un tanto inestable junto a los raíles hundidos del tranvía.

Aletha miró hacia atrás una vez más y pensó en el hombre calvo en la parada, en los informes de MogAus y en Marya. Pensó en que la vida era a veces muy extraña, y que eso no le gustaba. Como no le gustaba seguir a nadie a ciegas. 

El hombre seguía pedaleando en línea recta, sin esperarla, a unos quince metros de distancia. Aletha se subió en la bici, avanzó varios metros tratando de no hacer demasiado ruido y, al alcanzar el cruce con la Planckstraße, cruzó las vías hacia la izquierda y se lanzó a pedalear como si estuviera en una clase de spinning. 

Si la información de las carpetas era importante, ella sabía exactamente como darla a conocer a través de las redes de filtrados de internet. No le hacía falta que nadie le dijese qué hacer. Podía cruzar el río y llegar a casa de Aya en menos de media hora.

En la Georgenstraße, avanzando con tranquilidad sobre una bicicleta ligeramente oxidada y sin mirar hacia atrás, el hombre de pelo entrecano y zapatillas de deporte sonreía aliviado.


2.7.17

6:48


- Nada de eso, Tito -cogió su vaso y lo puso a la altura de sus ojos-. Cabrón -los hielos que aún no se habían convertido en agua chocaron contra el cristal-. No tienes ni idea -se limpió el esputo de la comisura de la boca con la mano-. Ahora se llama el Jardín Escondido, y ponen solo reguetón y música así -bebió los restos del cubata aguado-. Lo que era el Mercedes ya no existe -el minúsculo esputo burbujeante volvió a aparecer-. Así que olvídate de la camarera aquella que nos invitaba a los chupitos.

Y Tito lo miró con ojos de agua. Y los dos volvieron a reír con la misma risa floja que les entraba al final de cada viernes de juerga. Porque estaban casi ya al final de la noche, y esas horas y esa sensación eran el principio motor de todo. Todo.

Gestas dejó de reír cuando un ataque de tos lo dobló sobre la madera anclada al muro que hacía de mesa, dejándole un hilillo de saliva sobre la barba entrecana, y amenazando con tirarlo al suelo, junto a las cuatro botellas de cerveza que se tambalearon y que Tito abrazó con torpeza evitando que el desastre fuera a más. ¿Había bebido más de lo normal? No, quizás había cogido frío antes.

Eran las cuatro y media de la mañana y en el Sara’s Land quedaban solo siete personas, que no suponía demasiada diferencia respecto al número de clientes que había tenido el local en el punto más álgido de la noche, cuando quizás llegaban a sumar doce. Paco, el dueño, llevaba una hora obsesionado con un grupo desconocido y había puesto ya dos veces seguidas la misma canción que repetía “Afraid of the ice, ice”. Desde el divorcio, hacía un año, abría cada día y estaba solo al otro lado de la barra, cayendo en furias musicales e ignorando a veces a los clientes. Había un par de chicas que se reían en el otro extremo de la barra, bajo el cuadro de Joan Baez. Eran de las históricas, con décadas de alcoholizaje en el Sara’s, y a estas horas, como siempre, pasaban de los susurros a las voces sin darse cuenta, mientras bebían sin pausa de sus gintonics manchados de carmín óxido. Junto a la puerta de los retretes había tres chavales, universitarios, bajando la media de edad del local justo por debajo de la cuarentena. 

Tito trató de recordar cómo habían sido ellos realmente, cuando tenían su edad, cuando estaban todos los que eran, y eran Gestas, Nando, Rubo, Migue, Ricardo y él. Más allá de la versión romántica que podía evocar fácilmente. ¿Habían tenido también esa pinta de pardillos? ¿Habían ido alguna vez de excursión a un bar cutre como el Sara’s, fingiendo que su presencia era algo normal, en vez de estar caminando seguramente por el lado salvaje, donde borrachuzos que doblaban su edad se escondían de la realidad? Seguro que sí. Recordaba una vez haber ido a un puticlub con Gesta, Nando y Migue, ignorando a las chicas con lo que ellos consideraban elegancia. Idiotas.

Gestas dejó de mirar su vaso vacío y siguió la mirada de su compañero hasta los chavales. Por un segundo Tito pensó que iba a decir algo, pero, en lugar de eso, Gestas le dio una palmada en la espalda y comenzó a caminar hacia el baño como si los zapatos le patinasen y las rodillas se le doblaran por voluntad propia, sin tener en cuenta ninguna necesidad práctica de desplazamiento. 

Al llegar al final de la barra, Gestas dedicó ostentosamente un saludo quizás militar a las dos chicas, que volvieron a reírse aún más alto, mientras él abría de un empujón demasiado fuerte la puerta del baño.

