10.4.19

Diederich pendular


Christian Diederich fumaba asomado al ventanal de su enorme oficina en el quinto piso, mirando hacia el cauce del vecino Spree, que discurría a unos metros de la lujosa sede de Golden East Gmbh. 

Exhalaba contenidamente, apoyando con fuerza ambas manos sobre el frío metal, mientras un purito casi olvidado se consumía entre sus dedos. Reparó en él por las ligeras volutas que aún desprendía, y se obligó a apagarlo en el cenicero para no ensuciar más el alféizar de metal pulido.

Había tenido que luchar con Recursos Humanos para que dejaran de molestarle con la tontería de fumar en el despacho y de las ventanas solo abatibles. El nuevo milenio había traído innumerables maravillas, sin duda, pero también innumerables estupideces con las que molestar a la gente que aún sabía cómo ser adulta. Por ejemplo, para que cuatro débiles mentales no se arrojasen al vacío si tenían un mal día, debían sufrir todos, con ventanas que casi no dejaban pasar el aire ni permitían fumar como una persona normal. Dejó el cenicero tras una de sus plantas y arrojó la colilla al vacío con un chasquido de dedos viendo como trazaba una pequeña parábola y caía en el río.

Cerró la ventana satisfecho por su pequeña acción de rebeldía y siguió las curvas del río con vista, disfrutando como siempre del espectáculo de aquella división tan elegante de Berlín. Norte y sur… aunque quien sabía cómo mirar, seguía viendo en muchas partes la vieja frontera este y oeste. Y Diederich, que había pasado una gran parte de su vida pendiente de esa frontera, tenía los ojos tan entrenados que no podía ver Berlín de otra manera.

Él seguía siendo el mismo, pero la ciudad había cambiado con los años. Ahora se parecía más a cualquier otra capital mundial prostituida al consumismo de estilo americano, con su aparente diversidad y espontánea libertad de acción catalogada, etiquetada y comercializada de acuerdo a un plan de negocio caníbal que terminaría por ahogarse a sí mismo a base de mediocre repetición. Réplicas de simulacros de autenticidad repetidos en New York o Lisboa o Barcelona. Hasta en Moscú habían permitido que los americanos vendieran sus hamburguesas cerca del Kremlin. Y su ciudad, su gran ciudad a la que tanto había querido, era el mayor ejemplo de esta pérdida de identidad. 

El mundo había olvidado sus valores. Ya no se creía en el bien y el mal, en lo correcto y lo incorrecto. Ahora se creía solo en lo relativo, en lo individual. Cada persona era más importante que el total del país, cada capricho más importante que las necesidades de la nación.

Él tenía su parte de culpa. También él se había dejado llevar por la moda debilitante de la comprensión paternalista y el “todo vale”. Era culpa suya que ahora se encontraran en esta situación, al borde de incumplir su promesa con la Dirección. Todo por su sentimentalismo y el tratamiento especial que daba a Matze.

Se sentó frente a la mesa de metal y cristal y miró su teléfono sobre la mesa. Ahora tenía que arreglarlo sin perder los nervios. Tenía que recordar que ver a Matze como un instrumento más, no como el hijo de su mentor en la Juristische Hochschule de Postdam. Si el Dr. Kelch levantara la cabeza… no estaba seguro de lo que pensaría su antiguo maestro. Por un lado, su hijo era un hombre de carrera y cierto éxito intelectual; por otro, se había alineado con potenciales enemigos del Estado, aunque Diederich reflexionaba frecuentemente en qué estado pensaba cuando hacía esas afirmaciones. La DDR había caído y la URSS se había desplomado, pero algunas estructuras sobrevivían realizando prácticamente las mismas acciones, aunque llevaban un nombre distinto y precisaban licencias de comercio. Ese era el caso de la Golden East Gmbh, fundada por el coronel que había sido su superior en el HA VIII, antes de la caída del Muro.

Diederich se sentía orgulloso del trabajo que había realizado en los últimos 29 años, recopilando información empresarial que fuese provechosa para los amigos de antes, ahora transformados en clientes. Muchos de los jóvenes trabajadores de la empresa creían que estaban ahí solo para ganar dinero, y no entendía que las facturas eran solo una excusa, un mal necesario para realizar una acción de resistencia política. Las nuevas generaciones, en general, no tenían ideales realistas, y muchos se avergonzaban de sus orígenes o, lo que era aún peor, de los ideales de sus mayores.