- ¡Gerardo, coño -gritó Paco, levantando los ojos de la funda de un vinilo-. ¡Cuidado, joder, que el azulejo es nuevo!

Y volvió a centrarse en su disco unos segundos antes de dejarlo sobre una pila de vasos de martini que Tito no veía en manos de clientes desde que Sara había dejado de trabajar allí. El camarero se quedó mirando la puerta del baño durante unos segundos y Tito intuyó lo que iba a pasar. Porque casi siempre pasaba así. Con un gesto de enfado dio una palmada al interruptor y las lámparas halógenas del local lo bañaron todo con una cruel luz blanca de hospital.

- ¡Hala! ¡Todos fuera! Se acabó la noche -y apagó los altavoces con brusquedad-.

Tito vio que solo a los universitarios les pareció extraño. Miraban a Paco con algo cercano al miedo. Las chicas dejaron las copas en la mesa y se tambalearon hasta sus abrigos. Tito se puso la chupa de cuero, con cuidado de no tirar mucho de la manga derecha, que estaba medio rota bajo la axila, y cogió el bulto descolorido que era la parca de Gestas. Dio dos palmadas en la barra y comenzó su propio serpenteo etílico hacia la puerta de salida.

- ¡Hasta mañana, Paco! -saludaron las chicas llevando su risa a la calle-.

El camarero las miró con algo entre desprecio e indiferencia, y levantó la mano derecha en un gesto que era sin duda un imperativo de movimiento.

La puerta del baño volvió a chocar contra la pared y Gestas salió peligrosamente rápido hacia la calle, secándose una mano en los vaqueros y frenando solo al encontrarse con los pies sobre la acera.

- Hasta la próxima semana, Paco -murmuró Tito mientras cerraba la puerta a su espalda, sin querer saber qué tipo de gesto le estaría dedicando el camarero-.

Gestas giró y tropezó con su propia pierna, cayendo con dos manos sobre el capó de un coche que, por suerte, no tenía alarma.

- Ahora a casa, que solo quedan viejas y borrachos -sentenció Gestas incorporándose y agarrando el hombro de Tito durante unos segundos-.

- ¿Estás como para llegar bien? -preguntó Tito-.

- ¿Tienes miedo que llegue a casa de tu madre? -Y Tito comprendió que este sería uno de esos finales de noche agresivo-testosterónicos.

Gestas se alejó unos pasos y se puso la parca, apoyado contra el muro del Sara’s.

- ¿Seguro que mañana no quieres venir al brunch con los demás? -preguntó Tito-.

Como respuesta le llegó una mirada divertida y una peineta salida de una mano tambaleante.

- No. Hacéis esas mariconadas demasiado temprano -se separó de la pared y caminó unos pasos vacilantes-. Pero si la cosa se alarga y vais a cenar, entonces sí. Que mañana no tengo nada.

Y Tito asintió ante la obviedad apoyada por la rutina solitaria de los últimos cuatro años que Gestas llevaba sin novia.

- En cualquier caso -siguió Gestas ajustándose la parca sobre los hombros y subiendo la cremallera-, ¡qué te jodan! -Y volvió a repetir la peineta, esta vez a dos manos-.

Y Tito le devolvió el gesto, añadiendo con cariño un cierto movimiento del dedo corazón.
- Hablamos mañana, ¿vale?

Y Gestas le sonrió y asintió. Se giró con cierta estabilidad y se fue calle abajo, tosiendo y apoyándose cada pocos metros contra la pared. Hacía años que Tito había comprendido que  Gestas prefería volver a casa solo. Estaba seguro de que, en pocos minutos, su amigo se metería en algún garaje y vomitaría silenciosa y profesionalmente en un rincón. Años de experiencia le habían dado una habilidad magistral en el arte vomitivo, algo que, según él mismo decía con cierto orgullo, le quitaba la mitad de la borrachera. Pero Tito sabía que los fines de semana de Gestas se dividían entre el salir del viernes, el dormir medio día el sábado, la ocasional fiesta repetida del sábado noche, como aquella, y el domingo de relax en casa. Todo ello regado de abundante alcohol, diferentemente contextualizado.

La música volvió a sonar en el Sara’s cuando los chicos salieron con la luz de tres móviles iluminándoles la cara, y Tito lo interpretó como una señal para emprender el camino a casa. En una escala del uno al once, estaba borracho un ocho. Nada mal. Estaba agradablemente entumecido y feliz, pero, al mismo tiempo, mañana se podría levantar a las diez para ir a desayunar con el resto del grupo. Misión cumplida.

Tardaba unos quince minutos en llegar a su casa andando. Uno de los factores para alquilar su actual piso, ignorando otros que, por el mismo precio eran quizás más grandes o más luminosos, era su proximidad a la zona de copas. Cuando era más joven y vivía con sus padres, el camino a casa le llevaba casi una hora a pie, o tenía que coger un taxi o esperar al bus cuando la noche se alargaba. Así que uno de sus pocos caprichos como adulto había sido elegir un piso que le permitía emborracharse ocasionalmente y volver a casa cómodamente, disfrutando de unos minutos de aire frío para despejar, pero sin sufrir la agonía del peregrinaje borracho, con sus acechantes ganas de mear en cada esquina, los ocasionales ataques de hambre incontenibles y el desgaste emocional generalizado, que a veces quitaba brillo a noches de amigos y alcohol. Ya no lo hacía mucho, lo de emborracharse entre semana y volver a casa. Ahora era casi solo los viernes y algún sábado. Sabía que para Gestas era un poco diferente. Sabía que, a veces, se le podía ver los miércoles a medianoche salir tambaleándose de una cafetería cerca de su casa. También había aprendido que, durante la semana, era mejor hablar con él antes de las ocho, si uno tenía que tratar algo importante. De no ser así, era bastante posible que respondiese al teléfono una de las personalidades ligeramente cargadas de Gestas, bien fuera el bromista, el apático o el malhumorado. 

Sin darse cuenta, se encontró ante su portal, con la llave en la mano. ¿Cómo había hecho para cruzar tantas calles?

Cerró la puerta de su casa antes de encontrar una respuesta.

Sin pensar demasiado, comenzó su propia rutina alcohólica. Una serie de acciones ya casi mecánicas perfeccionadas con los años. Dejó los zapatos bajo el armario de la entrada y se desnudó en el salón, estirando toda la ropa sobre varias sillas. Fue al baño, donde había dejado uno de sus pijamas viejos, y se lavó la cara. Se balanceó hasta la cocina, sacó de la nevera unos espaguetis con pisto y chorizo y los calentó en el microondas. Mientras esperaba a su chute de hidratos de carbono contra la resaca, se bebió dos vasos de agua. Comió sentado, obligándose a masticar y a beber otro vaso de agua. Abrió la ventana del salón para que airease la ropa y cerró la puerta. Fue al baño y se limpió los dientes. Fue a su habitación y se metió en la cama, comprobando con satisfacción que antes de salir de juerga se había acordado de desplegar sobre la mesilla de noche su “paquete de resurrección” para mañana. Pensó en Gestas tambaleándose calle abajo, y en sus hilos de baba cada vez más presentes. 
La noche había sido tan rutinariamente genial, que no se dio ni cuenta cuando se apagó la luz.


El móvil lo despertó con su progresivo ronroneo. Lo apagó con un movimiento casi instintivo y se apoyó sobre un codo con los ojos aún cerrados. Le dolía la cabeza, pero a un nivel tolerable. Bebió despacio el primer vaso de agua que alcanzó con un ligero giro de la mano, unos centímetros más allá del móvil. Respiró tranquilo, evaluando su capacidad de pensar y otras consecuencias de la borrachera. Unos vecinos hablaban a voces en el patio de luces. Notaba un dolor extraño en la boca, posiblemente había vuelto a apretar la mandíbula mientras dormía, mordiendo demasiado fuerte.

Abrió los ojos. Sus lacrimales tenían residuos arenosos. La habitación olía a un cierto tipo de agrio que su cerebro desechó, con experiencia, antes de llegar a catalogarlo como fracaso. Se sentó al borde de la cama y encendió totalmente el móvil, preparado para el aluvión de mensajes acumulados que, sin duda, empezarían a llegar. Bostezó y estiró la espalda, provocando un reconfortante crujido. Rompió el paquete de plástico de la magdalena que estaba en la mesita y la comió de cuatro bocados lentos. Se obligó a respirar.

Solo quince mensajes del grupo “Aún aquí (ahora con juniors)”. Odiaba el nombre, pero había sido idea de Verónica, y, obviamente, Rubén apoyó la idea, porque las llamadas “juniors” eran también sus hijas, y el resto lo aceptaban porque se preveía la llegada de más. Pero cada vez que tenían que hacer planes a través de ese grupo, a Tito le asaltaba la misma sensación de desilusión existencial. 

Como cada segundo domingo del mes, el núcleo duro del viejo grupo de amigos se juntaba a las once para desayunar-comer en un bar de inspiración inglesa. El objetivo era no perder demasiado el contacto, ahora que las nuevas rutinas de pareja, nunca llamadas obligaciones, hacían que fuera más difícil o, imaginaba, menos atractivo, juntarse como antes para ir de fiesta.