Matze había sido como esos jóvenes, pero por suerte había reconocido sus errores y había elegido retomar el control de su vida, por tantos años abandonado a los caprichos mercantiles de su empresa, una filial de un grupo de inversiones multinacional, pero con sede en New York. Matze había estado perdido por muchos años. A sus 46 años no había logrado mantener ninguna relación sentimental y, pese a haber alcanzado cierto reconocimiento como matemático, nunca había sido capaz de avanzar más allá de un simple trabajo sin posibilidad de ascenso como manager de un pequeño departamento de criptografía. Solo su arrepentimiento en el último año y su docilidad para colaborar con Diederich, a quien veía como un benevolente tío, le había proporcionado algo de control sobre su propia vida. Matze había comprendido que la empresa para la que trabajaba no le respetaba ni como persona ni como profesional, y había decidido vender a Golden East Gmbh extractos de la información estadística con la que asesoraban a sus muy exclusivos clientes.

La información proporcionada era de un valor incalculable para los superiores de Diederich, y Matze recibía una más que adecuada compensación por sus servicios, aunque él esperaba que el hijo de su maestro estuviera recibiendo también un pago en autoestima y dignidad personal, y tenía la esperanza personal de que un día decidiera dejar totalmente su colaboración con los americanos y aceptase trabajar con él.

Ahí había estado el error. Diederich se había permitido el injustificable lujo de tratar a Matze como una especie de hijo, quizás como un sustituto a ese hijo real que había muerto en 1975 con una aguja en su brazo, engañado por la propaganda de evasión llegada de occidente de la mano del rock and roll y las películas de Hollywood. Matze no era su hijo. Matze era un colaborador que se había mostrado excesivamente caprichoso a la hora de entregar la información que estaba vendiendo.

En total habían realizado ya tres entregas de información. Siempre en almacenamientos físicos, nada de dejar rastros en los ordenadores. Diederich sabía que algunas cosas no cambiaban: un dispositivo anónimo y fuertemente encriptado, escondido en un lugar público de fácil pero improbable acceso, que elige y por medios indirectos la persona al mando de la operación. El individuo que deja la información no conoce la identidad de quien la recoge, y viceversa.

En el caso de Matze, Diederich ordenaba a uno de sus técnicos que hicieran una compra de la lista de deseos que Matze mantenía en un conocido mercado online. El número de elementos comprados (una botella, ciento cincuenta folios…) indicaba qué buzón de información se debía usar, según una lista de doscientas posibilidades que el mismo Diederich había creado. Cuando le llegaba la notificación de la compra, Matze publicaba en su cuenta de una red social de fotografía una imagen de una flor, con un comentario en el que se indicaba o aludía a una hora del día, para confirmar que realizaría la entrega, o una foto de un edificio para negarse. Cuando aceptaba, Diederich contactaba con uno de sus “chicos de seguridad” polacos o rusos y le indicaba dónde debía ir y a partir de qué hora. El chico de seguridad entregaba el dispositivo a otro elemento de seguridad, normalmente en los ascensores de un centro comercial en Alexanderplatz y la información llegaba a Diederich, que se la pasaba a sus analistas para que la presentaran de manera coherente a la Dirección. Todo rozando la perfección funcional de la vieja escuela.

Y ahora llegaba el primer problema del sistema. 

Diederich sabía que cuando un colaborador externo creaba el primer problema era el momento de encontrar una solución rápida a la situación y, muy importante, castigar al culpable para que recordase la importancia de sus acciones. No se trataba de asustarlo tanto que crease problemas para colaboraciones futuras, sino de hacerle sentir que, al igual que las operaciones exitosas conllevaban recompensas, los errores acarrean castigos. 

Diederich abrió uno de sus cajones y cogió una bolsita de cuero en la que había un teléfono móvil con la tapa trasera y la batería separados. Se levantó y, de su estantería, cogió un libro con un hermoso lomo bermellón. Lo llevó a la mesa y separó con un abrecartas la guarda posterior de la contraportada, extrayendo una pequeña tarjeta sim que había guardado allí apenas dos meses antes, esperando no tener que usarla. Encendió el teléfono con la tarjeta dentro y marcó de memoria el número de Matze. Quizás su cabeza no fuera lo que había sido en el pasado, pero aún se entrenaba y repetía cada mañana frente al espejo los doce números que aún necesitaba recordar de manera segura.

El teléfono sonó tres veces antes de que su interlocutor respondiera.

- ¿Sí? Kolch al aparato. 

- Muy buenos días, perdone que le moleste, -comenzó Diederich con su mejor versión de una voz despreocupada- nos comunican que su envío CH8352461 ha tenido problemas, ¿podría repasar por favor todos los pasos realizados para asegurarnos de que el paquete no se ha extraviado?

Escuchó al otro lado de la línea el inconfundible sonido de una brusca inhalación. La respuesta llegó balbuceante y cargada de miedo evidente. El precio a pagar por tratar con aficionados. Incluso cuando conocían los protocolos tenían que pensar para implementarlos.

- Claro. Sí, sin ningún problema. Gracias por avisarme. Revisaré mi envío. Claro.

- ¡Se lo agradecemos! Que tenga un muy buen día.

Diederich estaba apretando el botón rojo cuando una débil voz surgió del teléfono.

- Perdón…

El viejo agente negó con la cabeza. Ahora tenía que pensar en cómo castigar a Matze y qué verdad contar a la Dirección. 

20.3.19

Aletha en paralelo berlinés


Miedo. Fuertes latidos en las sienes. Un ruido antes normal era ahora una amenaza. La puerta de un despacho cercano que se abría. Una gota de sudor corriendo por la espalda. Gente normal a su alrededor y ella caminaba casi sin respirar. Sus pasos por el pasillo con moqueta azul aburrimiento. Intentó inhalar profundamente. Nada que temer en la que llevaba siendo su oficina desde hace cuatro años. ¿Verdad? Se trataba de un error. Respiración entrecortada. Algún tipo de error que se podía explicar con facilidad. Músculos abdominales tensos. Ataque de pánico incipiente. Auto-diagnóstico irrelevante. 

Aletha dio dos pasos. Cuatro. Llegó sin saber cómo hasta los aseos. Dejó que la puerta se cerrara a su espalda y permaneció unos segundos inmóvil, contemplando los azulejos verdes del baño de señoras, con un pequeño cartel que pedía la ayuda de todas las usuarias en el mantenimiento de la limpieza de las instalaciones. Contó los azulejos. Todo muy correcto, muy conciso, muy alemán. Quizás un tanto aburrido para Berlín. 

Respiró.

Sacudió la cabeza. El espejo le devolvió una imagen de sí misma mirándose con el ceño fruncido. Volvió a sentir en miedo. Miró alrededor, porque podría haber alguien. Pero más allá de los lavabos, las cuatro puertas mostraban sus tazas blancas. Se metió en el cubículo final. Bajó el pestillo. 

Respiró en cuatro tiempos.

Se sentó en la tapa del retrete y puso sus manos sudadas sobre los pantalones. La piel de la punta de su zapato izquierdo estaba ligeramente rozada. Cerró los ojos.

Intentó respirar de nuevo desde el abdomen. Intentó tranquilizarse. Intentó buscar alguna explicación racional a lo que acababa de leer.

Olvidó la teoría y volvió a respirar.

Se masajeó las pantorrillas. Arrancó un trozo de papel higiénico y se secó la frente, que estaba perlada de sudor frío. Notó como algunos parches se pegaban a su piel. Se frotó, arrancando rollos de fina y alargada celulosa que podían perfectamente ser restos de sudada incredulidad.

No era posible. 

Stephie les había dicho que Marya se había trasladado a Múnich con su marido. Pero si eso era verdad, ¿qué sentido tenía el informe? ¿Para qué mentirles si luego iba a compartir una carpeta llena de valoraciones y transcripciones de sus sesiones con los trabajadores? ¿Era algún nuevo tipo de prueba de seguridad interna? ¿Se había equivocado la directora de Recursos humanos al asignar derechos de acceso? ¿Todo el departamento tenía acceso a la información? ¿Debería decirle algo? ¿A qué se dedicaba la empresa para la que trabajaba?