Se levantó y fue al baño, agradecido, como siempre, por haber invertido tiempo de la tarde del sábado en dejar preparada sobre el bidé la ropa que llevaría al brunch. La cuestión era no tener que pensar nada al volver a casa de borrachera, y poco al despertarse de resaca.

Se sentó en el retrete y se dejó ir por unos minutos, sin prestar demasiada atención al rito purificador de la diarrea post-etílica. Todo normal.

Encendió la radio y entró en la ducha. Había un poco de moho en la cortina, tendría que cambiarla. Pero era la que ella le había comprado, cinco años antes, y no la quería tirar. Quizás la podría limpiar con lejía. Se duchó y vistió con calma, sabiendo desde el principio que iba a llegar media hora tarde, como de costumbre. 

Miró el teléfono para ver si Gestas se había conectado, por casualidad, pero el teléfono confirmó la estadística de casi cada domingo. Era aún temprano.

En la calle no hacía frío, pero tampoco calor. Había gente en las terrazas de los bares, pero no demasiada. Era una mañana de domingo perfecta. Caminó sin demasiada prisa y llegó cuarenta minutos tarde a El mirador de Thule. Todos estaban ya comiendo y, más allá de algunos saludos a voces y sonrisas manchadas de salsa barbacoa, solo Nando se levantó a darle un abrazo. 

Cuando pasó de alas de pollo, huevos revueltos con bacon y caña -¿mirada quizás preocupada de Mónica a Ricardo cuando la pidió?- a los cruasanes con café, había ya comprendido que sería uno de esos domingos en los que la desconexión con sus amigos se hacía dolorosa.

Fue al baño y aprovechó para escribir a Gestas. No quería seguir allí. Llevaba ya dos horas el Thule, nadie le diría nada si se marchaba. Podía dar un paseo por el parque, recoger un poco casa y buscar alguna manera de terminar el domingo de manera que la semana no empezara con una sensación de vacío aún mayor. Quizás podía llamar a Gestas y cenar una pizza con él, sin demasiadas birras.

Volvió a la mesa y se disculpó, diciendo que no tenía el estómago muy bien. Moderada preocupación y ninguna insistencia en que se quedara. La conversación había vuelto de manera natural a la nueva casa, las vacaciones, la nueva televisión, la asociación de padres del colegio, la antigua amiga re-encontrada en Facebook. Todo era normal. Todos eran normales.


Se fue caminando, convencido de que las cosas cambiaban sin cambiar. Quizás él también recibiría en algún momento el impulso químico-vital que le haría convertirse en otro sí-mismo. Miró el teléfono buscando una distracción. Gestas no daba señales de vida.

15.2.17

historia de la fotografía


Yo de niño en los cascotes
de una ciudad derruida.
Es cierto.
Sin metáforas, ni abuso
de licencias poéticas:
un pueblo
abandonado en Castilla.

Fui el hijo bajo el sol,
que aprende
a hacer fotos con el padre.
Comprendía —extrañamente— sus palabras,
sus números, su
velocidad
y su apertura.
Entendí cuando me hablaba
de la sensibilidad.
Más o menos
luz, recuerdo,
y su correspondiente grano final.

Pasos
cuidadosos, cámara en mano.
Encuadrar.
Enfocar.
Disparar.
El peso al cuello, la correa sudada,
la vibración de cada avance.

Iniciación. Pertenencia.

35 milímetros de ruinas
desamparadas,
de pilares rotos,
de ventanas que el esfuerzo
podría quizás abrir
a una desolación
y dejadez de años.
Quién sabe si a un tesoro perdido,
oculto.

Carrete verde, 32
exposiciones, media hora
para buscar las líneas de fuga en pantalón corto,
y los ojos entreabiertos,
y el ceño
fruncido de alegre responsabilidad.

Seguro de ver algo que hoy
no ha sido aún revelado.






27.1.17

arqueología frente a la decepción

no es temor, aún, al fundido en blanco,
ni remordimiento como espresso
romano a medianoche.
es angustia de demencia sin aviso
ante esta
convencionalidad
indiscutible
del placer conquistado con hastío.
la cama a cinco almohadas y esa máquina
que microespuma la leche en la mañana
mientras la osadía se cubre de recuerdos y polvo
en el mismo estante en el que ordeno,
cada mes,
todos los libros que no supe
escribir.

este esputo de bilis que me endulza el ego es
un redoble olfativo hacia el futuro.

¡Miradme cavar en lo mediocre!
busco con sonrisa nueva y ansias renacidas
en las ruinas sepultadas de mis sueños.