Parpadeó varias veces. Intentó ralentizar la respiración. Falló. Y falló. Y falló. 

Apoyó las manos contra la pared plásticas y notó su textura. Su tacto frío. La ligera pátina de algo que hacía pensar en tiempo y volvía la suave superficie ligeramente resbaladiza y pegajosa al mismo tiempo.

Habían hecho algo a Marya. Al menos ese era el resumen del informe que acababa de leer. El trabajo de Marya no era ser una headhunter para Recursos humanos. Trabajaba en algo llamado MogAus. ¿Un departamento o servicio de Winkler Analytics del que nunca había oído hablar? ¿Pertenecía quizás a las oficinas de Nueva York o Tokio y tenía gente en Berlín? ¿Cómo era posible que ella, en sus cuatro años como pscióloga de W.A. no hubiera oído siquiera mencionar MogAus? ¿Cómo era posible que no supiera algo tan importante de Marya? Estiró los brazos hacia el techo y los dejó caer lentamente hacia los lados. 

Respiró. 

¿Marya le había mentido? ¿Cuántos cafés compartidos tras las sesiones de pilates de los miércoles en el 11º piso? ¿Cuántos memes enviados por el chat interno? ¿Cómo era posible que una persona que se comportaba así le hubiera ocultado tantas cosas? ¿Cómo era posible que su historia fuera tan diferente de lo que Aletha creía?

Porque Marya no estaba en Múnich ni había decidido cortar el contacto con su antigua compañera de trabajo. Marya estaba tumbada en una cama, respirando por un tubo en su garganta, comiendo por un tubo en la muñeca, viviendo sin saberlo sus últimos días en una clínica de Hamburgo. Todo porque su última “misión” para W.A. -en cuyo preanálisis Stephanie mencionaba ya el riesgo de “decohesión neuronal”, fuera lo que fuese- la había convertido en un vegetal.

Era cierto que Marya se había comportando de manera un poco extraño la última vez que la había visto. Fría. Distante. Apenas había murmurado un saludo y había chocado ligeramente con una de las plantas de la cafetería. Eso como primer encuentro tras varios meses en los que el contacto entre ambas había pasado de ser un torrente a convertirse en un goteo que, al final, había cesado por completo. Ahora quizás tenía algo de sentido ¿Quizás? 

Contó el número de azulejos en la pared derecha. Cuatro horizontales nueve verticales.

En el informe sobre Marya, uno de los casi cincuenta que contenía la carpeta -con sus correspondientes casi cincuenta nombres-, Stephanie detallaba las veintiocho sesiones de evaluación psicológica tras cada uno de los viajes que Marya había realizado para W.A.

¿Pero viajes a dónde?

Alguien abrió la puerta de los baños y Aletha contuvo la respiración durante varios segundos hasta que escuchó el sonido de un grifo, acompañado del burbujeo del dispensador de jabón y, posteriormente, del secador de manos. Una trabajadora más. Posiblemente con rutinas normales. Una compañera que ahora abría la puerta y se convertía a un rumor de pasos. Alguien que no se tenía que preocupar por comprender si trabajaba para una empresa que, en realidad, se dedicaba a espiar, extorsionar y quién sabe qué más cosas a personalidades del mundo de las finanzas. Todo cobrándose la vida de sus trabajadores en el proceso. Como Marya, que había viajado demasiadas aveces a algún sitio identificado con códigos como L3δ para para comprobar la “evolución de un empuje”. Fuera lo que fuera que eso quería decir.

Miró al techo. A la luz fría de los fluorescentes. Bajó la mirada y expulsó lentamente el aire. Miró la punta de su zapato rozado. ¿Cómo era posible que en las tres páginas que había leído se concentrase tanto horror? ¿Qué podía hacer ella, que hasta hacía apenas una hora se enorgullecía de su trabajo, de la ayuda que brindaba a quienes “pasaban demasiado tiempo frente a la pantalla”, en su mayoría informáticos y estadistas encargados, creía ella, de valorar tendencias financieras? ¿Cómo había contribuido a lo que Stephanie llamaba, según lo que aparecía en varios momentos del informe final sobre Marya, “la necesidad de cerrar una línea personal”?

Era ridículo quedarse paralizada en el baño de la empresa. En todo caso debería salir de allí. Irse a un lugar en el que pudiera pensar y buscar sentido a lo que acababa de descubrir. 

Estaba a punto de abrir la puerta del aseo cuando una idea la paralizó: ¿y si todo fuera tan macabro como parecía? Necesitaría algún tipo de prueba para ir a las autoridades… Sacó su teléfono y comprobó que seguía teniendo acceso a sus carpetas de trabajo. Incluida la recién agregada MogAus-Verlaufskontrolle. Sin pensarlo dos veces utilizó una app de compresión para enviar todos los datos a su nube personal. Permaneció de pie observando la barrita azul marcar porcentajes ascendentes hasta que vio aparecer el mensaje de “Copia completa”. Respiró varias veces. Pensó en lo que iba a hacer una vez que volviera al mundo de la moqueta azul: se dirigiría a su despacho. Escribiría un breve mensaje a Stephanie diciendo que se encontraba mal. Bajaría por las escaleras. Saldría a la calle y se subiría en el primer tranvía o autobús que la llevase hacia el noreste de la ciudad, iría a casa de Aya y le contaría todo lo que había pasado. Su amiga, una hacktivista a la que había conocido por casualidad en un curso de cocina japonesa, siempre tenía un buen consejo preparado cuando el mundo de alguien giraba demasiado rápido.

Salió del aseo. Se lavó las manos de manera mecánica. Salió al pasillo. Al fondo, junto a la fotocopiadora, estaba Stephanie hablando con una de las jóvenes informáticas de la cuarta planta.

Se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia la oficina de Payroll. Cuando estaba llegando a la primera mesa no pudo más y comenzó a correr hacia el ascensor.

El botón estaba frío. La flecha indicaba que estaba subiendo. Recordó su plan y giró a la izquierda. Abrió la puerta de cristal que llevaba a las escaleras y comenzó a bajar escalones de dos en dos. Llegó a la planta baja y pasó frente a la recepción sin saludar al chico en prácticas que siempre trataba de pronunciar bien su apellido y quería aprender cada día nuevas palabras griegas. Frente a la puerta de salida vio a dos hombres vestidos con ropa casual pero elegante, pensó de inmediato que era el obvio uniforme de los headhunters. Pensó en Marya. Notó un escalofrío cuando pasó entre ellos para llegar a la calle. 

La Friedrichstraße la saludó con un bienvenido golpe frío. Caminó varios pasos antes de recordar que había dejado su abrigo y su bolso en la oficina. Al menos tenía su teléfono. Caminó hasta la parada del N2 que la llevaría en la dirección correcta.

Llegó a la parada y se dio cuenta de que en su teléfono parpadeaba una luz violeta. Mail del trabajo. Desbloqueó la pantalla con algo parecido a una premonición y casi no se sorprendió cuando vio quién era el emisario. 

Miró hacia atrás. Entre la gente creyó ver a un hombre calvo que trabajaba en la oficina. ¿La estaban siguiendo? Escuchó el sonido de metal contra metal y giró la cabeza. Se acercaba un tranvía, pero no era el suyo. Daba igual. Volvió a mirar hacia el edificio de su oficina. Todo parecía tranquilo. No veía a nadie vestido con el traje azul marino de seguridad. El hombre calvo que creía haber visto era posiblemente un turista cualquiera.

Respiró tranquila.

Guardó el móvil en el bolsillo delantero de los vaqueros y se dio cuenta de que estaba temblando de frío.

Varias personas comenzaron a gritar a su espalda. Entre las varias personas esperando el tranvía pudo ver que sobre las vías, a apenas dos metros de donde estaba, parecía haber un hombre tumbado. ¿Otro borracho que se caía del andén? El quejido de las ruedas del tranvía frenando contra los raíles parecía un grito, y se horrorizó al ver el frontal del vehículo amarillo y blanco acercarse al apeadero.

 Un hombre se pelo largo y ligeramente desaliñado se paró frente a ella y comenzó a hablarle rápidamente en inglés.

- Te están siguiendo. Saben lo que sabes. Ahora eres un riesgo de seguridad. Ellos no toleran riesgos.

Cara alargada. Pelo moreno muy canoso. Zapatillas de deporte un poco sucias. Abrigo verde oscuro que ahora estaba en la mano del hombre, frente a su cara.