1.3.16

La mujer tras el ventanal oscuro




Las cosas no estaban bien. Para nada. No era justo. Ella había tenido tres hijas que ya vivían fuera de casa, y había trabajado cuarenta y dos de sus sesenta y nueve años. Había enterrado un marido y un hermano. Los únicos hombres en su vida. Había hecho las cosas como se tienen que hacer. Y las seguía haciendo, aunque a su edad debería estar recibiendo las atenciones de otros, y no preocupándose por todo. Pero no se podía hacer nada, solo seguir haciendo las cosas bien.
Cada día se despertaba a las siete de la mañana para hacer el desayuno, aunque no siempre tenía gana de desayunar. Se duchaba y limpiaba la casa. Salía a la tienda y recogía el correo.

Una vez a la semana iba a casa de Miriam y su hermana para tomar café y hablar durante dos horas. El primer sábado de cada mes iba con un grupo de la parroquia a caminar por el bosque. Un domingo al mes comía en casa de una de las dos hijas que aún vivían cerca. Se alternaban. Una vez al mes comían en su casa. También se alternaban.

Cuando llovía, recogía las sillas de la terraza y las guardaba en el salón, para que no se estropeasen. Otras vecinas habían comprado sillas de plástico, pero ella no. No eran de su estilo. Ella seguía teniendo las mismas sillas de madera que les habían regalado sus padres después de la boda.

Vivía en el número 36 desde que se había casado, a los 21 años. Otras chicas de su edad habían repudiado las formas de hacer las cosas de la generación anterior, pero ella no. Su madre había sido una mujer ejemplar y su padre un hombre de verdad. De los que no se veían en el nuevo siglo. Ni, desde luego, en el recién estrenado.

Su casa era su palacio y su fortaleza. El edificio era quizás más humilde de lo que a ella le hubiera gustado, pero ella había conseguido, con el paso del tiempo, convertir el interior en un hogar casi a su altura. Gas en la cocina y porcelana en el baño. Su único pesar eran los muebles del salón; los había cambiado dos veces en toda su vida. Y el segundo cambio había sido un error. Por culpa de no saber decir que no a su ahora difunto marido, que había sido un buen hombre, pero no tenía buen gusto.

Muchas cosas eran nuevas en el barrio. Las tiendas habían desaparecido casi por completo y los supermercados eran la norma. Los bares seguían estando allí, pero casi todas las cafeterías habían cambiado de nombre o de estilo.

El hijo del carnicero, que a pesar de su trabajo era un auténtico caballero, había traspasado el negocio tras la muerte de su padre y ahora una cadena vendía los filetes. La calidad era buena pero a ella no le gustaba comprar ahí. Ya no era lo mismo.

El edificio de enfrente lo había comprado una empresa que lo alquilaba barato y se había convertido en un nido de extranjeros, bajando el caché de toda la calle. Eran casi todos de fuera, sobre todo gente en apariencia respetable y de su edad, pero, alarmantemente, cada vez llegaban más parejas jóvenes que no respetaban los horarios y dejaban las bolsas de reciclaje en la calle, cuando los cubos estaban llenos. Había una pareja en el segundo, una en el tercero y dos -¡dos!- en el último piso. Por curiosidad se había acercado a mirar los nombres en los buzones del portal, y estaba claro que muchos no habían nacido ni siquiera en Europa.

A pesar de la amenaza extranjera, sus días eran tranquilos, aunque quizás un poco monótonos. La radio ya no ponía nada interesante y se había cansado de escuchar siempre los mismos discos, y la televisión era solo basura, así que, para entretenerse, solo leía. Y miraba por la ventana desde su sillón, dejando las luces apagadas, para pasar las horas muertas.

Ella no era una mujer demasiado curiosa, pero tenía derecho a saber lo que pasaba en su calle. Al fin y al cabo, la mayor parte de quienes vivían allí eran recién llegados. Una no podía fiarse del todo y asegurarse de que todo fuera bien era algo inteligente y de servicio al barrio. Además, no hacía daño a nadie, si, a veces, usaba los prismáticos de su marido para ver mejor lo que pasaba al otro lado de los cristales. Era un entretenimiento inofensivo.

Laura, la pequeña, le había gastado algunas bromas al respecto cuando encontró los prismáticos en la cesta de la lana, junto a sillón. Siempre había tenido un sentido del humor un poco extraño. Pero no se lo tenía en cuenta,  era así porque no había tenido ningún problema en la vida, y eso llevaba a la frivolidad. No era culpa suya. Entre el exceso de atención de su padre y la mano blanda que había tenido ella misma, por aquello de tratarse de la última de las hermanas, y que ella ya estaba un poco mayor, y trabajando demasiado cuando la tuvo, las normas que habían sido de hierro para las dos primeras se relajaron bastante. Y eso se notaba ahora.