- Ponte esto. Camina conmigo hacia la Georgenstraße.

Acento extranjero. No alemán. No norteamericano ni inglés. No griego, pero, quizás, similar. El abrigo, que ahora llevaba puesto sin ser consciente de haber tomado la decisión de aceptar, resultaba cálido. La mano del hombre en su brazo, apenas un roce que indicaba una dirección. 

- ¿Quién…?

Antes de que su cerebro se diera cuenta de que no había terminado la pregunta, sus pies ya habían comenzado a moverse. El hombre la seguía. Se dio la vuelta y vio al hombre que caminaba exactamente detrás de ella, como si de alguna manera la estuviera imitando. Por encima de su hombro derecho vio el tranvía inmóvil a pocos metros de la parada y a varias personas entorno al hombre que estaba sobre las vías. Entre la gente pudo ver una cabeza calva que giraba en diversas direcciones, buscando sin encontrar.

El hombre del pelo largo volvió a rozar ligeramente su brazo.

- Vamos. Tenemos poco tiempo para salir de aquí. Tenemos poco tiempo para impedir lo que están a punto de causar.

Siguieron caminando. El abrigo olía ligeramente a eucalipto. Recorrieron unos cuarenta metros de la Georgenstraße en silencio, con Aletha mirando hacia atrás cada pocos pasos y el hombre, que ahora no le parecía tan mayor como inicialmente había pensado por su pelo cano, ligeramente más relajado, siguiéndola unos pasos por detrás. 

- Un momento -dijo la voz a su espalda.

Se detuvieron frente a una tienda de ensaladas y el hombre comenzó a buscar entre un manojo de llaves hasta que encontró una pequeña con la que abrió la robusta cadena que unía dos bicicletas a una señal de tráfico. 

Aletha lo miró confusa. La cadena era claramente nueva, las bicis no. 

- Salgamos de aquí, rápido.

Se montó en una desvencijada bicicleta de mujer y le ofreció la otra, con mejor aspecto.

- No voy a ir a ningún sitio. Ni siquiera sé quién…

- Winkler es una tapadera para un negocio ilegal de manipulación y  extorsión. Han causado directa o indirectamente la muerte de varias personas…

El hombre dejó de hablar. Su mirada pareció perderse en los entresijos del sucio empedrado.

- …entre ellas gente que tú conoces. Hay una chica que está ahora en peligro sin saberlo, y tenemos que ayudarla. La información que tienes en tu poder es muy importante y ellos no quieren que salga a la luz.

- ¿Como sabes a quién conozco, qué tengo en mi poder o quién soy yo? -preguntó Aletha, mientras cogía el manillar de la bicicleta.

El hombre dio la vuelta al pedal para dejarlo justo bajo su pié izquierdo y se preparó para tomar impulso. Casi como un niño que no está seguro de poder seguir el ritmo de pedaleo una vez en marcha.

- Estoy en su sistema, por así decir. Llevo años observándolos. Han hecho daño a mucha gente.

Se masajeó la nuca con tres cuidadosos giros de muñeca, volvió a aferrar el manillar de gomaespuma negra de su bicicleta y se lanzó hacia delante, pedaleando un tanto inestable junto a los raíles hundidos del tranvía.

Aletha miró hacia atrás una vez más y pensó en el hombre calvo en la parada, en los informes de MogAus y en Marya. Pensó en que la vida era a veces muy extraña, y que eso no le gustaba. Como no le gustaba seguir a nadie a ciegas. 

El hombre seguía pedaleando en línea recta, sin esperarla, a unos quince metros de distancia. Aletha se subió en la bici, avanzó varios metros tratando de no hacer demasiado ruido y, al alcanzar el cruce con la Planckstraße, cruzó las vías hacia la izquierda y se lanzó a pedalear como si estuviera en una clase de spinning. 

Si la información de las carpetas era importante, ella sabía exactamente como darla a conocer a través de las redes de filtrados de internet. No le hacía falta que nadie le dijese qué hacer. Podía cruzar el río y llegar a casa de Aya en menos de media hora.

En la Georgenstraße, avanzando con tranquilidad sobre una bicicleta ligeramente oxidada y sin mirar hacia atrás, el hombre de pelo entrecano y zapatillas de deporte sonreía aliviado.