La pequeña se había ido a vivir con su novio a 300 km, llamaba una vez a la semana y actuaba como si fuera del todo normal. Ella creía que a su novio no le gustaba que Laura volviera a casa, y ella, claro, se dejaba influir por su opinión. Seguro. La veía una vez cada dos meses, más o menos, y siempre estaba insistiendo en que ella debería ir a pasar unas semanas a su casa, porque ella y su marido se habían comprado una casita de campo, aunque no tenían hijos, ni prisa por tenerlos. Pero ella no quería ir a pasar unas semanas a ningún pueblo. Si hubiera nietos de por medio, quizás, pero sin ellos, no. Aunque alguna vez pensó en hacerlo para ver de cerca cómo se llevaban los dos en casa.

El vecino de enfrente había vuelto a abrir la ventana de la terraza. Era uno de los extranjeros, rumano, imaginaba. Estaba casado con una chica normal, que aparentaba ser de la región, pero estaba claro que era una de esas parejas mixtas en las que ella trabajaba y él hacía el vago, cobrando, seguro, como todos ellos, dinero del estado sin mover un dedo. Habían llegado tres meses antes y aún seguían viviendo entre cajas, o al menos ella podía ver un montón de cartones apoyados contra la pared. Se les veía moverse por la casa como si ya estuvieran instalados pero las cosas básicas estaban aún por hacer: las lámparas seguían siendo cables y bombillas, no había decoración en las paredes y aún no habían limpiado la terraza, que seguía medio cubierta por el plástico que los pintores habían dejado cuando los anteriores propietarios, una pareja de rusos, habían dejado el apartamento. Eso sí era un desastre. Plástico gris asomando por los bordes del balcón, como si fueran bolsas de basura. Se lo había comentado a la presidenta de la comunidad, que lo era de todo el grupo de casas, pero ella era también, como Laura, una de esas chicas jóvenes que creían que todo está bien, y que había que tolerar lo intolerable. La mayor parte de sus conocidas no veían las cosas como ella, no veían el peligro. Pero ella sí. Porque ella se mantenía vigilante.

Ella había salido por el portal a las 8:15, pero él seguía en casa, como siempre. Iba vestido con unos pantalones de deporte grises, como los que les había comprado muchos años antes a sus hijas para la escuela. Llevaba siempre camisetas de manga corta y siempre los mismos pantalones. Ella se preguntaba cómo era posible que ninguna mujer normal pudiera interesarse por un hombre así.
Se levantaban cada día de la semana a las 7:30… o a esa hora subían las persianas, aunque no abrían las ventanas hasta mucho más tarde, algo que había comentado también con la presidenta, porque en los contratos se estipulaba que los inquilinos debían ventilar adecuadamente. Y después de una noche cerrada, la casa, toda casa,  sobre todo la de los de fuera, que cocinaban cosas más fuertes, huele mal y necesita aire. Pero sus quejas habían sido ignoradas.

Ella trataba de hacer todas las cosas bien y no era justo que ahora, cuando estaba en lo mejor de su vida y necesitaba descanso y tranquilidad, llegaran estos nuevos inmigrantes y les tomaran el pelo a todos, quedándose en casa sin trabajar y usando el dinero de sus impuestos para hacer lo que hacía el chico rumano de enfrente, quedarse sentado en la mesa junto a la ventana, delante de un ordenador, haciendo quién sabe qué cosa. Comía incluso así, como un animal, sentado en el mismo sitio. Y así se pasaba las horas, hasta que volvía la chica.

A veces los veía salir por el portal cogidos de la mano. Les había visto una vez besarse durante varios minutos en la misma puerta del edificio, ¡como si estuvieran en su propia casa! Seguro que ni siquiera estaban casados.

Las cosas no iban nada bien. Demasiados cambios en poco tiempo no eran buenos para el país. Sabía que no debía pensar así, pero a veces se descubría a sí misma mirando con ojos comprensivos al pasado.

Aferró los prismáticos con decisión y retomó su ronda, pasando poco a poco de ventana en ventana.


[foto]

26.2.16

Los días de Jesús en la playa



La piel de Jesús parece cuero expertamente engrasado. 

Desde cerca las arrugas y estrías marcan cada uno de sus músculos, perfilan sus huesos, destacan sus movimientos. Desde lejos parece solo un anciano demasiado delgado y moreno. Se aleja de las cabañas desnudo bajo el sol. Con mechones de pelo grisáceo manchado de negro pegados a sus hombros.

Lleva tres meses viviendo en una de las cabañas de la playa, disfrutando de los precios de saldo de la temporada baja. Diez dólares la noche, desayuno incluido. Y el desayuno es tan abundante que, a veces, no le hace falta comer, y llega hasta la cena con solo una papaya o media sandía.

Mayo marca la conquista sin resistencia de los turistas. Ya está empezando a suceder, y eso pone el fin en perspectiva. Anoche han llegado los primeros universitarios con ganas de fiesta y romance frente al océano. Se le acababa el tiempo libre, se acaban los respiros y llega la hora de volver a la vida real y resolver los asuntos pendientes. Quizás un par de días más, si acaso.

Llegó a estar solo durante tres semanas. Eso sí había sido el paraíso. La camarera, Rebeca, le preguntó si no quería ir a otra parte, quizás visitar alguna cala de Puerto Escondido, pero él había dicho que no, que le gustaba mucho estar allí, que quería terminar sus vacaciones en las cabañas.

La arena arde bajo las plantas de sus pies y Jesús da gracias por estar ahí. Por estar aún ahí. La sensación de calor es todo lo que le queda una vez que acepta el dolor, y el mero hecho de sentir es una victoria solo comprensible para personas como él, que viven de prestado. Disfruta de cada segundo, de cada golpe de viento, del calor y las gotas de sudor resbalando sobre el agua de la ducha de hace apenas dos minutos que se evapora velozmente. Disfrutar creando sentido es su única norma vital, ahora.

La música del bar le llega atenuada por el rumor del océano. Se detiene y observa. El mar está bravo y rompe con fuerza contra la playa, cambiado con cada empuje las formas de la arena y haciendo brillar cada vez de modo diferente las rocas negras que separan las dos partes de la cala. 

Los que viven en la zona le dan un nombre fúnebre a la zona, los turistas, uno que parece sacado de una película americana de los setenta. Para Jesús se trata solo de la Playa del Final del Día. Así la llamaba su padre cuando venían de vacaciones. Muchos, muchos años antes. En una época en la que su mayor preocupación no era el recuento de glóbulos blancos sino el de cangrejos tras las rocas. 

El pequeño Jesús estaba convencido de que los crustáceos jugaban con él a esconderse, saliendo de sus inundadas guaridas solo cuando le veían aparecer sobre los charcos. El niño de pelo negro corto, tan diferente pero felizmente similar al hombre de melena ya casi seca, podía permanecer minutos enteros agazapado tras las formaciones oscuras, disfrutando del olor a algas frescas en el agua y podridas sobre los peñones, con los hombros pegados a las duras aristas serradas. Esperando impaciente a que llegase el momento adecuado para subirse de un salto y buscar con la mirada frenética a sus pequeños compañeros de juego, que salían, inevitablemente, corriendo tambaleantes en diferentes direcciones.

En una ocasión había logrado atrapar uno, y aún recordaba el grito victorioso que había lanzado levantándolo sobre su cabeza, antes de que su garganta cambiara de tonalidad, pero no de intensidad, ante la respuesta del cangrejo, que le había hecho una pequeña herida en el pulgar con la pinza. Jesús, ahora con los ojos fijos en las rocas, quién sabe si las mismas, recordó el color rojo brillante de la sangre, el dolor resquemante del salitre omnipresente y las convulsas maniobras del animal, tratando de darse la vuelta tras la caída.

Ser niño otra vez, piensa Jesús, qué delicia volver a cometer todos y cada uno de los errores cometidos. Ser consciente de todo. Equivocarse con intención de hacerlo una vez más. Caerse del sofá de la abuela, quemarse con la leña ardiendo, sentir el sabor del metal después del primer puñetazo, el amargo orgullo de la primera taza compartida con su padre. 

Jesús se estira. Llega el momento de empezar a moverse, el sol quema demasiado para perder el tiempo pensando en el pasado sin prestar atención al aquí y ahora.

 Un poco más, piensa y mueve los dedos de los pies. Se puede permitir el gozo hedonista de la memoria. Respira. 

La decepción tras el primer beso, la deliciosa madurez de la primera bofetada, los primeros amores errados. Todos ellos. Las primeras lágrimas. Las últimas.

Deja de pensar en pesares pasados y comienza a estirarse, milimétricamente. Metódicamente, baja las manos hasta llegar a hundir los dedos en la arena. Siente los granos, uno a uno, permitir el paso de su peso en controlada caída. Se deja ir hasta notar el dolor en las piernas y la parte baja de la espalda. Un relámpago de pura nada le golpea detrás de un ojo, como siempre sucede cuando sucede esto. 

Cae de rodillas. No siente, pero sabe, de alguna manera sabe, que tiene la boca abierta hacia el mar y que un hilo de saliva cae intermitente sobre su mano derecha, que ahora aferra como si la vida le fuera en ello, un puñado de arena. Nota su pulso martillear. Dobla unas piernas que no siente del todo y se sienta.

El mar es azul, azul. Y el cielo es azul, azul. La arena no, es amarillenta, casi blanca. Y los árboles en la parte alta son verde oscuro, y son pocos. 

Se fija en todo y trata de no permanecer demasiado tiempo en nada concreto. Formas, colores, nombres… el repaso de las cosas que los niños aprenden en sus primeros años. Trata de ver si todo está aún ahí, si ha perdido algo importante o solo el nombre de algún tipo de cliente de antaño. Parece que todo está ahí. Respira. Siente alivio y eso le hace sentir mejor.

Los turistas comienzan a caminar hacía él, desde el bar. Espera que no hayan visto anda, que no vengan a preguntarle si se encuentra bien. Sería extraño tener que mentirles o no hablar con ellos. Al otro lado de la playa la chica americana arquea una pierna tras su espalda. Bella y joven. De piel blanca y conciencia cristalina. una hija del new age pero interesante. Ve cómo se sigue moviendo, al ritmo de su meditación en movimiento. Todo va bien.

Estira las manos, despacio, muy despacio, hasta llegar a tocar los dedos de los pies. La uña de su meñique derecho está cubierta de sangre. Puede que se haya arrancado un trozo sin darse cuenta. No es la primera vez que se lesiona y no lo nota hasta minutos después, cuando la sensibilidad vuelve por completo. Abraza con las yemas de los dedos las suelas cubiertas de arena. Piensa en su madre. Nota el dolor en la parte baja de la espalda. No por obstinación sino por no renegar de sí mismo, se obliga a ir más allá y agarrar completamente sus pies, notando el dolor en las piernas y, por fin, la extraña sensación en el abdomen. Regresa despacio a la posición inicial.

Piensa en su madre y sacude la cabeza casi imperceptiblemente, pero él sabe que lo ha hecho. Sabe que ese es un dolor que no puede ya soportar. De todas las personas que han estado o están, ella es la que menos comprendería su presencia en esa playa, con esas aguas en que la gente, muchas veces, sabe cómo entra pero no cómo sale.

Qué pensaría ella si comprendiera que sus historias, contadas como advertencias a un niño, se han convertido en la herramienta del fin para el hombre crecido.

Nota la inmensidad de ese dolor y lo deja pasar.

Cruza las piernas despacio y apoya las manos con cuidado. Respira. Se asegura de anclar los tobillos y toma un pequeño impulso, no brusco, pero decisivo. Levanta su propio peso con sus brazos y se mantiene así unos segundos. Notando el aire y el sol. Escuchando el sonido del mar. Sintiendo el viento que, parece, quiere comenzar a soplar. Escuchando, a su izquierda, el crujir de la playa bajo los pies de unos universitarios que se acercan, riendo y hablando con la despreocupación propia de su edad. ¿De dónde serán? ¿Qué placeres habrán vivido? ¿Qué dolores tendrán que sobrevivir? Tan jóvenes y llenos de tiempo, quizás salidos de los cursos por primera vez para amarse en un paraje exótico. Envidia.

Respira y piensa en fiestas de cuartos pequeños apenas iluminados, en música saliendo de altavoces que creaban distorsiones desapercibidas. Piensa en cigarrillos largos traídos de otros continentes. En chicas que no sabían pero intuían lo mismo que él no intuía, pero esperaba. 

Se deja caer más hacia adelante. Piensa y frunce el ceño. Pero eso había sido en la preparatoria, no en la universidad. 

Su frente toca ya casi la arena y los pasos se detienen a unos metros. Asombro. Quizás respeto. Sonríe y disfruta su sonrisa, disfruta el dolor de su cuerpo unos segundos más de lo adecuado.

En la universidad era casi lo mismo. Cuartos oscuros, cigarrillos, música y chicas. Más alcohol. Más problemas. Empieza a recuperar la verticalidad y llega con deleite anticipado al momento en que sus muñecas lo soportan todo. Suelta el aire y cae menos de un centímetro. Abre los ojos y ve el mar. Los universitarios siguen caminando. Uno de sus dedos sigue cubierto de sangre. Su corazón bate. Aún bate.

Piensa en caminar hacia el mar. No, aún no.

El mundo es hermoso y lo seguirá siendo. También mañana. Quizás, para él, también mañana.

Jesús cierra los ojos y toma aire. Sabe que se prepara para el siguiente segundo, sin saber siquiera si llegará.